“Quiero divorciarme.” – El segundo que destrozó mi vida y me obligó a empezar de nuevo

—Quiero divorciarme, Lucía. Lo siento, pero ya no puedo más.

La voz de Pedro retumbó en el salón como si hubiera estallado una bomba. Era martes, las ocho y cuarto de la tarde. Nuestra hija, Alba, estaba en su habitación haciendo los deberes. Yo sostenía una taza de café, temblorosa, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Dieciséis años juntos. Dieciséis años de rutinas, de cenas familiares, de vacaciones en la playa de Benidorm, de discusiones por tonterías y reconciliaciones a media noche. Todo eso, ¿de verdad podía desaparecer en un segundo?

—¿Cómo que quieres divorciarte? —mi voz salió ahogada, casi un susurro.

Pedro no me miraba a los ojos. Jugaba con las llaves del coche entre los dedos, como si buscara una salida física a la conversación. —No soy feliz, Lucía. Hace tiempo que no lo soy. Lo he intentado, pero…

Me quedé paralizada. Recordé las palabras de mi madre cuando me casé: “El amor es trabajo diario, hija. Pero si un día sientes que luchas sola, no te olvides de ti misma.”

No podía llorar. No delante de él. No delante de Alba. Así que apreté los dientes y me fui al baño. Cerré la puerta y me miré al espejo. Tenía cuarenta y dos años y la sensación de haber fracasado en lo más importante: mi familia.

Esa noche apenas dormí. Escuchaba cada movimiento en la casa como si fuera la última vez que oiría a Pedro caminar por el pasillo. Al día siguiente, él se fue temprano al trabajo sin despedirse. Alba me preguntó por qué papá estaba tan serio.

—Está cansado, cariño —mentí.

Durante semanas, intenté convencerme de que era una crisis pasajera. Le propuse ir a terapia de pareja. Pedro aceptó a regañadientes, pero en cada sesión parecía más distante. La psicóloga nos preguntó qué nos unía todavía.

—Alba —respondimos los dos al mismo tiempo.

—¿Y aparte de ella? —insistió la psicóloga.

Silencio.

Empecé a notar miradas de lástima en el colegio cuando iba a recoger a Alba. Las madres cuchicheaban: “Dicen que Pedro se va de casa”. En el trabajo, mi jefa me llamó para preguntarme si necesitaba días libres. Me sentí desnuda ante todos.

Una tarde, mientras preparaba la cena, Alba entró en la cocina con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Es verdad que papá se va a ir?

Me arrodillé frente a ella y la abracé con todas mis fuerzas.

—Pase lo que pase, siempre vamos a estar juntas. Te lo prometo.

Pedro se mudó a un piso pequeño cerca del centro. Al principio venía a ver a Alba los fines de semana, pero poco a poco empezó a poner excusas: el trabajo, el cansancio, un viaje inesperado. Alba dejó de preguntarme cuándo volvería papá.

Las noches eran lo peor. Me sentía sola en una casa demasiado grande para dos personas. A veces me sorprendía hablando sola en voz baja, como si Pedro pudiera escucharme desde su nuevo piso:

—¿Por qué no luchaste más? ¿Por qué no me dijiste antes que eras infeliz?

Mi madre venía a verme cada domingo. Me traía croquetas y palabras de ánimo:

—Lucía, no te olvides de ti misma. Eres más fuerte de lo que crees.

Pero yo solo veía mis defectos: ¿había sido demasiado exigente? ¿Demasiado fría? ¿Había dejado de cuidar nuestra relación?

Un día recibí una carta del abogado de Pedro: quería la custodia compartida. Sentí rabia y miedo al mismo tiempo. ¿Cómo podía pretender ser padre solo los fines de semana y luego exigir igualdad?

La batalla legal fue dura. Tuvimos que sentarnos frente a un juez y exponer nuestras miserias familiares como si fueran mercancía barata. Pedro parecía otro hombre: frío, calculador, distante.

Alba empezó a tener pesadillas. Se despertaba llorando y me pedía dormir conmigo. Yo le acariciaba el pelo y le susurraba canciones que mi madre me cantaba cuando era niña.

Los meses pasaron y aprendí a vivir con el dolor como quien aprende a convivir con una cicatriz. Volví a salir con amigas, retomé clases de pilates y empecé a escribir un diario donde volcaba todo lo que no podía decir en voz alta.

Un día, mientras paseábamos por el Retiro, Alba me miró y me dijo:

—Mamá, ya no estoy triste porque papá no viva con nosotras. Ahora somos un equipo tú y yo.

La abracé tan fuerte que pensé que se rompería.

Hoy han pasado dos años desde aquel martes fatídico. Pedro tiene otra pareja y apenas llama para preguntar por Alba. Yo he aprendido a quererme un poco más cada día. A veces aún duele, pero ya no es un dolor que paraliza; es un recordatorio de todo lo que he superado.

Me pregunto muchas noches: ¿Cuántas mujeres como yo han sentido que su vida se derrumba en un segundo? ¿Cuántas han encontrado fuerzas donde creían que solo había vacío? ¿Y tú? ¿Has tenido que reconstruirte alguna vez desde cero?