Mi novio, su ex y el precio de amar en Madrid: una historia de celos, familia y segundas oportunidades

—¿Otra vez has dejado a Marta con tu madre? —me espetó Lucía, cruzada de brazos en el portal, mientras yo intentaba abrir la puerta del edificio con las bolsas de la compra temblando en mis manos.

No era la primera vez que me enfrentaba a esa mirada suya, afilada como una navaja. Marta, la hija de Luis, se escondía tras sus piernas, mirándome con esos ojos grandes y tristes que tanto me dolían. Yo solo era la novia de su padre, la intrusa. Y Lucía, su exmujer, parecía dispuesta a convertirme en enemiga pública número uno.

Me llamo Carmen y esta historia no empieza con un flechazo de película, sino con una mudanza y un alquiler. Mi hermano Pablo le alquiló el piso a Luis hace dos años, en pleno barrio de Chamberí. Yo era la encargada de recoger el alquiler cada mes. Al principio solo cruzábamos palabras corteses —el tiempo, el ascensor que nunca funcionaba, el precio de la luz— hasta que una tarde lluviosa nos refugiamos juntos en el portal y hablamos durante horas. Descubrimos que compartíamos la pasión por los libros antiguos y los paseos por El Retiro. Así empezó todo.

Pero Luis venía con mochila: un divorcio reciente y una hija de seis años. Y Lucía, su exmujer, que no soportaba verme cerca de Marta. Al principio pensé que era normal, que necesitaba tiempo para acostumbrarse. Pero pronto entendí que Lucía no quería acostumbrarse a nada. Quería guerra.

—No tienes derecho a decidir nada sobre mi hija —me dijo una noche por teléfono, después de que Marta me pidiera ayuda con los deberes.

—Solo quiero ayudarla —le respondí, intentando no llorar.

—No eres su madre —sentenció antes de colgar.

Luis intentaba mediar, pero se sentía culpable por todo: por el divorcio, por la tristeza de Marta, por mi sufrimiento. A veces lo veía derrotado, sentado en el sofá con la cabeza entre las manos.

—No sé qué hacer, Carmen. Siento que haga tu vida tan difícil —me confesó una madrugada.

—No es tu culpa —le susurré abrazándole—. Pero no puedo seguir así mucho tiempo.

Las semanas se hicieron meses y los ataques de Lucía se volvieron más sutiles y crueles. Un día Marta llegó llorando porque su madre le había dicho que yo quería robarle a su padre. Otra vez, Lucía apareció en la puerta del colegio gritando que yo no tenía derecho a recoger a su hija. Los padres nos miraban como si fuéramos parte de un culebrón barato.

Mi familia tampoco ayudaba. Mi madre me preguntaba cada domingo:

—¿De verdad merece la pena meterse en ese lío? Hay chicos sin cargas…

Pero yo amaba a Luis. Y también empezaba a querer a Marta, aunque ella me mirara con desconfianza y miedo.

Una tarde de otoño, todo estalló. Luis y yo habíamos planeado llevar a Marta al parque de atracciones. Lucía apareció en casa sin avisar y montó una escena delante de todos:

—¡No vas a manipular a mi hija! —me gritó—. ¡Eres una extraña! ¡Vete de nuestras vidas!

Marta lloraba desconsolada. Luis intentó calmarla, pero Lucía se llevó a la niña casi a rastras. Yo me quedé paralizada en el salón, sintiendo que todo se desmoronaba.

Aquella noche pensé en dejarlo todo. ¿Para qué luchar contra un muro? Pero entonces recibí un mensaje inesperado: era Marta.

«Carmen, ¿puedo verte mañana?»

Al día siguiente nos encontramos en una cafetería cerca del colegio. Marta me abrazó fuerte y me susurró:

—No quiero que te vayas.

Lloré como hacía años que no lloraba. Entendí entonces que el amor no es solo cosa de dos; es una batalla diaria contra los miedos, los prejuicios y las heridas del pasado.

Luis y yo decidimos buscar ayuda profesional: mediación familiar para todos, incluso para Lucía si quería participar. No fue fácil. Hubo gritos, silencios incómodos y muchas lágrimas. Pero poco a poco Marta empezó a confiar en mí y Lucía aprendió —a regañadientes— a respetar mi lugar en la vida de su hija.

Hoy seguimos juntos. No somos una familia perfecta; discutimos por tonterías y todavía hay días difíciles. Pero hemos aprendido que el amor verdadero no huye ante los problemas: los enfrenta.

A veces me pregunto: ¿cuántas parejas se rompen por culpa del pasado? ¿Cuántas Lucías hay dispuestas a destruir lo que otros intentan construir? ¿Y cuántos tenemos el valor de quedarnos y luchar por lo que amamos? ¿Tú lo harías?