Le regalamos el piso de los abuelos a nuestra hija… y ahora nos sentimos como intrusos en su vida
—¿Vais a venir otra vez este domingo? —La voz de Lucía, mi hija, sonó al otro lado del teléfono, seca, casi impaciente. Me quedé callada un segundo, tragando saliva. ¿Desde cuándo mi propia hija me habla como si fuera una molestia?
No hace tanto, ese piso en Chamberí era el corazón de nuestra familia. Allí crecí yo, entre las risas de mis padres, los veranos de calor pegajoso y las Navidades con olor a cordero y turrón. Cuando mamá murió, el piso quedó vacío, pero nunca fui capaz de venderlo. Lo alquilamos unos años, sí, pero siempre sentí que era un pedazo de mi alma esperando volver a latir.
Cuando Lucía y su novio, Sergio, nos contaron que estaban buscando piso y que los alquileres en Madrid eran imposibles, a mí se me encendió la chispa: ¿por qué no darles el piso de los abuelos? Fue un regalo, sí, pero también una forma de mantener viva la memoria de mis padres. Mi marido, Antonio, dudó al principio —»¿Y si luego se arrepienten? ¿Y si lo venden?»— pero yo insistí. «Es nuestra hija. Confía en ella.»
La mudanza fue una fiesta. Lucía lloró al recibir las llaves. «Mamá, papá… no sé cómo agradeceros esto», nos dijo abrazándonos fuerte. Yo sentí que todo tenía sentido. Pero pronto las cosas cambiaron.
Al principio íbamos cada domingo a comer. Yo cocinaba mi famoso cocido y Lucía ponía la mesa con la vajilla de la abuela. Pero poco a poco empezaron las excusas: «Este finde tenemos planes», «Sergio tiene que estudiar», «Estamos cansados». Un día llegamos sin avisar y nos encontramos la puerta cerrada con doble vuelta. Llamamos al timbre y Lucía abrió con cara de sorpresa —y algo más que no supe descifrar—.
—¿No avisasteis? Es que estábamos… —miró a Sergio, incómoda— viendo una serie.
Entré y vi el salón cambiado: los muebles antiguos fuera, las fotos familiares sustituidas por pósters modernos. El reloj de pared de mi madre ya no estaba. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Dónde está el reloj? —pregunté intentando sonar casual.
—Lo llevamos al trastero, mamá. No pegaba con el estilo —respondió Lucía sin mirarme.
Antonio me apretó la mano bajo la mesa. Yo apenas probé bocado ese día.
Las semanas pasaron y las visitas se hicieron más raras. Un domingo llamé para decir que pasaríamos a dejar unas cosas y Lucía contestó rápido:
—Mamá, preferiría que me avises antes de venir. Ya no es vuestra casa…
Me quedé helada. ¿No es nuestra casa? ¿De verdad lo pensaba?
Esa noche discutimos Antonio y yo en la cocina:
—¿Ves? Te lo dije —susurró él—. Ahora somos unos extraños en nuestra propia familia.
—Solo necesita tiempo —me defendí—. Está haciendo su vida…
Pero por dentro me sentía traicionada. Habíamos dado todo por ella: noches sin dormir, ahorros, el legado de mis padres… ¿Y ahora éramos unos intrusos?
En Navidad propuse hacer la cena en su piso, como siempre hacíamos en casa de los abuelos. Lucía puso mil pegas:
—Mamá, este año preferimos algo más íntimo… solo Sergio y yo.
Lloré esa noche como hacía años que no lloraba.
Mi hermana Carmen me llamó para preguntarme cómo estaba:
—¿Te arrepientes de haberle dado el piso?
No supe qué responderle. No era cuestión de arrepentimiento, sino de dolor. De sentirme desplazada por mi propia hija.
Un día me armé de valor y le escribí un mensaje largo a Lucía:
«Sé que este piso es tuyo ahora, pero para mí siempre será el hogar donde crecí y donde tú aprendiste a caminar. Solo quiero sentir que aún formo parte de tu vida.»
Me respondió con un escueto «Lo entiendo, mamá».
Desde entonces apenas hablamos. A veces paso por la calle y miro hacia arriba, esperando ver una luz encendida o escuchar una risa familiar tras la ventana. Pero ya no pertenezco a ese lugar.
¿Hicimos mal en regalarle el piso? ¿O es inevitable que los hijos quieran cortar el cordón umbilical aunque duela? ¿Alguna vez volveremos a ser una familia unida o este regalo nos separó para siempre?