Me enamoré de mi terapeuta: el secreto que destrozó mi vida y mi matrimonio

—Esto ya no tiene sentido —dijo Sergio, mi marido, con una calma que me heló la sangre. Se levantó del sillón de piel marrón, ese que siempre olía a colonia barata y a desesperanza. Yo me quedé sentada, con la cara empapada y una servilleta arrugada en la mano. El silencio era tan denso que podía oír el tictac del reloj de pared, marcando el final de algo que ni siquiera sabía cómo había empezado a romperse.

A nuestro lado, el terapeuta —don Álvaro— nos miraba con esa paciencia infinita que sólo tienen los que han visto cientos de parejas desmoronarse delante de ellos. Me sentí desnuda bajo su mirada, como si pudiera ver todos mis secretos, incluso los que yo misma me negaba a aceptar.

Sergio cogió su chaqueta y, antes de salir, murmuró:
—¿Te quedas?

No respondí. Sólo asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra. Cuando la puerta se cerró tras él, sentí que el aire se volvía más pesado, como si la habitación se encogiera.

—¿Quieres hablar? —preguntó don Álvaro, su voz suave pero firme.

Me derrumbé. Lloré como no había llorado en años. Le conté todo: el miedo a perderme, la soledad en mi propia casa, las discusiones por tonterías, la rutina asfixiante. Él escuchaba sin juzgar, sólo asentía de vez en cuando, dándome espacio para vaciarme.

No sé en qué momento empecé a buscar su mirada más allá de lo profesional. Quizá fue cuando me sonrió por primera vez, o cuando me dijo que merecía ser feliz. En casa, Sergio y yo apenas nos hablábamos. Las cenas eran un desfile de silencios incómodos y miradas esquivas. Yo vivía esperando los jueves por la tarde, cuando podía sentarme frente a don Álvaro y sentirme vista, escuchada, comprendida.

Una tarde, después de una sesión especialmente dura, me atreví a preguntarle:
—¿Nunca se cansa de escuchar problemas ajenos?

Él sonrió con tristeza.
—A veces. Pero también veo cómo la gente cambia, cómo encuentra fuerzas donde creía que no había nada. Eso me da esperanza.

Empecé a escribirle correos fuera del horario de consulta. Al principio eran dudas sobre ejercicios de pareja, pero pronto se volvieron confesiones personales: mis sueños rotos, mis miedos infantiles, mis ganas de huir. Él siempre respondía con delicadeza, nunca cruzando la línea profesional… hasta que un día lo hizo.

—No deberíamos seguir escribiéndonos así —me dijo al final de una sesión—. Esto puede confundirnos.

Pero ya era tarde. Yo estaba confundida desde hacía semanas. Me sorprendí soñando con él, imaginando cómo sería su vida fuera del despacho: si tendría hijos, si reiría alto o en silencio, si alguna vez habría sentido este vértigo por alguien prohibido.

Sergio empezó a sospechar. Una noche me encaró en la cocina:
—¿Te gusta ese psicólogo?

Me quedé helada. No supe qué decir. Él tiró el vaso contra la pared y salió dando un portazo. Al día siguiente no volvió a casa.

Mis padres me llamaron para preguntarme qué pasaba. Mi madre lloraba al teléfono:
—Hija, ¿qué estáis haciendo? ¿Por qué no luchas por tu familia?

Pero yo ya no sabía por qué luchaba ni quién era yo en medio de todo ese caos. Me sentía culpable por Sergio, por mis padres, por mí misma… y también por don Álvaro, que nunca me prometió nada pero se había convertido en mi refugio.

Un viernes por la tarde fui a su consulta sin cita previa. Llovía a cántaros y yo temblaba bajo el paraguas roto.
—Necesito hablar contigo —le dije al abrirme la puerta.

Él dudó un segundo antes de dejarme pasar. Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
—Esto no puede seguir así —susurró—. No es sano para ti ni para mí.

Me acerqué y le rogué:
—Sólo dime que alguna vez has sentido lo mismo.

Él bajó la mirada.
—No puedo… No debo…

Pero sus ojos decían otra cosa. Nos abrazamos y lloramos juntos, sabiendo que nada bueno podía salir de aquello. No hubo besos ni promesas; sólo dos almas rotas buscando consuelo donde no debían.

Después de aquello dejé la terapia y empecé a reconstruir mi vida desde cero. Sergio pidió el divorcio y mis padres dejaron de hablarme durante meses. Perdí amigos y certezas. Pero también aprendí a mirarme al espejo sin odiarme tanto.

Hoy sigo preguntándome si fue amor o sólo una huida desesperada del dolor. ¿Cuántas veces confundimos el consuelo con el amor verdadero? ¿Y cuántas veces nos atrevemos a mirar de frente las consecuencias de nuestros actos?

Quizá nunca encuentre respuestas… Pero al menos ahora sé quién soy.