Nunca pensé que me pondría entre la espada y la pared: Casarme con un hombre divorciado

—¿De verdad piensas que puedes elegir entre tu familia y yo? —me preguntó Fernando, con la voz rota, mientras sus manos temblaban sobre la mesa de la cocina. El reloj marcaba las once de la noche y la casa estaba en silencio, salvo por el eco de sus palabras.

No supe qué responder. Miré el vaso de agua entre mis manos, como si allí pudiera encontrar una salida. Había amado a Fernando desde el primer día que lo vi en la librería del barrio, en Chamberí. Su sonrisa triste y sus ojos cansados me atraparon. Pero nunca imaginé que amarle significaría perderlo todo: la confianza de mi madre, las cenas familiares de los domingos, incluso la complicidad con mi hermana Lucía.

—Mamá dice que no entiende cómo puedes estar con un hombre que ya ha fracasado en el matrimonio —me había soltado Lucía una tarde, mientras tomábamos café en la terraza. —Y menos aún con una hija de por medio. ¿De verdad quieres cargar con eso?

No era cargar. Era amar. Pero en mi familia, el amor venía con condiciones. Mi padre, don Manuel, siempre había sido un hombre de principios rígidos. «En esta casa no se habla de divorcio», repetía cada vez que salía el tema en la televisión. Cuando le presenté a Fernando, apenas le dio la mano y se marchó al despacho sin decir palabra.

Fernando tenía 42 años, diez más que yo. Su hija, Paula, era una adolescente callada y desconfiada. Al principio pensé que podría ganármela con paciencia, pero cada vez que intentaba acercarme, ella levantaba un muro invisible.

—No eres mi madre —me dijo una tarde, sin mirarme a los ojos, mientras recogía su mochila del sofá.

—No quiero serlo —le respondí suavemente—. Solo quiero que sepas que puedes contar conmigo.

Pero Paula solo encogió los hombros y subió a su habitación. Fernando me abrazó después, pero sentí su cansancio, su miedo a que todo volviera a romperse.

Las cosas se complicaron cuando Fernando me pidió que nos casáramos. No fue una pedida romántica; fue más bien un susurro desesperado una noche de lluvia.

—Necesito saber si estás conmigo de verdad —me dijo—. No puedo seguir viviendo en esta incertidumbre.

Yo también necesitaba certezas, pero no estaba segura de poder dárselas. Mis amigas me miraban con lástima cuando les contaba mis dudas.

—¿De verdad quieres ser la segunda opción de alguien? —me preguntó Ana, mi mejor amiga desde el colegio—. ¿No te da miedo acabar como su exmujer?

Pero yo no era su exmujer. Yo era Carmen, una mujer enamorada y asustada.

El día que Fernando me dio el ultimátum fue el mismo día que mi madre me llamó llorando.

—Carmen, hija, ¿de verdad vas a tirar tu vida por la borda? ¿No ves que ese hombre solo te va a traer problemas? ¿Qué dirán las vecinas? ¿Y si algún día te deja como dejó a la otra?

Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Por qué nadie podía ver lo bueno en Fernando? ¿Por qué todos juzgaban sin conocerle?

Esa noche discutimos hasta la madrugada. Fernando me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—No puedo seguir así, Carmen. O estamos juntos de verdad o lo dejamos aquí. No quiero ser tu secreto ni tu vergüenza.

Me quedé muda. ¿Era yo quien tenía miedo o era él quien no podía soportar el peso de mi familia?

Los días siguientes fueron un infierno. Mi padre dejó de hablarme. Lucía me evitaba en casa. Solo mi abuela Pilar me apoyaba en silencio.

—El amor nunca es fácil, niña —me dijo una tarde mientras tejía en el salón—. Pero si tienes que elegir entre tu felicidad y la de los demás… piensa bien cuál es el precio que quieres pagar.

Fernando empezó a distanciarse. Paula apenas me dirigía la palabra. Yo iba al trabajo como un fantasma, incapaz de concentrarme en nada.

Una tarde decidí ir a buscar a Fernando a su piso en Lavapiés. Llovía y las calles estaban vacías. Cuando abrí la puerta, lo encontré sentado en el sofá, con los ojos rojos y una maleta a medio hacer.

—¿Te vas? —pregunté con la voz quebrada.

—No puedo más, Carmen —susurró—. No quiero obligarte a nada. Pero tampoco puedo seguir sintiéndome como un error en tu vida.

Me arrodillé frente a él y le tomé las manos.

—No eres un error —le dije—. Eres lo mejor que me ha pasado… pero tengo miedo. Miedo de perderlo todo por ti.

Fernando acarició mi rostro y sonrió tristemente.

—A veces hay que perder para ganar —dijo—. Pero tienes que decidir tú sola.

Esa noche dormí en su sofá, abrazada a su jersey y llorando en silencio. Al amanecer, salí a la calle sin saber qué hacer.

Hoy escribo esto sentada en un banco del Retiro, viendo cómo las familias pasean bajo el sol de Madrid. Me pregunto si algún día podré tener una familia propia sin sentirme culpable por amar a quien amo.

¿De verdad merece la pena luchar contra todos por amor? ¿O hay batallas que simplemente no se pueden ganar?