Mi marido, el tacaño: Sueño con el divorcio. Mi nombre es Carmen y llevo diez años casada con Tomás, pero nuestro matrimonio está lejos de ser feliz.
—¿Otra vez has comprado yogures de marca, Carmen? ¿No ves que los del supermercado valen la mitad?
La voz de Tomás retumba en la cocina como un trueno. Yo, con la bolsa aún en la mano, siento cómo se me encoge el estómago. No es la primera vez que discutimos por algo así, pero cada vez me duele más. Me quedo quieta, mirando los azulejos blancos, mientras él sigue revisando el ticket de la compra como si fuera un inspector de Hacienda.
—No puedo más —pienso—. ¿De verdad esto es vida?
Llevo diez años casada con Tomás. Diez años en los que he aprendido a medir cada céntimo, a justificar cada gasto, a esconder pequeños caprichos como si fueran delitos. Al principio pensé que era una manía pasajera, una consecuencia de los años duros que vivió su familia en la crisis del 2008. Pero no. Lo suyo es otra cosa: una obsesión enfermiza con el dinero.
Recuerdo el día de nuestra boda en Toledo, cuando bailamos bajo las luces del patio y prometimos cuidarnos siempre. Yo soñaba con una vida sencilla pero llena de cariño. Pero pronto las cosas cambiaron. La primera vez que me pidió que devolviera un regalo porque «era demasiado caro» me reí. Ahora, ni siquiera me atrevo a comprarme una barra de labios sin sentirme culpable.
Mi madre, Pilar, siempre me dice:
—Hija, el dinero va y viene, pero la dignidad no se compra.
Pero yo ya no sé dónde quedó mi dignidad. Me he convertido en una sombra dentro de mi propia casa. Mis amigas, Lucía y Marta, me invitan a salir, pero yo invento excusas porque sé que Tomás me preguntará hasta por el último euro gastado en un café.
Una noche, después de otra discusión absurda por la factura del gas —»¿Por qué pones la calefacción? Ponte un jersey, Carmen»—, me encierro en el baño y lloro en silencio. Me miro al espejo y no reconozco a la mujer que fui. ¿Dónde quedó aquella Carmen alegre, espontánea, capaz de reírse hasta de sí misma?
A veces pienso en separarme. Lo pienso mucho más de lo que debería. Pero el miedo me paraliza: ¿cómo voy a empezar de cero a los cuarenta? ¿Qué dirán mis padres? ¿Y si me arrepiento?
Una tarde, mientras Tomás está en el trabajo, mi hermana Elena viene a verme. Me encuentra sentada en el sofá, con las manos heladas y la mirada perdida.
—Carmen, tienes que hacer algo. No puedes seguir así —me dice con voz firme.
—¿Y qué hago? —le respondo casi susurrando—. No tengo fuerzas ni para discutir.
Elena me abraza y siento cómo se me rompe algo por dentro. Me cuenta que conoce a otras mujeres en situaciones parecidas; algunas han dado el paso y ahora son más felices. Otras siguen atrapadas por miedo o por costumbre.
Esa noche, cuando Tomás llega a casa y me pregunta si he pagado la luz este mes —»No quiero sorpresas en la factura»—, le miro a los ojos y veo a un hombre que no sabe amar de otra manera. No es malo, pero su obsesión nos ha robado la alegría.
—Tomás —le digo con voz temblorosa—, ¿alguna vez has pensado en cómo me siento yo?
Él se queda callado unos segundos y luego responde:
—Carmen, todo lo hago por nuestro bien. No quiero que nos falte nada.
Pero a mí ya me falta todo: la ilusión, la complicidad, las ganas de vivir.
Empiezo a buscar información sobre divorcios en España. Leo foros donde otras mujeres cuentan sus historias: algunas hablan de libertad, otras de miedo al vacío. Me doy cuenta de que no estoy sola.
Un día decido hablar con mi madre. Nos sentamos en la terraza del bar de siempre y le cuento todo: las discusiones, la tristeza, el miedo al futuro.
—Hija —me dice Pilar—, yo te apoyaré hagas lo que hagas. Pero recuerda: nadie merece vivir sin alegría.
Sus palabras me dan fuerzas. Esa noche escribo una carta para Tomás. No es una carta de reproches; es una carta sincera donde le explico cómo me siento y lo que necesito para ser feliz.
Cuando se la entrego, él la lee en silencio. Por primera vez veo lágrimas en sus ojos.
—No sabía que te hacía tanto daño —me dice—. Pensé que era lo mejor para los dos.
Le propongo ir a terapia de pareja. Él acepta, aunque sé que será difícil cambiar tantos años de costumbres y miedos.
La terapia no es mágica; hay días buenos y días malos. A veces Tomás da pasos atrás y yo siento ganas de rendirme. Pero poco a poco empezamos a hablar más y a discutir menos por tonterías.
Un año después, nuestra vida no es perfecta, pero hemos aprendido a escucharnos. Yo he recuperado parte de mi alegría y Tomás intenta controlar menos cada céntimo.
A veces pienso en lo cerca que estuve de rendirme. Y me pregunto: ¿cuántas personas viven atrapadas por miedo al cambio? ¿Cuántas sacrifican su felicidad por costumbre o por miedo al qué dirán?
¿Y tú? ¿Te atreverías a dar el paso si tu felicidad estuviera en juego?