Me quedé sola con mi hijo porque mi pareja y su madre no quieren boda: ¿qué harías tú en mi lugar?

—No, Lucía, no vamos a casarnos. No insistas más —me dijo Sergio, con la voz fría y la mirada clavada en el suelo. Sentí cómo el aire se volvía denso en el pequeño salón de su piso en Vallecas. Mi mano temblorosa acariciaba mi vientre, apenas redondeado por los tres meses de embarazo.

—¿Y qué se supone que haga yo ahora? ¿Criar a nuestro hijo sola? —le respondí, la voz quebrada, luchando por no romper a llorar delante de él.

Antes de que pudiera contestar, su madre, Carmen, irrumpió en la habitación. Siempre tan directa, tan segura de sí misma, tan convencida de que nadie era lo bastante bueno para su hijo.

—Lucía, hija, no hace falta un papel para ser una familia. Además, Sergio es muy joven aún. No le metas presión —dijo, cruzándose de brazos y mirándome como si fuera una intrusa en su propia casa.

Sentí una punzada de rabia y humillación. ¿Por qué nadie pensaba en mí? ¿En lo sola que me sentía desde que me enteré del embarazo? Mi madre murió hace años y mi padre vive en Almería; apenas nos vemos. Sergio era mi única familia aquí en Madrid… o eso creía.

Esa noche volví a mi piso compartido en Lavapiés. Me tumbé en la cama y lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente, recibí un mensaje inesperado: era Antonio, el padre de Sergio. Siempre había sido amable conmigo, pero nunca pensé que se involucraría tanto.

—Lucía, ¿puedo invitarte a un café? Quiero hablar contigo —decía el mensaje.

Nos vimos en una cafetería de la calle Atocha. Antonio llegó puntual, con el ceño fruncido y una preocupación sincera en los ojos.

—Sé que Sergio está siendo un idiota —me dijo sin rodeos—. Y Carmen… bueno, ya sabes cómo es. Pero tú no tienes la culpa de nada. Si necesitas ayuda, cuenta conmigo.

No pude evitar llorar otra vez. Antonio me cogió la mano y me prometió que no me dejaría sola. Por primera vez en semanas sentí un poco de alivio.

Los días pasaban y Sergio cada vez estaba más distante. Apenas respondía a mis mensajes y cuando lo hacía era para decirme que necesitaba tiempo para pensar. Carmen seguía metiendo cizaña, llamándome para recordarme que «un hijo no ata a nadie» y que «la vida es muy larga».

Empecé a notar miradas en el trabajo. Mis compañeras cuchicheaban a mis espaldas; algunas me preguntaban si Sergio y yo íbamos a casarnos. Yo sonreía y cambiaba de tema, pero por dentro me sentía cada vez más pequeña.

Una tarde, mientras paseaba por el Retiro para despejarme, recibí una llamada de Sergio:

—Lucía, lo he pensado bien. No quiero casarme ni ahora ni nunca. No estoy preparado para ser padre. Lo siento.

Me quedé paralizada. El mundo se detuvo unos segundos. Sentí que me faltaba el aire.

—¿Y nuestro hijo? —pregunté casi en un susurro.

—Te pasaré dinero cada mes. Pero no quiero más responsabilidades —colgó sin dejarme responder.

Me senté en un banco y lloré como una niña. La gente pasaba a mi lado sin mirarme; Madrid seguía su ritmo frenético mientras mi vida se desmoronaba.

Esa noche llamé a Antonio. Vino enseguida y me abrazó como si fuera su propia hija.

—No estás sola, Lucía. Yo estaré aquí para ti y para mi nieto —me dijo con lágrimas en los ojos.

Pasaron las semanas y empecé a ir a clases preparto sola. Las otras futuras madres venían acompañadas por sus parejas o sus madres; yo iba con Antonio o sola. A veces Carmen aparecía para hacerme sentir incómoda con sus comentarios hirientes:

—¿Ves? Por eso no hay que precipitarse con los hombres —decía en voz alta delante de todas.

Me sentía invisible, juzgada, abandonada… pero también empecé a notar una fuerza nueva dentro de mí. Mi hijo se movía cada vez más; era como si él me diera ánimos desde dentro.

Un día, después de una ecografía especialmente emocionante (Antonio vino conmigo y lloró al ver la imagen del bebé), decidí que ya no iba a suplicar amor ni compromiso a nadie. Empecé a buscar pisos pequeños para mudarme sola y hablé con mi jefe para pedir reducción de jornada cuando naciera el niño.

Sergio desapareció casi por completo; sólo recibía transferencias puntuales y algún mensaje frío preguntando por «el estado del embarazo». Carmen dejó de llamarme cuando vio que ya no podía manipularme ni hacerme sentir culpable.

El parto fue duro pero rápido. Antonio estuvo conmigo todo el tiempo; fue él quien cortó el cordón umbilical y quien sostuvo a mi hijo, Pablo, por primera vez. Lloramos juntos, abrazados, mientras sentía que algo nuevo nacía también dentro de mí: la certeza de que podía con todo.

Ahora Pablo tiene tres meses. Sergio vino a verlo una vez y se marchó rápido; Carmen ni siquiera apareció por el hospital. Pero Antonio viene cada semana a ayudarnos y a pasear con nosotros por el parque.

A veces me pregunto si hice bien en no luchar más por Sergio o si debería haber insistido más… Pero luego miro a Pablo y sé que tomé la decisión correcta: elegí mi dignidad y la felicidad de mi hijo antes que mendigar amor donde no lo había.

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Creéis que merece la pena luchar por alguien que no quiere estar contigo… o es mejor empezar de nuevo aunque duela?