Entre el amor y la culpa: La historia de una madre y su hija en Madrid
—¿Por qué nunca puedes ayudarme como lo hacen los padres de Sergio? —La voz de Sofía retumbó en el salón, rebotando en las paredes llenas de fotos familiares y diplomas escolares que tanto esfuerzo nos costaron.
Me quedé helada, con la taza de café temblando en mis manos arrugadas. No era la primera vez que discutíamos por dinero, pero nunca había sentido su reproche tan afilado. Miré por la ventana, buscando en el cielo gris de Madrid una respuesta que no llegaba.
—Sofía, hija, sabes que hago lo que puedo… —intenté decir, pero ella me interrumpió con un bufido.
—¡No es suficiente! Los padres de Sergio nos han pagado la entrada del piso, nos ayudan con los niños, hasta nos invitan a cenar cada semana. ¿Por qué tú no puedes hacer nada?
Sentí cómo se me encogía el corazón. Recordé aquellos años en los que mi marido y yo recorríamos clínicas y rezábamos cada noche por un milagro. Sofía llegó cuando yo tenía 45 años, cuando ya había perdido la esperanza y todos me decían que era demasiado tarde. La crié sola desde que su padre murió de un infarto cuando ella tenía apenas ocho años. Trabajé de administrativa en una gestoría hasta los 67, ahorrando cada céntimo para su futuro.
Pero ahora, jubilada y con una pensión modesta, apenas llego a fin de mes. ¿Cómo podía competir con los padres de Sergio, empresarios exitosos en plena forma?
—No es cuestión de querer o no querer, Sofía —susurré—. Es que no puedo.
Ella me miró con una mezcla de rabia y decepción. —Siempre tienes una excusa. ¿Sabes lo humillante que es tener que pedirle ayuda a mis suegros para todo? ¿No te importa?
Me mordí el labio para no llorar. Claro que me importaba. Me dolía en lo más profundo no poder darle todo lo que necesitaba. Pero también sentía una punzada de injusticia: ¿acaso no le había dado ya todo mi amor, mi tiempo, mi vida entera?
—¿Y si vendes el piso? —soltó de repente—. Podrías venirte a vivir con nosotros y así nos ayudarías con los niños. Así tendrías dinero para ayudarnos.
Me quedé sin palabras. Mi piso era lo único que tenía, mi refugio, el lugar donde guardaba los recuerdos de toda una vida. ¿De verdad quería que renunciara a eso?
—Sofía, cariño… ese piso es mi hogar. No puedo dejarlo así como así.
Ella se levantó bruscamente, recogió su bolso y se dirigió a la puerta.
—Siempre igual —dijo antes de marcharse—. Solo piensas en ti.
Cuando se fue, el silencio se hizo insoportable. Me senté en el sofá y dejé que las lágrimas corrieran por mis mejillas. Recordé cuando Sofía era pequeña y venía corriendo a mis brazos después del colegio, cuando me decía que yo era su heroína. ¿En qué momento me convertí en una carga para ella?
Los días siguientes fueron un tormento. Apenas dormía, repasando cada conversación, cada sacrificio hecho por ella. Llamé a mi amiga Carmen para desahogarme.
—No te tortures, Lucía —me dijo—. Has hecho más por Sofía de lo que muchas madres harían.
Pero yo no podía evitar sentirme culpable. En el supermercado, veía a otras abuelas comprando regalos para sus nietos y sentía una punzada de vergüenza por no poder hacer lo mismo.
Una tarde, decidí ir a visitar a Sofía sin avisar. Llevaba una bolsa con galletas caseras y un jersey que le había tejido para el invierno. Cuando abrí la puerta, escuché voces en el salón.
—Mamá siempre ha sido así —decía Sofía a Sergio—. Nunca piensa en los demás.
Me quedé paralizada en el pasillo, escuchando cómo mi propia hija me desdibujaba ante su marido. Sentí rabia, tristeza y una soledad infinita.
Entré al salón intentando sonreír.
—Hola, hijos…
Sofía me miró sorprendida y Sergio bajó la cabeza incómodo.
—He traído unas galletas para los niños —dije, dejando la bolsa sobre la mesa.
El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
—Gracias —musitó Sofía sin mirarme.
Me senté en una esquina mientras los niños jugaban ajenos a todo. Miraba a mi hija y recordaba todas las noches en vela cuidándola cuando estaba enferma, las excursiones al Retiro, los cumpleaños improvisados con tarta casera porque no había dinero para más.
De repente, sentí una oleada de dignidad mezclada con tristeza.
—Sofía —dije con voz temblorosa—, sé que te gustaría que pudiera ayudarte más. Pero no puedo dar lo que no tengo. Lo siento si eso te avergüenza o te hace sentir menos. Pero he hecho todo lo posible por ti desde el día en que naciste.
Ella me miró por fin a los ojos. Vi en su mirada algo parecido al remordimiento, pero también mucha distancia.
—No lo entiendes —susurró—. No es solo el dinero… Es sentirme sola en esto.
Me acerqué y le tomé la mano.
—Nunca estarás sola mientras yo viva —le dije—. Pero tienes que entender mis límites.
Nos quedamos así unos segundos, hasta que uno de los niños vino corriendo a abrazarme. Sentí su calorcito y pensé que quizá aún había esperanza.
Esa noche volví a casa caminando despacio por las calles iluminadas de Madrid. Pensaba en todas las madres mayores como yo, que sienten que nunca es suficiente para sus hijos adultos; en cómo la sociedad nos exige darlo todo incluso cuando ya no tenemos fuerzas ni recursos.
¿De verdad somos egoístas por querer conservar un poco para nosotras mismas? ¿O es que nuestros hijos han olvidado todo lo que ya les dimos?