En aquella fiesta conocí a Lucía y casi lo pierdo todo: Cómo salvé mi matrimonio

—¿Por qué no contestas, Diego? ¿Dónde estás? —La voz de Carmen, mi esposa, sonaba ahogada por el llanto al otro lado del teléfono. Yo, sentado en el bordillo de una acera mojada en el centro de Madrid, tenía el móvil temblando entre las manos. El eco de la música aún retumbaba en mis oídos, mezclado con el sabor amargo de la culpa.

No era la primera vez que discutíamos por mis ausencias, pero aquella noche todo era distinto. Había ido a la fiesta de cumpleaños de mi amigo Sergio, prometiendo volver pronto. Carmen me miró antes de salir con esa mezcla de resignación y esperanza que sólo tienen quienes han perdonado demasiadas veces.

La fiesta estaba llena de caras conocidas y risas fáciles. Entre el bullicio, vi a Lucía. No la conocía, pero su risa era como un faro en medio del ruido. Vestía un vestido rojo que parecía desafiar la monotonía de la noche. Me acerqué sin pensarlo, como si algo me arrastrara hacia ella.

—¿Tú también te aburres en estas fiestas? —me preguntó Lucía, con una sonrisa ladeada.

—A veces —respondí, intentando sonar casual, aunque sentía que el corazón me latía en la garganta.

Hablamos durante horas. Sobre libros, sobre música, sobre sueños rotos y esperanzas nuevas. Me sentí visto, comprendido, como hacía tiempo no me sentía con Carmen. Cuando Lucía me rozó la mano al reírse de una broma tonta, sentí una descarga eléctrica recorrerme el cuerpo.

No sé en qué momento la conversación se volvió más íntima. Ni cuándo pasamos del salón al balcón, ni cuándo sus labios buscaron los míos. Sólo recuerdo el vértigo y el deseo, y después la culpa, tan densa que casi me ahogaba.

Salí corriendo de la fiesta sin despedirme. Caminé durante horas bajo la lluvia, intentando ordenar mis pensamientos. El móvil vibraba sin parar: llamadas perdidas de Carmen. No podía enfrentarme a ella. No sabía cómo mirarla a los ojos después de lo que había hecho.

Cuando por fin llegué a casa, Carmen estaba sentada en el sofá, abrazada a una manta. Sus ojos rojos y su expresión cansada me partieron el alma.

—¿Dónde estabas? —preguntó con voz rota.

—Necesitaba pensar —mentí.

—¿Pensar en qué? ¿En si volverías a casa o no?

No supe qué responder. El silencio se hizo insoportable. Carmen se levantó y fue directa al dormitorio, cerrando la puerta tras de sí con un portazo sordo.

Esa noche no dormí. Me quedé sentado en la cocina, mirando las fotos familiares pegadas en la nevera: nuestro viaje a Granada, la boda de mi hermana Ana, el cumpleaños de nuestro hijo Pablo. Cada imagen era una puñalada.

Los días siguientes fueron un infierno. Carmen apenas me dirigía la palabra. Pablo preguntaba por qué mamá estaba triste y yo no sabía qué decirle. En el trabajo no podía concentrarme; todo me recordaba mi traición.

Una tarde, mientras recogía a Pablo del colegio, me encontré con Lucía en una cafetería cercana. Ella sonrió al verme, pero yo sólo sentí miedo y vergüenza.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No debería estar aquí —respondí, apartando la mirada.

Lucía asintió y no insistió. Me marché sin mirar atrás.

Esa noche decidí confesarle todo a Carmen. No podía seguir viviendo con ese peso.

—Carmen —dije mientras ella doblaba ropa en silencio—, tengo que contarte algo. No quiero mentirte más.

Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas antes incluso de escucharme. Sabía que algo grave pasaba.

Le conté lo que había pasado con Lucía: los besos robados, la confusión, el arrepentimiento inmediato. Carmen lloró en silencio mientras yo hablaba. Cuando terminé, se quedó callada mucho tiempo.

—¿Por qué? —susurró al fin— ¿Por qué has hecho esto?

No supe qué decirle. Le hablé de mi soledad, de cómo sentía que nos habíamos distanciado desde hacía meses, de mis miedos y frustraciones. Pero ninguna excusa era suficiente.

Los días siguientes fueron una tortura. Carmen apenas salía del dormitorio; yo dormía en el sofá. Pablo notaba la tensión y empezó a tener pesadillas por las noches.

Mi hermana Ana vino a casa un día para hablar conmigo.

—Eres un idiota —me dijo sin rodeos—. Pero si realmente quieres arreglar esto, tendrás que luchar como nunca antes lo has hecho.

Seguí su consejo. Busqué ayuda profesional; convencí a Carmen para ir juntos a terapia de pareja. Fue un proceso largo y doloroso: sacar a la luz viejas heridas, aprender a comunicarnos otra vez, reconstruir la confianza desde cero.

Hubo días en los que pensé que todo estaba perdido. Que Carmen nunca podría perdonarme del todo. Pero poco a poco empezamos a reencontrarnos: en las pequeñas cosas del día a día, en las conversaciones sinceras antes de dormir, en las risas compartidas con Pablo.

Un año después de aquella noche fatídica, celebramos nuestro aniversario en un pequeño restaurante cerca del Retiro. Carmen me miró a los ojos y supe que aún quedaba esperanza para nosotros.

Ahora sé que el amor no es perfecto ni fácil; es una decisión diaria de luchar por lo que importa. Y aunque sigo viviendo con el peso de mis errores, también vivo con la certeza de haber elegido pelear por mi familia.

A veces me pregunto: ¿cuántas parejas sobreviven realmente a una traición? ¿Cuánto estamos dispuestos a perdonar para salvar lo que amamos? ¿Y vosotros? ¿Creéis que merece la pena luchar hasta el final?