Doce años después: Cuando el pasado llama a tu puerta

—¿Por qué has venido ahora, Luis? —le pregunté con la voz temblorosa, apretando el picaporte de la puerta como si fuera un salvavidas.

Él bajó la mirada, incapaz de sostenerme los ojos. Llevaba la misma chaqueta de cuero que recordaba, aunque ahora le quedaba grande y ajada. El silencio entre nosotros era tan denso que casi podía tocarlo. Detrás de mí, en el pasillo, podía escuchar a mi hija Lucía tecleando en su portátil, ajena aún a la tormenta que se avecinaba.

—Necesito hablar contigo, Carmen. Por favor —susurró Luis, y su voz me devolvió de golpe a aquel día en que se marchó sin mirar atrás.

Doce años. Doce años desde que me dejó por Marta, una compañera del trabajo. Recuerdo perfectamente cómo me quedé sentada en el sofá, con la carta en la mano y Lucía dormida en su cuna. Me sentí vacía, traicionada y ridícula. Durante meses no pude ni mirarme al espejo sin sentir vergüenza. Mi madre me repetía: “Carmen, tienes que ser fuerte por tu hija”. Pero yo solo quería desaparecer.

Con el tiempo, aprendí a vivir con el dolor. Me refugié en el trabajo como administrativa en el ayuntamiento de Alcalá de Henares y en las tardes de parque con Lucía. Aprendí a reírme otra vez, aunque fuera con miedo. Mi hermana Pilar fue mi roca, siempre dispuesta a escucharme llorar o a traerme una tortilla de patatas cuando no tenía fuerzas ni para cocinar.

Ahora Luis estaba aquí, con el rostro surcado de arrugas y los ojos cansados. No era el hombre que se fue; era un desconocido con la voz de mi pasado.

—¿Qué quieres? —insistí, cruzando los brazos para protegerme de su cercanía.

—He cometido muchos errores… —empezó él—. Marta me dejó hace un año. He estado solo y… he pensado mucho en ti. En Lucía. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero… ¿puedo ver a mi hija?

Sentí una punzada en el pecho. Lucía tenía quince años y apenas recordaba a su padre. Durante años preguntó por él, pero después dejó de hacerlo. Yo nunca hablé mal de Luis delante de ella; preferí dejar que sacara sus propias conclusiones cuando fuera mayor.

—No puedes aparecer así, después de tanto tiempo —le espeté—. ¿Sabes lo que ha sido criar sola a una niña? ¿Sabes las noches que he pasado sin dormir porque ella tenía fiebre o porque lloraba preguntando por ti?

Luis asintió con lágrimas en los ojos. Por un momento sentí lástima, pero enseguida recordé todo el dolor que causó.

—Solo quiero verla —repitió—. No quiero haceros daño.

En ese instante, Lucía apareció en el pasillo.

—Mamá, ¿quién es? —preguntó con curiosidad adolescente.

Me quedé paralizada. Luis la miró como si viera un fantasma; Lucía tenía sus mismos ojos verdes.

—Hola… Lucía —dijo él con voz quebrada.

Ella frunció el ceño y me miró buscando respuestas.

—Es… tu padre —logré decir al fin.

El silencio se hizo eterno. Lucía me miró con incredulidad y luego a él.

—¿Por qué has venido ahora? —preguntó ella directamente, con esa valentía que yo nunca tuve a su edad.

Luis intentó acercarse, pero ella retrocedió un paso.

—No sé si quiero verte —dijo Lucía—. No sé si te necesito.

Sentí cómo se me rompía el corazón otra vez, pero esta vez era por ella.

Luis bajó la cabeza y murmuró:

—Lo entiendo… Solo quería pedirte perdón.

Lucía se giró hacia mí:

—¿Tú qué quieres que haga?

No supe qué responderle. Por un lado, deseaba protegerla del dolor que yo sufrí; por otro, sabía que tenía derecho a decidir por sí misma.

Esa noche no dormí. Pilar vino a casa y nos sentamos en la cocina mientras Lucía lloraba en su habitación.

—¿Y si le das una oportunidad? —me preguntó Pilar—. No por él, sino por Lucía. Quizá necesita cerrar esa herida.

—¿Y si vuelve a hacerle daño? —susurré yo.

Pilar me abrazó:

—Eso no lo puedes controlar. Pero sí puedes estar ahí para ella.

Al día siguiente, Luis volvió a llamar al timbre. Esta vez fue Lucía quien abrió la puerta. Yo observé desde el pasillo cómo se miraban en silencio. Ella le dejó pasar al salón y hablaron durante horas. No sé qué se dijeron; solo sé que cuando salió, Lucía vino a abrazarme y me dijo:

—No quiero que vuelva a vivir aquí ni que intente ser mi padre de repente… Pero necesitaba escucharle pedir perdón.

Me sentí aliviada y triste al mismo tiempo. Habíamos sobrevivido a otra tormenta juntas.

Ahora Luis llama de vez en cuando para preguntar por Lucía. Ella responde cuando quiere; otras veces le ignora. Yo sigo adelante con mi vida: trabajo, amigas, tardes de cine con Lucía y meriendas con Pilar.

A veces me pregunto si hice bien en dejarle entrar de nuevo en nuestras vidas aunque fuera solo un poco. ¿Se puede perdonar realmente una traición así? ¿O solo aprendemos a vivir con las cicatrices?