La Puerta Cerrada: El Precio de Mi Decisión
—¿De verdad crees que puedes volver como si nada? —La voz de Lucía retumbó en el pasillo, fría y cortante como el viento de enero en Madrid. Yo estaba de rodillas, con las manos temblorosas, suplicando una segunda oportunidad. Pero su mirada, antes cálida y llena de ternura, era ahora un muro infranqueable.
No siempre fui este hombre derrotado. Hace quince años, cuando conocí a Lucía en la facultad de Derecho de la Complutense, éramos dos jóvenes llenos de sueños. Compartíamos un piso diminuto en Lavapiés, con goteras en el techo y vecinos que discutían a gritos cada noche. Pero no nos importaba: juntos éramos invencibles. Recuerdo las noches en vela estudiando para los exámenes finales, turnándonos para preparar café y animándonos cuando el cansancio nos vencía.
Después de graduarnos, nos casamos en una ceremonia sencilla en la iglesia de San Cayetano. No teníamos dinero para lujos, pero sí una fe ciega en nuestro futuro. Lucía encontró trabajo como abogada junior en un bufete pequeño; yo, tras meses de entrevistas fallidas, conseguí un puesto en una gestoría. Trabajábamos jornadas interminables, ahorrando cada euro para cumplir nuestro sueño: montar nuestra propia asesoría.
Los primeros años fueron durísimos. Recuerdo cómo Lucía llegaba a casa agotada, pero siempre encontraba fuerzas para preguntarme cómo había ido mi día. Cuando finalmente abrimos la asesoría en Chamberí, fue gracias a su empeño y a los sacrificios que ambos hicimos. Ella era mi compañera, mi confidente, mi todo.
Pero el éxito trajo consigo nuevas tentaciones. Empecé a viajar más por trabajo, a codearme con empresarios y políticos. Fue en una de esas cenas de negocios donde conocí a Marta. Era brillante, divertida y me hacía sentir joven otra vez. Al principio solo eran charlas inocentes, pero pronto se convirtieron en mensajes a deshoras, risas compartidas y miradas cómplices.
—¿No te das cuenta de lo que tienes en casa? —me advirtió mi amigo Sergio una noche en el bar La Venencia—. Lucía te ha dado todo.
Pero yo no escuché. Me dejé llevar por la emoción del momento, por la sensación de ser deseado y admirado. Cuando le confesé a Lucía que me iba con otra mujer, vi cómo se le rompía el alma en los ojos. No gritó ni lloró; simplemente asintió y me pidió que recogiera mis cosas.
Los meses siguientes fueron un torbellino. Al principio todo era pasión con Marta: escapadas a la costa de Cádiz, cenas caras en restaurantes de moda, noches interminables en Malasaña. Pero pronto la realidad se impuso. Marta no entendía mis silencios ni mis remordimientos; discutíamos por tonterías y cada vez me sentía más vacío.
Una tarde, al volver al piso que compartíamos, encontré a Marta haciendo las maletas.
—No puedo más, Tomás. No eres feliz y me estás arrastrando contigo —me dijo sin mirarme a los ojos.
Me quedé solo, rodeado de cajas y recuerdos que no me pertenecían. Fue entonces cuando comprendí lo que había perdido: la complicidad de Lucía, su risa al despertar los domingos, su forma de acariciarme el pelo cuando estaba preocupado.
Intenté llamarla mil veces. Le envié cartas, flores, mensajes desesperados. Nunca respondió. Un día decidí ir a buscarla al despacho donde trabajaba ahora como socia principal. Esperé horas en la cafetería de enfrente hasta que la vi salir.
—Lucía, por favor… —le supliqué al acercarme—. Sé que no merezco tu perdón, pero dame una oportunidad para demostrarte que he cambiado.
Ella me miró con una mezcla de tristeza y determinación.
—Tomás, yo también he cambiado. Aprendí a vivir sin ti. No puedo volver atrás.
Sentí cómo se me hundía el pecho. Caminé sin rumbo por las calles de Madrid hasta llegar al Retiro. Me senté en un banco y observé a las familias paseando, a los niños jugando al fútbol entre los árboles. Pensé en todo lo que había tirado por la borda por una fantasía pasajera.
Mi madre me llamó esa noche.
—Hijo, la vida no siempre da segundas oportunidades —me dijo con voz suave—. Aprende a perdonarte tú primero.
Pero ¿cómo se perdona uno mismo cuando ha destrozado lo más valioso?
Hoy sigo solo, trabajando en la misma asesoría que fundamos juntos pero sintiendo que falta la mitad de mí. Veo a Lucía algunas veces en reuniones profesionales; siempre cordial, siempre distante. A veces creo ver un destello de nostalgia en sus ojos, pero sé que es solo mi imaginación aferrándose a lo imposible.
¿Merece alguien como yo una segunda oportunidad? ¿O hay errores que simplemente no pueden repararse? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?