Mi marido trajo a su amante a casa de mi madre: una traición que nunca olvidaré

—¿Quién es esa chica, Raúl? —preguntó mi madre, con la voz temblorosa, mientras dejaba la bandeja de café sobre la mesa del salón. Yo me quedé helada, mirando a la joven de pelo oscuro y sonrisa nerviosa que acababa de entrar en nuestra casa. Raúl, mi marido desde hace doce años, se apresuró a contestar:

—Es mi hermana, mamá Carmen. Vino de Valencia y no tenía dónde quedarse.

Mi madre frunció el ceño. Yo sentí un nudo en el estómago. Raúl nunca me había hablado de una hermana. Y menos aún de Valencia. Pero no quise montar una escena delante de mi madre, que acababa de salir del hospital tras una operación complicada. Así que sonreí forzadamente y le ofrecí un café a la supuesta hermana.

Durante toda la tarde, la chica —que se presentó como Laura— no paró de mirar el móvil y apenas hablaba. Raúl estaba inquieto, sudando, y evitaba mi mirada. Cuando por fin se marcharon, mi madre me miró fijamente:

—Esa chica no es su hermana, Lucía. No sé quién es, pero aquí hay algo raro.

Esa noche apenas dormí. Me levanté varias veces para mirar el móvil de Raúl, pero él lo tenía pegado al pecho como si fuera un tesoro. Al día siguiente, me inventé una excusa para ir al trabajo más tarde y seguí a Raúl cuando salió de casa. Lo vi entrar en una cafetería del barrio con Laura. Se sentaron juntos, muy cerca, y él le acarició la mano.

Sentí cómo se me rompía el alma en mil pedazos. No era solo la traición: era el descaro, la mentira, el hecho de haber traído a su amante al piso de mi madre, donde tantas veces habíamos celebrado cumpleaños y Navidades en familia.

Esa tarde, cuando Raúl volvió a casa, lo esperé en el salón. Mi madre estaba en su habitación, descansando.

—¿Por qué lo has hecho? —le pregunté sin rodeos—. ¿Por qué has traído a esa mujer aquí?

Raúl se quedó pálido. Intentó negarlo al principio, pero cuando le enseñé las fotos que había hecho con el móvil desde la cafetería, bajó la cabeza.

—No quería hacerte daño —murmuró—. Todo se me fue de las manos.

—¿No querías hacerme daño? ¡La trajiste al piso de mi madre! ¿Sabes lo humillante que es eso? ¿Sabes lo que has hecho?

Raúl empezó a llorar. Pero yo ya no sentía compasión. Sentía rabia, dolor y una determinación que nunca antes había sentido.

Durante los días siguientes, la tensión en casa era insoportable. Mi madre me apoyaba en silencio; mi hija pequeña preguntaba por qué papá dormía en el sofá. Yo iba al trabajo como un autómata y por las noches lloraba hasta quedarme sin lágrimas.

Un día, Laura apareció de nuevo en el portal. Subió hasta nuestra puerta y llamó al timbre. Abrí yo misma.

—Solo quiero hablar contigo —dijo con voz baja—. No sabía que era tu casa ni que tu madre estaba enferma. Raúl me mintió a mí también.

La miré con desprecio y compasión al mismo tiempo. Era joven, insegura, parecía perdida.

—No tienes nada que decirme —le respondí—. Lo único que quiero es que os alejéis los dos de mi familia.

Cerré la puerta con fuerza y sentí un temblor recorrerme el cuerpo. Por primera vez en semanas sentí que recuperaba el control.

Esa noche hablé con Raúl. Le pedí que se fuera de casa hasta que yo pudiera pensar con claridad. Lloró, suplicó, prometió cambiar… Pero yo ya no podía confiar en él.

Los días siguientes fueron duros: llamadas de familiares preguntando qué pasaba, miradas curiosas de los vecinos, mi hija preguntando por su padre… Pero también fueron días en los que descubrí una fuerza interior que no sabía que tenía.

Empecé a salir a caminar por el Retiro con mi madre; retomé contacto con amigas que hacía años no veía; busqué ayuda psicológica para mí y para mi hija. Poco a poco, el dolor fue dando paso a la serenidad.

Raúl intentó volver varias veces. Me escribió cartas, me dejó flores en la puerta… Pero yo ya había tomado una decisión: no iba a permitir que nadie volviera a humillarme así ni a poner en peligro la paz de mi familia.

Hoy, meses después, sigo viviendo con mi madre y mi hija en ese piso pequeño pero lleno de recuerdos y dignidad recuperada. Raúl ha rehecho su vida lejos de nosotras; Laura desapareció tan rápido como llegó.

A veces me pregunto cómo pude ser tan ingenua o tan confiada. Pero también me siento orgullosa de haber sabido poner límites y defender lo más importante: mi dignidad y la tranquilidad de los míos.

¿Hasta dónde somos capaces de llegar por amor? ¿Cuánto estamos dispuestas a perdonar antes de decir basta? Me gustaría saber si alguna vez habéis pasado por algo parecido…