Entre las paredes de la herencia: El dilema de la casa familiar

—No pienso vender la casa, Lucía. Aquí vivió tu madre, aquí crecisteis vosotros. ¿Cómo puedes pedírmelo?—. La voz de mi padre retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa donde desayunábamos los domingos.

Me quedé mirando sus manos, temblorosas, aferradas al respaldo de la silla. Mi hermano Sergio, sentado a mi lado, evitaba mi mirada. Sentí una punzada de rabia y tristeza. Habíamos venido a hablar, pero otra vez estábamos atrapados en el mismo bucle de reproches y silencios.

—Papá, no es solo por nosotros. Tú ya no puedes cuidar la casa solo. Son tres plantas, el jardín está hecho un desastre y la caldera lleva meses sin funcionar—. Intenté sonar calmada, pero mi voz se quebró al final.

Sergio intervino, seco como siempre:

—Yo no voy a mudarme aquí. No puedo dejar mi vida en Madrid para volver a este barrio. Además, tú y yo nunca nos hemos llevado bien viviendo juntos.

Mi padre me miró con esos ojos grises que siempre parecían juzgarme. —¿Y tú? ¿Vas a dejar tu piso para venir aquí con tu marido?—

No supe qué responder. Mi marido, Álvaro, y yo llevábamos meses ahogados por el alquiler en nuestro pequeño apartamento de Vallecas. La inflación, los precios disparados… Era imposible ahorrar para algo propio. La casa de mi padre era grande, tenía espacio para todos, pero estaba llena de fantasmas.

—No es tan fácil…— susurré.

El silencio cayó como una losa. Afuera llovía; las gotas golpeaban los cristales con furia. Recordé los veranos en ese jardín, las risas de mamá colándose por la ventana de la cocina mientras preparaba tortilla de patatas. Ahora solo quedaba el eco.

Sergio se levantó bruscamente.

—Esto no tiene sentido. Papá no va a ceder y yo no pienso volver aquí. Lucía, haz lo que quieras.— Cogió su abrigo y salió dando un portazo.

Me quedé sola con mi padre. Él se dejó caer en la silla, derrotado.

—¿Por qué os empeñáis en destruir lo poco que nos queda?— murmuró.

No supe qué decirle. ¿Era egoísmo querer vender la casa para que todos pudiéramos empezar de nuevo? ¿O era egoísmo suyo aferrarse a un pasado que ya no existía?

Esa noche volví a casa y encontré a Álvaro sentado en el sofá, revisando anuncios de pisos imposibles en Idealista.

—¿Y bien?— preguntó sin apartar la vista del móvil.

Me senté a su lado y le conté todo. Él suspiró.

—No podemos seguir así, Lucía. O tu padre acepta vender o tendremos que buscar algo fuera de Madrid. No podemos permitirnos esto mucho más tiempo.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Irnos? ¿Dejar todo atrás porque mi familia era incapaz de ponerse de acuerdo?

Pasaron las semanas y el ambiente se fue enrareciendo. Sergio dejó de responder a mis mensajes. Mi padre me llamaba cada día para preguntarme si había cambiado de opinión. Álvaro empezó a hablar de buscar trabajo en Valencia o Zaragoza.

Una tarde, mientras recogía unas cajas viejas del trastero de la casa familiar, encontré una foto: mamá, papá, Sergio y yo en la playa de Sanlúcar, hace más de veinte años. Todos sonreíamos. Me eché a llorar.

Esa noche llamé a Sergio.

—¿Podemos hablar?—

Él suspiró al otro lado del teléfono.

—No quiero discutir más, Lucía.—

—No quiero discutir. Solo… ¿de verdad no te importa perderlo todo por orgullo?—

Hubo un silencio largo.

—No es orgullo. Es que no puedo volver allí. No después de todo lo que pasó cuando mamá murió.—

Me quedé helada. Nunca hablábamos de eso. Mamá había muerto repentinamente y desde entonces la casa se había llenado de reproches y ausencias.

—¿Y papá? ¿Vas a dejarle solo?—

—Papá nunca quiso escucharme. Siempre fuiste tú su favorita.—

Sentí una mezcla de rabia y culpa.

—Eso no es verdad.—

Pero él ya había colgado.

Los días siguientes fueron una sucesión de llamadas frustradas y visitas incómodas a la casa. Mi padre cada vez más encerrado en sí mismo; Sergio desaparecido; Álvaro cada vez más distante.

Una mañana recibí una llamada del hospital: mi padre había sufrido una caída en casa. Corrí hasta allí; estaba magullado pero estable. Cuando le vi tan frágil, tan pequeño en esa cama blanca, sentí que todo lo demás era secundario.

Esa noche me quedé con él en el hospital. Hablamos poco, pero antes de dormir me dijo:

—No quiero ser una carga para vosotros.—

Le cogí la mano.

—No eres una carga, papá. Pero necesitamos encontrar una solución juntos.—

Cuando volvió a casa, aceptó por fin que necesitaba ayuda. Contratamos a una cuidadora, Carmen, una mujer gallega con una paciencia infinita. La casa empezó a llenarse otra vez de voces y olores a comida casera.

Sergio vino a visitarle un día; fue incómodo al principio, pero poco a poco volvieron las bromas y las historias compartidas.

Álvaro y yo seguimos buscando piso, pero ya sin tanta urgencia ni resentimiento. Aprendimos que ninguna casa vale más que la familia, pero también que hay heridas que tardan mucho en cerrarse.

A veces me siento en el jardín y pienso en todo lo que hemos perdido… y en lo poco que aún podemos salvar.

¿De verdad merece la pena pelearse por cuatro paredes? ¿O deberíamos aprender a soltar el pasado para poder construir algo nuevo juntos?