Entre Dos Mundos: El Precio de una Decisión
—¿De verdad vas a dejarme así, sin más? —La voz de Lucía temblaba, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas mientras yo recogía mis cosas en silencio.
No supe qué responder. El eco de sus palabras rebotaba en las paredes del piso de Lavapiés que habíamos compartido apenas dos años. Dos años de risas, de noches largas, de promesas que ahora se desmoronaban como las hojas secas en otoño. Pero yo ya no podía quedarme. No después de lo que sentí al ver a Marta en aquella cafetería de Chamberí, después de tantos años.
Marta… Mi primer amor, mi esposa durante casi una década, la madre de mi hijo Pablo. La mujer a la que abandoné por una ilusión, por la promesa de una juventud renovada al lado de Lucía. ¿Cómo explicar ese vacío que me devoraba cada noche? ¿Cómo contarle a Lucía que ni su risa ni su piel lograban llenar el hueco que dejó Marta cuando cerró la puerta tras de mí?
—No es por ti —murmuré, incapaz de mirarla a los ojos—. Es por mí. No puedo seguir fingiendo.
Lucía se tapó la boca para ahogar un sollozo. Sentí una punzada en el pecho. ¿Qué clase de hombre era yo? ¿El que abandona a su familia por una aventura? ¿O el cobarde que huye cuando la realidad le pesa demasiado?
Salí del piso con una maleta y un nudo en la garganta. La ciudad seguía su curso: los bares llenos, los niños jugando en la plaza, los abuelos paseando al perro. Pero yo era un fantasma, arrastrando mi culpa por las calles mojadas de Madrid.
Esa noche dormí en casa de mi amigo Antonio. Me miró con desaprobación mientras me servía un vaso de vino.
—¿Y ahora qué piensas hacer? —preguntó.
—No lo sé —admití—. Solo sé que no puedo seguir viviendo así.
Antonio negó con la cabeza.
—Siempre has sido un soñador, Andrés. Pero la vida no es una novela. Marta rehizo su vida. Pablo apenas te habla. ¿De verdad crees que puedes volver atrás?
No respondí. Pero al día siguiente, impulsado por una mezcla de nostalgia y desesperación, llamé a Marta. Su voz al otro lado del teléfono era firme, distante.
—¿Qué quieres, Andrés?
—Solo hablar… Necesito verte.
Hubo un silencio largo.
—No sé si es buena idea —dijo finalmente—. Han pasado muchas cosas.
—Por favor —supliqué—. Solo una vez.
Accedió a regañadientes. Quedamos en el parque donde solíamos llevar a Pablo cuando era pequeño. El aire olía a césped recién cortado y a recuerdos dolorosos.
Marta llegó puntual, como siempre. Llevaba el pelo recogido y una bufanda azul que le regalé hace años. Me miró con una mezcla de tristeza y reproche.
—¿Por qué has venido, Andrés? —preguntó sin rodeos.
Me senté a su lado en el banco y bajé la mirada.
—He cometido muchos errores —confesé—. Pensé que podía empezar de cero con Lucía, pero… nunca dejé de pensar en ti. En Pablo. En lo que perdí.
Marta suspiró.
—No puedes aparecer ahora y esperar que todo vuelva a ser como antes. Pablo tiene diecisiete años y apenas te conoce ya. Yo… he aprendido a vivir sin ti.
Sentí cómo las lágrimas me ardían en los ojos.
—Lo sé —dije—. Pero tenía que intentarlo. No puedo seguir huyendo de lo que soy.
Marta guardó silencio unos segundos.
—¿Y Lucía? ¿La vas a dejar así como me dejaste a mí?
Me dolió escuchar esas palabras porque eran verdad. Yo era ese hombre: el que huye cuando no sabe afrontar sus propios errores.
Pasaron los días y Madrid se volvió más gris que nunca. Intenté hablar con Pablo, pero solo recibí respuestas cortas y frías por WhatsApp:
“Estoy bien.”
“No hace falta que vengas.”
“Ya no eres parte de esto.”
Cada mensaje era un puñal más hondo.
Mientras tanto, Lucía me llamaba cada noche al principio, luego solo escribía mensajes llenos de rabia y dolor:
“¿Por qué me hiciste esto?”
“¿Era todo mentira?”
“Espero que algún día entiendas lo que has hecho.”
Me refugié en el trabajo, pero ni los informes ni las reuniones lograban distraerme del remordimiento constante. Mis padres me llamaron desde Valencia preocupados:
—Andrés, hijo, ¿qué está pasando? Marta nos ha dicho que estás solo otra vez…
No supe qué decirles. ¿Cómo explicarles que había destruido dos familias por no saber quién era realmente?
Una tarde lluviosa, Marta me llamó inesperadamente:
—Pablo quiere verte —dijo sin preámbulos—. Pero no esperes milagros.
Nos encontramos en una cafetería cerca del instituto. Pablo estaba más alto, más serio. Me miró con desconfianza.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó sin rodeos.
Tragué saliva.
—Porque fui un cobarde —admití—. Pensé que podía ser feliz lejos de vosotros, pero estaba equivocado.
Pablo asintió lentamente.
—Mamá ha llorado mucho por tu culpa —dijo con voz baja—. Y yo también.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro.
—Lo siento —susurré—. No espero que me perdonéis, pero quiero intentar arreglar las cosas… aunque sea poco a poco.
Pablo no respondió enseguida. Finalmente se levantó y me abrazó torpemente antes de salir corriendo bajo la lluvia.
Aquella noche volví a casa de Antonio y me senté frente a la ventana viendo cómo las luces de Madrid parpadeaban entre las gotas de agua. Pensé en Lucía sola en nuestro piso vacío; en Marta intentando recomponer su vida; en Pablo creciendo sin un padre presente; en mis padres decepcionados; en mí mismo, perdido entre dos mundos y sin pertenecer ya a ninguno.
¿De verdad se puede reparar lo irremediablemente roto? ¿O hay heridas que nunca dejan de sangrar?