«¿Pagamos a medias?» – Un primer encuentro que lo cambió todo

—¿Pagamos a medias? —me preguntó Sergio, mirándome con una mezcla de nerviosismo y desafío mientras el camarero dejaba la cuenta sobre la mesa. El murmullo de la cafetería de la Plaza Mayor se mezclaba con el latido acelerado de mi corazón. No supe qué responder. Por un lado, sentía que era lo justo; por otro, recordaba las palabras de mi madre: «Un hombre que te quiere, te cuida».

Me llamo Lucía y tengo 29 años. Crecí en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, donde las cosas eran sencillas y las reglas, claras. Pero hace seis años me mudé a Madrid buscando algo más: independencia, emoción, quizás amor. Lo que no sabía era que la ciudad también traía consigo nuevas reglas, y yo aún no sabía jugarlas.

Conocí a Sergio en una aplicación de citas. Sus mensajes eran divertidos y atentos; hablábamos de cine español, de los veranos en la costa de Cádiz, de lo difícil que es encontrar amigos de verdad en Madrid. Me ilusioné. Quizá demasiado rápido, como siempre me decía mi hermana Marta: «Lucía, tienes que ir con más cuidado. No todos son como papá».

El día del encuentro me pasé horas eligiendo qué ponerme. Al final opté por un vestido azul marino y unos zapatos cómodos. Cuando llegué al café, Sergio ya estaba allí, leyendo un libro de Javier Marías. Me sonrió y sentí que todo iba a salir bien.

La conversación fluyó fácil al principio. Hablamos de nuestras familias: él era hijo único de padres divorciados; yo, la mediana de tres hermanas, criada en una familia donde los domingos eran sagrados y las discusiones sobre política, inevitables. Me contó que trabajaba en una editorial pequeña y que le encantaba pasear por El Retiro los domingos por la mañana. Yo le hablé de mi trabajo en una gestoría y de lo mucho que echaba de menos los paseos por el campo.

Pero entonces, cuando llegó la cuenta, todo cambió.

—¿Pagamos a medias? —repitió Sergio, esta vez con una sonrisa incómoda.

Sentí cómo se me encendían las mejillas. Recordé a mi madre diciendo: «Eso antes no pasaba. Un hombre siempre invita en la primera cita». Pero también recordé las conversaciones con mis amigas en Madrid: «Eso ya está pasado de moda, Lucía. Aquí cada uno va a lo suyo».

—Claro —respondí al fin, intentando sonar natural mientras sacaba mi tarjeta del bolso.

El camarero nos miró con una ceja levantada y separó la cuenta en dos. Sergio pagó rápido; yo me entretuve buscando monedas para no usar la tarjeta. El silencio se hizo incómodo.

Salimos del café y caminamos juntos hasta el metro. Hablamos poco. Al despedirnos, Sergio me dio dos besos en la mejilla y dijo:

—Me ha gustado conocerte, Lucía. Si quieres, repetimos otro día.

Asentí, pero algo dentro de mí se había roto.

Esa noche llamé a Marta.

—¿Y qué esperabas? —me dijo—. Aquí nadie te va a regalar nada. Si quieres igualdad, tienes que aceptar estas cosas también.

Pero yo no buscaba igualdad ni regalos; buscaba sentirme especial, aunque solo fuera por una tarde.

Al día siguiente, durante la comida familiar del domingo, mi madre me preguntó cómo había ido la cita.

—Bien —mentí—. Muy simpático.

Mi padre intervino:

—¿Y te invitó?

Negué con la cabeza y vi cómo fruncía el ceño.

—Eso antes no pasaba —repitió mi madre—. Ahora las chicas tenéis que andar con mil ojos.

Mi abuela Carmen, que siempre había sido la más callada, me miró fijamente y dijo:

—Lucía, lo importante es cómo te hace sentir alguien, no quién paga el café.

Sus palabras me acompañaron toda la semana. Sergio me escribió un par de veces para quedar otra vez, pero yo siempre encontraba una excusa para no hacerlo. No era por el dinero; era por la sensación de haber perdido algo: la ilusión, la magia o quizá solo mi ingenuidad.

En el trabajo tampoco podía concentrarme. Mi compañera Ana me preguntó qué me pasaba y le conté todo.

—A ver, Lucía —me dijo—, ¿de verdad crees que el problema es quién paga? ¿O es que tienes miedo de que nadie cumpla tus expectativas?

Me quedé pensando en eso toda la tarde. ¿Y si el problema era yo? ¿Y si estaba tan aferrada a las ideas de mi familia que no sabía adaptarme a lo nuevo? ¿Por qué me dolía tanto un gesto tan simple?

Esa noche volví a casa y encontré a mi padre viendo un partido del Real Madrid en la tele. Me senté a su lado y le pregunté:

—Papá, ¿tú crees que las cosas han cambiado mucho?

Me miró sorprendido y luego sonrió:

—Claro que sí, hija. Pero eso no es malo. Lo importante es que tú seas feliz con tus decisiones.

Me fui a dormir pensando en todo lo que había pasado esa semana. Me di cuenta de que el verdadero conflicto no era con Sergio ni con las expectativas de mi familia; era conmigo misma y con mi miedo a decepcionarles o a decepcionarme a mí misma.

Ahora miro atrás y sonrío con cierta tristeza. A veces pienso: ¿Cuántas veces nos aferramos a lo que creemos correcto solo por miedo a cambiar? ¿Y si aprender a soltar es el primer paso para encontrarnos de verdad?