Si me quieres como madre, déjale: el precio de mi amor
—Si cruzas esa puerta para verle, no vuelvas a llamarme hija. ¿Me has oído, Inés? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan afilada como las tijeras que usaba para cortar las etiquetas de mi ropa nueva. Me quedé quieta, con la mano temblando sobre el pomo, sintiendo cómo el aire se volvía denso y frío a mi alrededor.
Tenía veinticuatro años y aún vivía bajo su techo en un piso antiguo de Chamberí, con las paredes llenas de fotos familiares y los muebles heredados de mi abuela. Mi madre, Victoria, era una mujer fuerte, de esas que nunca lloran delante de nadie y que siempre tienen la última palabra en la mesa. Desde pequeña me enseñó que la familia era lo primero, que los hombres iban y venían pero una madre era para siempre. Yo le creí. Hasta que conocí a Daniel.
Daniel apareció en mi vida como una ráfaga de aire fresco. Era profesor de literatura en un instituto público y tenía esa sonrisa tímida que desarma. Nos conocimos en la biblioteca municipal, entre estanterías polvorientas y miradas furtivas. La primera vez que le hablé de él a mi madre, supe que algo se había roto entre nosotras.
—¿Y de dónde es ese chico? —preguntó Victoria mientras pelaba patatas para la tortilla.
—De Salamanca, mamá. Trabaja aquí desde hace un año.
—¿Y sus padres? ¿A qué se dedican? —insistió, sin mirarme.
—Su padre es carpintero y su madre enfermera.
Victoria dejó caer el cuchillo sobre la encimera con un golpe seco.
—No me gusta. No es para ti. Tú necesitas a alguien que te cuide, no a un don nadie con sueños de poeta.
A partir de ese día, cada paso que daba era vigilado. Si salía con Daniel, recibía mensajes cada media hora: «¿Dónde estás?», «¿Con quién?», «No vuelvas tarde». Si llegaba a casa cinco minutos después de lo acordado, encontraba la cena fría y el silencio más cortante que cualquier reproche. Mis amigas me decían que era normal, que las madres españolas son así, pero yo sentía que algo no iba bien.
Una noche, después de una discusión especialmente dura —Victoria había encontrado una carta de amor de Daniel en mi bolso— me encerré en mi cuarto y llamé a mi hermano mayor, Álvaro, que vivía en Valencia desde hacía años.
—No puedes seguir así, Inés —me dijo al otro lado del teléfono—. Mamá nunca va a cambiar. Tienes que pensar en ti.
—Pero si me voy… ¿y si le pasa algo? ¿Y si se queda sola?
—No eres responsable de su felicidad. Ella tampoco lo es de la tuya.
Pero el miedo era más fuerte que la razón. Miedo a perderla, miedo a estar sola, miedo a equivocarme. Así pasaron los meses: mentiras piadosas, excusas para salir, encuentros furtivos con Daniel en cafeterías del centro o paseos por El Retiro donde soñábamos con una vida juntos lejos del control materno.
El día que Daniel me pidió irnos a vivir juntos fue también el día en que Victoria me dio el ultimátum.
—Si te vas con él, olvídate de mí. No quiero saber nada más de tu vida. Si me quieres como madre, déjale. Si no… —se le quebró la voz por primera vez en años— si no, nunca volverás a verme.
Me quedé paralizada. Miré sus ojos llenos de lágrimas contenidas y sentí una punzada de culpa tan intensa que casi no podía respirar. ¿Cómo elegir entre la mujer que me dio la vida y el hombre que me enseñó a vivirla?
Esa noche no dormí. Escuché los pasos de mi madre por el pasillo, su respiración pesada detrás de la puerta cerrada. Recordé todas las veces que me había protegido: cuando tuve fiebre alta de niña y pasó la noche sentada a mi lado; cuando suspendí matemáticas y me abrazó diciendo que no pasaba nada; cuando papá nos dejó y ella se convirtió en madre y padre al mismo tiempo.
Pero también recordé las veces que me cortó las alas: cuando quise estudiar Bellas Artes y me obligó a elegir Derecho; cuando me prohibió ir al viaje de fin de curso porque «las chicas decentes no duermen fuera»; cuando rompió mi diario porque «las cosas privadas no existen en esta casa».
Al amanecer, tomé una decisión. Hice la maleta en silencio, metiendo solo lo imprescindible: un par de libros, ropa cómoda y la foto de mi padre sonriendo en la playa. Cuando salí al salón, Victoria estaba sentada en el sofá, con los ojos rojos pero secos.
—¿Así que te vas? —preguntó sin mirarme.
—Sí, mamá. Lo siento… pero tengo que hacerlo.
Se levantó despacio y se acercó hasta quedar frente a mí. Por un momento pensé que iba a abrazarme o a pedirme perdón. Pero solo dijo:
—Recuerda lo que te he dicho. Si cruzas esa puerta… para mí has muerto.
Salí sin mirar atrás. El aire frío de Madrid me golpeó la cara mientras bajaba las escaleras del portal. Llamé a Daniel desde la acera y le dije que ya estaba lista para empezar nuestra vida juntos.
Los primeros días fueron duros. Lloraba por las noches pensando en mi madre sola en casa, imaginando su rabia y su tristeza. Daniel intentaba animarme cocinando mis platos favoritos o llevándome al cine los domingos por la tarde. Pero nada llenaba el vacío que sentía dentro.
Pasaron semanas sin noticias de Victoria. Ni un mensaje, ni una llamada. Álvaro intentó mediar desde Valencia, pero ella no quería saber nada ni de él ni de mí. Mi abuela materna me llamó un día para decirme que Victoria estaba más fría y distante que nunca.
Un domingo por la mañana recibí una carta sin remitente. Era la letra temblorosa de mi madre:
«Inés,
No sé si algún día podré perdonarte lo que has hecho. Me has roto el corazón. Pero eres mi hija y siempre lo serás. Si algún día decides volver… aquí estaré.
Mamá»
Leí esas palabras una y otra vez hasta quedarme dormida con la carta entre las manos.
Hoy han pasado dos años desde aquel día. Sigo viviendo con Daniel; hemos construido una vida sencilla pero libre: cenas con amigos, viajes improvisados al norte y tardes tranquilas leyendo juntos en casa. A veces paso por delante del piso de Chamberí y miro hacia arriba esperando ver la silueta de Victoria tras la cortina.
No he vuelto a verla ni a hablar con ella directamente. Pero cada vez que dudo o tengo miedo, escucho su voz dentro de mí: exigente, protectora… amando a su manera.
¿Es posible romper el ciclo sin perderse a uno mismo? ¿Hasta dónde llega el amor de una madre… y hasta dónde debemos sacrificar nuestra libertad por él?