Entre dos fuegos: El silencio de mi madre
—¿Vas a llamarla hoy? —La voz de Tomás retumba en la cocina, mientras el café burbujea y el olor a tostadas se mezcla con la tensión que flota en el aire.
No respondo. Aprieto la taza entre las manos y miro por la ventana. El cielo de Madrid está gris, como mi ánimo. Hace tres meses que no hablo con mi madre. Tres meses de silencio, de mensajes ignorados, de llamadas perdidas que no devuelvo. Tomás me observa, preocupado, pero ya no insiste tanto como antes. Sabe que cada vez que lo hace, una parte de mí se encoge y otra se llena de rabia.
—Lucía, no puedes seguir así —dice al fin, con voz suave—. Es tu madre.
Cierro los ojos. Es mi madre, sí. Pero también es la mujer que me gritó delante de toda la familia en Nochebuena, que me acusó de ser una desagradecida porque no quise quedarme a dormir en su casa después de la cena. «Siempre tienes algo mejor que hacer, ¿verdad? Para ti nunca somos suficientes», me lanzó, con esa mezcla de dolor y reproche que sólo una madre sabe usar como un puñal.
Recuerdo cómo todos se quedaron callados: mi hermana Marta bajó la mirada, mi padre fingió buscar algo en el móvil. Yo sólo quería desaparecer. Salí corriendo al portal y Tomás me siguió, sin decir nada. Desde entonces, ni una palabra más entre mi madre y yo.
En el trabajo finjo normalidad. Mis compañeras hablan de sus madres: que si la mía me ha traído croquetas, que si la mía me cuida a los niños… Yo sonrío y cambio de tema. Nadie sabe lo que pesa este silencio.
Una tarde, Marta me llama. No suelo cogerle el teléfono últimamente, pero esta vez lo hago.
—Lucía, mamá está peor —me dice sin rodeos—. No sale de casa desde hace días. Dice que le duele todo, pero yo creo que es tristeza.
Me quedo muda. Siento una punzada de culpa, pero enseguida la rabia vuelve a taparlo todo.
—¿Y qué quieres que haga? —respondo seca—. ¿Que vaya y finja que no ha pasado nada?
—No sé —suspira Marta—. Pero esto no puede seguir así. Papá está desesperado.
Cuelgo sin despedirme. Me encierro en el baño y lloro en silencio. Me odio por ser tan orgullosa. Me odio por no poder perdonarla.
Esa noche sueño con ella. Somos las dos en la playa de Sanlúcar, cuando yo tenía ocho años. Ella me enseña a nadar y yo le tengo miedo al agua fría. «Confía en mí», me dice sonriendo. Me lanzo a sus brazos y todo es sencillo entonces.
Al despertar, siento una nostalgia tan fuerte que casi duele físicamente. Tomás me acaricia el pelo.
—¿Por qué no le escribes una carta? —me sugiere—. A veces es más fácil poner las cosas por escrito.
Paso el día dándole vueltas a la idea. Por la tarde, saco un cuaderno y empiezo a escribir:
«Mamá,
No sé cómo empezar esta carta. Hace meses que no hablamos y siento que cada día estamos más lejos…»
Las palabras salen atropelladas: le hablo de mi dolor, de mi rabia, de lo mucho que echo de menos cómo éramos antes. Le digo que no sé perdonar ni pedir perdón, que me siento atrapada entre lo que espero de ella y lo que ella espera de mí.
No sé si enviarla o no. La guardo en el cajón y salgo a pasear por el barrio. Veo a madres e hijas en las terrazas, riendo juntas, compartiendo confidencias. Me pregunto si alguna vez podré volver a sentirme así con la mía.
Esa noche, Marta me manda un audio:
—Mamá ha preguntado por ti hoy. Dice que te echa de menos.
Me siento en la cama y escucho el mensaje una y otra vez. Algo se rompe dentro de mí.
Al día siguiente, decido ir a verla sin avisar. Camino hasta su casa con el corazón desbocado. Cuando abro la puerta del portal, me tiemblan las piernas.
Subo las escaleras y llamo al timbre. Tarda en abrirme. Cuando lo hace, está más delgada y ojerosa de lo que recordaba.
—Hola, mamá —digo apenas en un susurro.
Ella me mira con los ojos llenos de lágrimas y me abraza sin decir nada. Nos quedamos así mucho rato, llorando las dos en silencio.
No hablamos del pasado esa tarde. Preparamos una tortilla juntas y vemos un programa tonto en la tele. Hay mucho por decir aún, muchas heridas por cerrar, pero por primera vez en meses siento que hay esperanza.
Al volver a casa, Tomás me espera en el sofá. Me abraza fuerte y yo lloro otra vez, pero esta vez es distinto: es alivio.
A veces pienso si alguna vez podré perdonar del todo o si sólo aprenderé a vivir con las cicatrices. ¿Por qué es tan difícil pedir perdón a quienes más queremos? ¿Alguna vez habéis sentido ese miedo paralizante ante un simple «hola»?