La herida invisible: El día que volví a mirar a los ojos de la otra
—¿Por qué tienes ese perfume? —pregunté, casi sin voz, mientras sostenía la camisa de Luis entre mis manos temblorosas. Era una fragancia dulce, empalagosa, que jamás había usado yo. Él me miró desde el umbral del dormitorio, con el rostro pálido y los labios apretados. En ese instante supe que mi vida, tal como la conocía, acababa de romperse.
No fue una pelea. No hubo gritos. Solo silencio. Un silencio tan denso que podía escuchar el latido de mi propio corazón retumbando en mis oídos. Luis bajó la mirada y murmuró: —No es lo que piensas, Carmen. Pero su voz sonaba hueca, vacía de verdad. Me senté en la cama, incapaz de llorar, incapaz de moverme. El mundo se volvió pequeño y oscuro.
Durante semanas viví en una especie de niebla. Seguía yendo al trabajo, saludando a mis compañeras en la oficina del centro de Madrid, fingiendo normalidad mientras por dentro me desmoronaba. Mi hermana Lucía venía a casa cada tarde, traía croquetas y me obligaba a comer algo. —Tienes que ser fuerte, Carmen —me repetía—. No eres la primera ni serás la última. Pero yo no quería ser parte de esa estadística silenciosa de mujeres traicionadas.
Luis se quedó en casa durante un tiempo, durmiendo en el sofá. Decía que había sido un error, que no significaba nada, que me amaba. Yo le creía y no le creía al mismo tiempo. Cada vez que lo miraba veía dos personas: el hombre con el que compartí quince años y el desconocido que había mentido tan fácilmente.
Un día encontré el valor para preguntarle quién era ella. Dudó unos segundos antes de responder: —Se llama Elena. Trabaja conmigo en la gestoría. Solo fue una vez, Carmen. Te lo juro.
No le creí. Pero tampoco quise saber más. Me aferré a la rutina como si fuera un salvavidas: preparar café por las mañanas, regar las plantas del balcón, escuchar las noticias en la radio mientras desayunaba sola.
El tiempo pasó y, poco a poco, aprendí a convivir con el dolor. Luis y yo seguimos juntos, pero algo se rompió para siempre entre nosotros. La confianza se convirtió en una sombra que nos acompañaba a todas partes.
Años después, cuando ya pensaba que todo aquello era solo un mal recuerdo, ocurrió lo impensable. Fue en la boda de mi prima Marta, en un pequeño pueblo de Segovia. Yo estaba en la barra hablando con mi tío cuando escuché una risa familiar detrás de mí. Me giré y allí estaba ella: Elena.
No necesitó presentarse. La reconocí al instante por la foto que había visto en el móvil de Luis años atrás. Llevaba un vestido azul marino y el pelo recogido en un moño elegante. Se acercó con una copa de vino en la mano y una sonrisa nerviosa.
—Hola, Carmen —dijo—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba. Quise salir corriendo, pero mis pies no respondieron. Asentí en silencio y la seguí hasta un rincón apartado del jardín.
—Sé que no tienes ninguna razón para escucharme —empezó—, pero necesitaba pedirte perdón. No busco excusas ni quiero justificarme. Solo… quería decirte que lo siento mucho.
La miré fijamente, buscando odio o desprecio en sus ojos, pero solo vi tristeza y arrepentimiento genuino. Por un momento sentí lástima por ella. Me pregunté si su vida también había cambiado para siempre por aquel error.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté con voz ronca—. ¿Por qué él?
Elena suspiró y bajó la mirada.
—Estaba pasando por un mal momento… Me sentía sola y Luis fue amable conmigo. No debió pasar nunca, lo sé. Pero te juro que me arrepiento cada día.
No supe qué decirle. Parte de mí quería gritarle todo el dolor acumulado durante años; otra parte solo quería marcharse y olvidar aquella conversación para siempre.
—¿Sabes? —le dije al final— Yo también me sentía sola entonces. Y desde entonces no he dejado de sentirme así.
Nos quedamos calladas unos segundos, escuchando la música lejana y las risas de los invitados.
—¿Le has perdonado? —preguntó Elena con voz temblorosa.
Pensé en todas las noches en vela, en las veces que fingí estar bien para no preocupar a mis hijos, en los abrazos fríos de Luis y las palabras vacías de consuelo.
—He aprendido a vivir con ello —respondí—. Pero perdonar… no lo sé.
Elena asintió y se marchó sin decir nada más. Me quedé allí sola, mirando las luces colgadas entre los árboles y preguntándome si algún día podría dejar atrás aquel dolor.
Esa noche volví a casa antes de que terminara la fiesta. Luis me esperaba despierto en el salón. Me miró con preocupación y supo al instante que algo había pasado.
—La he visto —le dije simplemente.
Él bajó la cabeza y se acercó despacio.
—Carmen…
Le interrumpí levantando la mano.
—No quiero hablar más de esto —susurré—. Solo quiero saber si alguna vez volveré a ser yo misma.
Luis no respondió. Se sentó a mi lado y me tomó la mano en silencio.
Han pasado meses desde aquel encuentro y sigo sin tener respuestas claras. La herida sigue ahí: invisible para los demás pero tan real como el primer día.
A veces me pregunto si realmente es posible perdonar una traición así o si solo aprendemos a vivir con el dolor disfrazado de rutina.
¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede volver a confiar después de una traición o simplemente aprendemos a sobrevivir con las cicatrices?