Rompí con mi hijo para salvarme: el día que tiré sus cosas por la puerta y elegí mi libertad
—¡No me hables así en mi propia casa, Álvaro! —grité, con la voz rota y las manos temblorosas, mientras él lanzaba la mochila contra la pared del salón. El eco de su furia rebotó en las paredes que una vez estuvieron llenas de risas y meriendas familiares. Mi hijo, mi propio hijo, me miraba con los ojos encendidos de rabia, como si yo fuera la culpable de todos sus fracasos.
No sé en qué momento se rompió todo. Quizá fue después de que falleciera Antonio, mi marido. Él era el alma de la casa, el que mediaba entre Álvaro y yo cuando discutíamos por tonterías. Pero cuando se fue, el vacío se llenó de silencios incómodos y reproches. Álvaro empezó a llegar tarde, a beber más de la cuenta, a perder trabajos y a traer a casa ese resentimiento que no sabía cómo gestionar.
—Mamá, ¿por qué siempre tienes que estar encima? ¡Déjame en paz! —me gritó una noche, después de volver borracho y tirar un jarrón al suelo.
—Porque eres mi hijo y me preocupo por ti —le respondí, recogiendo los pedazos del jarrón con lágrimas en los ojos.
Pero la preocupación se transformó en miedo. Miedo a sus gritos, a sus portazos, a esa violencia sorda que no deja moratones pero sí cicatrices. Mis amigas del centro de mayores me decían que era normal, que los jóvenes ahora estaban perdidos. Pero yo sabía que aquello no era normalidad: era abuso.
Mi hija Lucía me llamaba cada semana desde Valencia:
—Mamá, vente conmigo una temporada. Aquí estarías tranquila. Álvaro tiene que aprender a valerse por sí mismo.
Pero yo no podía dejar mi casa. Era lo único que me quedaba de Antonio, el único lugar donde sentía que aún tenía control sobre algo. Hasta que un día, después de otra discusión absurda sobre el dinero de la pensión, sentí cómo algo dentro de mí se rompía definitivamente.
—¡Basta! —le grité—. No aguanto más. Si no te gusta cómo vivo ni cómo soy, vete tú o me voy yo.
Álvaro se rió en mi cara. Me llamó vieja loca, inútil, y otras cosas que prefiero no recordar. Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando el techo, repasando cada momento en el que había cedido por miedo a perderlo, por miedo a estar sola.
A la mañana siguiente, mientras él dormía la resaca en el sofá, abrí su armario y empecé a sacar su ropa. Camisetas arrugadas del Real Madrid, vaqueros rotos, zapatillas llenas de barro… Todo lo fui apilando junto a la puerta. Cuando despertó y vio sus cosas allí, se puso hecho una furia.
—¿Qué coño haces? —me gritó.
—Te vas —le dije con una calma que ni yo sabía que tenía—. Esta es mi casa y no voy a permitir ni un insulto más.
Me empujó la puerta al salir y juró que no volvería a hablarme nunca más. Sentí miedo, sí, pero también un alivio inmenso. Lloré durante horas, pero no por él: lloré por mí, por todos los años en los que me olvidé de quién era.
Lucía vino esa misma tarde desde Valencia. Me abrazó tan fuerte que sentí cómo se recomponían los pedazos rotos de mi corazón.
—Mamá, has hecho lo correcto —me susurró—. Ahora te toca vivir para ti.
Decidí irme a vivir con ella y su marido, Sergio. Al principio fue raro: una madre mayor metida en la vida de una pareja joven. Pero pronto encontré mi sitio: ayudando con las comidas, cuidando las plantas del balcón, paseando por el Turia al atardecer…
La familia empezó a murmurar. Mi hermana Carmen me llamó para decirme que era una desalmada por echar a mi propio hijo:
—¿Y si le pasa algo? ¿Y si acaba en la calle?
—Carmen —le respondí—, llevo años perdiéndome a mí misma para salvarle a él. Ahora le toca a Álvaro aprender a ser adulto.
No todos lo entendieron. En el pueblo algunos me miran con pena; otros con desprecio. Pero yo he aprendido a mirar hacia adelante. He empezado a ir al centro de mujeres del barrio, donde he conocido a otras como yo: madres cansadas de ser mártires, mujeres que han decidido poner límites aunque duela.
A veces sueño con Antonio. En mis sueños me sonríe y me dice: «Ya era hora, Mercedes». Y yo le sonrío de vuelta, sabiendo que por fin he hecho lo correcto.
No sé si algún día Álvaro me perdonará o si yo podré perdonarle a él todo el daño que nos hemos hecho mutuamente. Pero hoy duermo tranquila. Por primera vez en mucho tiempo siento que esta vida es mía.
¿Hasta cuándo debemos las madres sacrificar nuestra felicidad por los hijos? ¿Cuándo es el momento de decir basta y empezar a vivir para nosotras mismas?