¡Mi suegra quiere mudarse a mi casa! ¿Qué harías tú en mi lugar?

—¿Pero cómo que tu madre se viene a vivir aquí, Raúl? —le pregunté, con el corazón en la garganta y la voz temblorosa, mientras recogía los platos de la cena.

Raúl bajó la mirada, evitando mis ojos. —No tiene a dónde ir, Lucía. Mi hermana está en Valencia y no puede hacerse cargo ahora mismo. Mamá está sola.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Nuestra casa, ese pequeño piso en Chamberí que tanto nos costó conseguir, era nuestro refugio, nuestro espacio sagrado. Y ahora, de repente, la sombra de mi suegra, Carmen, planeaba instalarse en nuestro salón.

No es que odie a Carmen. Pero su carácter fuerte, su manía de opinar sobre todo —desde cómo doblo las toallas hasta cómo educo a mi hijo Mateo— siempre me ha puesto nerviosa. Las visitas de los domingos ya eran suficientes para dejarme exhausta durante días.

Esa noche apenas dormí. Me revolvía en la cama, imaginando a Carmen criticando mi café por la mañana, reorganizando mi despensa, sentada en el sofá viendo sus telenovelas a todo volumen. ¿Y mi espacio? ¿Y nuestra intimidad?

A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, Mateo entró corriendo a la cocina. —¿Va a venir la abuela a vivir con nosotros? —preguntó con esa inocencia que solo tienen los niños de seis años.

—Sí, cariño —respondí, forzando una sonrisa—. Pero aún no sabemos cuándo.

Raúl me abrazó por detrás. —Sé que es difícil, pero solo será por un tiempo. Te lo prometo.

Pero yo sabía que en España, cuando una madre se instala en casa de un hijo, ese «por un tiempo» puede convertirse en años. Lo había visto en amigas, en vecinas, en mi propia familia.

Los días siguientes fueron una mezcla de ansiedad y resignación. Carmen llegó con dos maletas y una caja llena de recuerdos. Nada más entrar, empezó a dar instrucciones: «Lucía, esas cortinas no dejan pasar la luz; deberías cambiarlas», «¿Por qué Mateo no lleva camiseta interior? Se va a resfriar».

Intenté respirar hondo y contar hasta diez. Pero cada día era una batalla silenciosa. Carmen ocupaba el baño durante horas, reorganizaba los armarios y se metía en todas las conversaciones. Raúl intentaba mediar, pero siempre acababa poniéndose de su parte: «Es su casa también ahora», me decía.

Una tarde, después de una discusión absurda sobre cómo lavar los platos, exploté:

—¡No puedo más! Esta no es la vida que quiero para nosotros. Me siento una extraña en mi propia casa.

Raúl me miró con tristeza. —¿Qué quieres que haga? Es mi madre…

—¿Y yo? ¿No soy tu familia también?

Esa noche lloré en silencio mientras escuchaba a Carmen hablar por teléfono en el salón, contando a su hermana lo bien que la tratábamos y lo cómoda que estaba.

Empecé a evitar llegar temprano a casa. Me quedaba más tiempo en el trabajo o daba vueltas por el barrio antes de subir. Mi relación con Raúl se enfrió; ya no hablábamos como antes y Mateo empezó a notar la tensión.

Un domingo por la tarde, mientras recogía los juguetes de Mateo del suelo del salón, Carmen se me acercó:

—Lucía, sé que no soy fácil. Pero tampoco tú lo eres conmigo. No quiero ser una carga…

Me quedé helada. Por primera vez vi a Carmen vulnerable, con los ojos húmedos y la voz quebrada.

—No eres una carga —mentí—. Solo… es difícil para todos adaptarnos.

Ella asintió y se fue a su habitación. Esa noche hablé con Raúl:

—Necesitamos poner límites. No podemos seguir así o esto nos va a romper.

Por primera vez me escuchó de verdad. Decidimos hablar con Carmen y establecer normas: horarios para el baño, turnos para cocinar, respeto por los espacios privados y, sobre todo, comunicación sincera.

No fue fácil al principio. Hubo lágrimas, silencios incómodos y algún portazo. Pero poco a poco empezamos a encontrar un equilibrio precario.

A veces pienso si hice bien aceptando esta situación o si debí plantarme desde el principio. ¿Hasta dónde debe llegar uno por amor y por familia? ¿Dónde está el límite entre ayudar y perderse a uno mismo?

¿Y tú? Si estuvieras en mi lugar… ¿qué harías?