Una madre en la cuerda floja: Cuando la familia de mi marido dudó de mi hijo
—¿De verdad piensas que Lucas es tu hijo, Alejandro? —La voz de mi suegra, Carmen, retumbó en el salón como un trueno inesperado. Yo estaba en la cocina, preparando la merienda para Lucas, cuando escuché esa frase. Sentí cómo se me helaba la sangre. Mi hijo tenía solo dos años y ya era el centro de una tormenta que yo jamás imaginé vivir.
Me asomé al umbral y vi a Carmen sentada en el sofá, con los brazos cruzados y la mirada fija en mi marido. Alejandro, mi compañero desde hacía ocho años, parecía un niño perdido. No respondía. Mi cuñado, Sergio, también estaba allí, removiendo el café con gesto nervioso.
—Mamá, por favor… —susurró Alejandro, pero Carmen no se detuvo.
—No se parece a ti. Ni a nadie de nuestra familia. ¿No te parece raro? —insistió ella, clavando sus ojos en los míos cuando me vio aparecer.
Sentí una mezcla de rabia y vergüenza. ¿Cómo podía dudar alguien de mi palabra? ¿De mi amor? Me acerqué a Lucas, que jugaba ajeno a todo con sus coches de juguete.
—¿Qué estáis diciendo? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
—Nada, Lucía —dijo Sergio, bajando la mirada—. Solo que… bueno, mamá tiene dudas.
—¿Dudas? ¿Sobre qué? —Mi corazón latía tan fuerte que temí que Lucas lo notara.
Carmen se levantó despacio y se acercó a mí. Olía a colonia fuerte y a desconfianza.
—Mira, Lucía. No queremos problemas, pero Alejandro merece saber la verdad. Si tienes algo que decirnos, este es el momento.
Me quedé muda. Alejandro seguía callado. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Esa noche, después de que todos se fueran y Lucas durmiera, me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Alejandro entró en silencio y me abrazó por detrás.
—Dime que no es verdad —susurró.
Me giré furiosa.
—¿De verdad dudas de mí? ¿De nosotros?
Él bajó la cabeza.
—No lo sé… Es que… Mi madre dice cosas… Y Sergio también… Y tú últimamente estás tan distante…
Le di una bofetada. No lo pensé. Fue como si todo el dolor saliera por mi mano.
—¡Eres un cobarde! —grité—. ¡Lucas es tu hijo! ¡Nuestro hijo!
Alejandro se fue a dormir al sofá esa noche. Yo me quedé abrazada a la almohada de Lucas, oliendo su pelo suave, preguntándome cómo podía haber llegado hasta aquí.
Los días siguientes fueron un infierno. Carmen empezó a hacer comentarios delante de otras personas: vecinas, amigas del barrio, incluso en la panadería.
—Dicen que los niños siempre se parecen al padre… Pero este niño…
Yo aguantaba el tipo como podía. Pero por dentro me rompía un poco más cada día.
Una tarde, al recoger a Lucas de la guardería, la directora me llamó aparte.
—Lucía, ¿todo va bien en casa? Lucas está más callado últimamente…
Me derrumbé allí mismo. Le conté todo entre sollozos. Ella me abrazó y me dijo:
—Tienes que ser fuerte por él. Los niños sienten todo.
Esa noche decidí hablar con mi madre. Fui a su casa con Lucas dormido en brazos.
—Mamá, no puedo más —le confesé—. Me están volviendo loca. Dicen que Lucas no es de Alejandro…
Mi madre me miró con ternura y rabia.
—¿Y tú qué sabes? Que sí lo es. Y aunque no lo fuera… ¿Quiénes son ellos para juzgarte? Pero tú sabes la verdad, hija. No dejes que te destruyan.
Me quedé a dormir allí. Por primera vez en semanas dormí tranquila.
Al día siguiente, Alejandro vino a buscarme. Tenía ojeras y los ojos rojos.
—He hablado con mi madre —me dijo—. Le he dicho que basta ya. Que si quiere pruebas, las tendrá. Pero yo confío en ti… O quiero confiar.
Le miré largo rato.
—¿Quieres hacerte una prueba de paternidad?
Él asintió avergonzado.
Acepté. No porque dudara de mí misma, sino porque necesitaba acabar con ese infierno.
La espera fue eterna. Carmen seguía llamando cada día para preguntar si ya había resultados. Yo apenas comía ni dormía. Lucas empezó a tener pesadillas y a mojar la cama por las noches.
Cuando llegó el sobre del laboratorio, Alejandro lo abrió temblando delante de mí y de su madre.
—Lucas es hijo biológico de Alejandro García Fernández —leyó en voz alta.
Carmen se quedó blanca. Sergio no dijo nada. Yo sentí una mezcla de alivio y rabia tan grande que me dieron ganas de gritarles a todos.
Pero no lo hice. Cogí a Lucas en brazos y salí de aquella casa sin mirar atrás.
Alejandro me siguió hasta el portal.
—Perdóname —me dijo entre lágrimas—. No supe defenderte… Ni defendernos.
Le miré cansada.
—No sé si podré perdonarte algún día… Pero por Lucas lo intentaré.
Han pasado meses desde entonces. Carmen apenas llama ya. Sergio ni saluda cuando nos cruzamos por el barrio. Alejandro y yo vamos al psicólogo juntos; intentamos reconstruir lo que quedó roto aquel día en el salón.
A veces me pregunto si alguna vez podré volver a confiar del todo en él… O si el veneno de la duda se queda para siempre en las grietas del alma.
¿Vosotros qué haríais? ¿Se puede perdonar algo así? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar?