Mi exmarido me engañó durante años: el día que mi hijo me dijo ‘Mamá, quiere despedirse’ lo cambió todo
—Mamá, papá quiere hablar contigo. Dice que… que quiere despedirse.
La voz de Daniel, mi hijo, temblaba al otro lado del teléfono. Yo estaba en la residencia de ancianos de Milán, con el uniforme de enfermera aún manchado por la jornada. Sentí un frío recorriéndome la espalda, como si el tiempo se detuviera. ¿Despedirse? ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tantos años de silencios y mentiras?
Me llamo Carmen, tengo 42 años y llevo dieciséis trabajando en Italia. Cuando me fui de Salamanca, Daniel tenía solo cinco años. Mi suegra, Rosario, fue quien insistió: “Aquí no hay futuro, Carmen. Vete tú, que eres joven y tienes estudios. Nosotros cuidamos del niño”. Mi marido, Luis, apenas dijo nada. Yo quería quedarme, pero las facturas se acumulaban y el trabajo de enfermera en España era precario. Así que empaqué mi vida en una maleta y crucé la frontera con la promesa de volver pronto.
Los primeros meses fueron un infierno. Lloraba cada noche en la pensión, abrazada al móvil esperando una llamada de Luis o una foto de Daniel. Pero las llamadas se hicieron menos frecuentes. Luis siempre tenía prisa: “Estoy liado con el trabajo”, “Daniel está dormido”, “Hoy no podemos hablar”. Rosario me tranquilizaba: “No te preocupes, hija, aquí está bien cuidado”.
Pasaron los años y el sacrificio se convirtió en rutina. Mandaba dinero cada mes, compraba regalos para Navidad y cumpleaños, y soñaba con el día en que podría volver a casa. Pero cada vez que proponía regresar, Luis ponía excusas: “Ahora no es buen momento”, “Daniel está bien aquí”, “No le cambies la vida”.
Un verano volví a Salamanca por sorpresa. Daniel tenía ya doce años y apenas me reconocía. Me abrazó con timidez y me llamó “mamá” como si probara una palabra nueva. Luis estaba distante, frío. Noté miradas furtivas entre él y una vecina, Marta, pero no quise pensar mal. Rosario me miraba con lástima.
—¿No te quedas más tiempo? —me preguntó Daniel la última noche.
—Ojalá pudiera, cariño —le respondí, conteniendo las lágrimas—. Pero tengo que trabajar.
Al volver a Italia, algo dentro de mí se rompió. Empecé a sospechar. Las llamadas de Luis eran cada vez más cortas; a veces ni siquiera contestaba. Un día llamé a casa y contestó Marta:
—¿Diga?
—¿Marta? ¿Por qué estás en mi casa?
—Eh… vine a traerle unos deberes a Daniel —balbuceó.
Esa noche no dormí. Al día siguiente llamé a Rosario.
—Dímelo ya —le exigí—. ¿Luis está con Marta?
Silencio al otro lado.
—Carmen… hija… yo no quería ser yo quien te lo dijera…
Sentí que me faltaba el aire. Todo ese sacrificio, todos esos años lejos de mi hijo… ¿para esto?
En los meses siguientes, Luis apenas disimuló. Me pidió el divorcio por WhatsApp: “Es lo mejor para todos”. Daniel dejó de hablarme durante semanas; estaba confundido y enfadado conmigo por estar lejos. Marta se instaló en mi casa y yo sentí que perdía todo por lo que había luchado.
Pero seguí adelante por Daniel. Le llamaba cada noche aunque él solo contestara con monosílabos. Le mandaba cartas y regalos. Rosario me enviaba fotos suyas jugando al fútbol o soplando las velas del cumpleaños.
Hasta aquel día de marzo en que Daniel me llamó llorando:
—Mamá… papá está en el hospital. Dice que quiere despedirse.
Luis había tenido un infarto fulminante. Cogí el primer vuelo a Madrid y llegué al hospital justo cuando los médicos salían del box.
—¿Familia de Luis García? —preguntó una enfermera.
—Soy su esposa… bueno, exesposa —respondí con voz rota.
Entré en la habitación y vi a Luis pálido, más viejo de lo que recordaba. Marta estaba sentada junto a la cama, apartó la mirada al verme.
—Carmen… —susurró Luis— Perdóname… No supe hacerlo mejor.
No lloré por él. Lloré por mí, por Daniel, por todos los años robados por el miedo y la distancia. Lloré por no haber estado allí cuando mi hijo más me necesitaba.
Luis murió esa noche. En el funeral, Daniel me abrazó fuerte por primera vez en años.
—No te vayas otra vez, mamá —me suplicó.
Ahora vivo en Salamanca otra vez, compartiendo piso con mi hermana Ana mientras busco trabajo como enfermera aquí. Daniel y yo estamos aprendiendo a conocernos de nuevo; cada día es una batalla contra el resentimiento y la culpa.
A veces me pregunto si todo este sacrificio valió la pena o si solo sirvió para alejarnos más. ¿Cuántas madres españolas han tenido que elegir entre alimentar a sus hijos o verlos crecer? ¿Cuántas familias se rompen en silencio mientras otros piensan que todo va bien?
¿Y tú? ¿Qué habrías hecho en mi lugar?