Quince años juntos y un billete de ida: cuando huir no es suficiente
—¿De verdad te vas a ir, Sergio? —La voz de Lucía temblaba, pero sus ojos no mostraban sorpresa. Era como si llevase años esperando este momento, como si supiera que tarde o temprano yo buscaría una excusa para huir.
No respondí. Solo miré la maleta junto a la puerta, el pasaporte en la mano y el billete a Berlín que había comprado en secreto. Quince años juntos, dos hijos —Clara y Mateo—, una hipoteca en Vallecas y una rutina tan asfixiante que a veces sentía que me faltaba el aire. El trabajo en la consultora me había ofrecido seis meses en Alemania y yo lo acepté sin pensarlo demasiado. Decía que era una oportunidad profesional, pero en realidad era mi vía de escape.
La noche antes de irme, Lucía se sentó a mi lado en la cama. No lloró. Solo me miró con esa tristeza resignada que tanto detestaba.
—¿Volverás?
No supe qué decirle. Mi plan era claro: aprovechar esos meses para aclarar mis ideas y, si seguía sintiendo lo mismo, pedirle el divorcio al volver. No se lo había contado a nadie. Ni siquiera a mi mejor amigo, Pablo, que siempre decía que Lucía y yo éramos la pareja perfecta.
El avión despegó y sentí un alivio inmediato. En Berlín todo era distinto: el frío, el idioma, la gente distante. Me alojé en un piso compartido con Andrés, un sevillano divorciado que llevaba años fuera de España. Él me hablaba de libertad, de noches sin compromisos y de mujeres alemanas que no preguntaban por el futuro.
Al principio me sentí joven otra vez. Salía con Andrés, bebíamos cerveza en Kreuzberg y conocí a Marta, una madrileña que trabajaba en una galería de arte. Era divertida, espontánea y no tenía miedo a nada. Con ella volví a reírme como hacía años que no lo hacía. Me pregunté si eso era lo que me faltaba: emoción, novedad, sentirme deseado.
Pero las noches eran largas y el silencio del piso me pesaba. Llamaba a Clara y Mateo por videollamada y fingía entusiasmo por sus dibujos y partidos de fútbol. Lucía nunca aparecía en pantalla; decía que tenía cosas que hacer o simplemente no estaba.
Una tarde, después de una discusión absurda con Marta sobre política española, me di cuenta de que estaba repitiendo los mismos patrones: huía del conflicto, evitaba comprometerme y buscaba excusas para no enfrentarme a mis propios errores. Marta era solo un espejismo; lo nuestro se apagó tan rápido como empezó.
El trabajo tampoco era lo que esperaba. Los alemanes eran eficientes pero fríos; echaba de menos los cafés largos con mis compañeros en Madrid, las bromas sobre el Atleti y hasta el tráfico insoportable de la M-30. Empecé a sentir nostalgia por cosas que antes detestaba.
Un día recibí un mensaje de Clara: “Papá, ¿vas a venir a mi función del cole?” Sentí un nudo en el estómago. No podía ir, pero tampoco quería decirle la verdad. Le mentí: “Claro que sí, princesa”.
Esa noche soñé con Lucía. La veía en la cocina preparando la cena mientras yo leía el periódico. No hablábamos, pero había una paz extraña en ese silencio compartido. Al despertar, sentí una punzada de culpa.
Las semanas pasaron y empecé a escribirle cartas a Lucía que nunca envié. Le contaba mis miedos, mis dudas, cómo me sentía perdido incluso lejos de ella. Me preguntaba si alguna vez habíamos sido realmente felices o solo nos habíamos acostumbrado el uno al otro.
Cuando llegó el momento de volver a Madrid, no tenía las respuestas que buscaba. Volví con la misma maleta —más vieja y llena de ropa arrugada— y una sensación amarga en la boca.
Lucía me recibió en casa sin abrazos ni reproches. Clara y Mateo corrieron a saludarme; Lucía solo asintió con la cabeza.
—¿Qué tal Berlín? —preguntó mientras ponía la mesa para cenar.
—Frío —respondí—. Muy frío.
Durante semanas fingimos normalidad. Yo ayudaba con los deberes, iba al supermercado y hasta cocinaba los domingos. Pero algo había cambiado: ya no quería huir. Quería entender qué nos había pasado y si aún quedaba algo por salvar.
Una noche, después de acostar a los niños, me senté frente a Lucía.
—No sé si podemos arreglar esto —le dije—. Pero quiero intentarlo.
Ella me miró largo rato antes de responder:
—Yo también estoy cansada, Sergio. Pero no quiero seguir viviendo como si nada pasara.
Por primera vez en años hablamos de verdad: del cansancio, del miedo a estar solos, del amor que se transforma pero no desaparece del todo. Lloramos juntos y nos prometimos buscar ayuda profesional.
No sé qué será de nosotros dentro de un año o cinco. Pero he aprendido que huir solo sirve para encontrarte contigo mismo… y a veces eso es lo más difícil de todo.
¿Alguna vez habéis sentido ganas de dejarlo todo atrás? ¿Creéis que merece la pena luchar por una relación cuando parece rota? Me gustaría saber qué pensáis vosotros.