Le dije a mi nuera que no volvería: ya no soy su criada, soy la abuela de mi nieto

—¿Vas a llegar tarde otra vez, Carmen? —La voz de Lucía, mi nuera, resonó en el teléfono con ese tono seco que últimamente me hacía apretar los dientes—. Sabes que tengo una reunión importante.

Miré el reloj. Eran las siete de la mañana y apenas había dormido. Me levanté despacio, con ese dolor sordo en la cadera que me acompaña desde hace años. Pero no dije nada. Como siempre, me tragué las ganas de contestar y me vestí deprisa.

Cuando llegué al piso de mi hijo, la puerta ya estaba entreabierta. Lucía ni siquiera me miró. —El desayuno está sin hacer. Y por favor, que Mateo no vea la tele, que luego se pone insoportable —me soltó mientras se ponía el abrigo. Ni un «buenos días», ni un «gracias». Solo órdenes, como si yo fuera la asistenta.

Mateo, mi nieto, salió corriendo y se abrazó a mis piernas. «¡Abuela! ¿Hoy jugamos a los piratas?». Su sonrisa era lo único que me daba fuerzas para seguir. Pero mientras le preparaba el desayuno y recogía los juguetes del suelo, sentí cómo la rabia me subía por dentro.

No siempre fue así. Cuando mi hijo Sergio y Lucía me pidieron ayuda, pensé que sería algo temporal. «Solo unas horas, mamá, hasta que Lucía encuentre trabajo», me dijo Sergio, con esa voz dulce que siempre me desarma. Yo estaba jubilada, tenía tiempo, y me hacía ilusión pasar tiempo con mi nieto. Pero las semanas se convirtieron en meses, y las horas en jornadas enteras.

Al principio, Lucía me agradecía la ayuda. Me traía un café, me preguntaba por mi salud. Pero pronto dejó de hacerlo. Empezó a exigirme más: «¿Puedes limpiar la cocina?», «¿Puedes ir a por el pan?», «Mateo tiene que estar bañado antes de que lleguemos». Y yo, por no crear problemas, decía que sí a todo.

Un día, mientras fregaba el suelo, escuché a Lucía hablando por teléfono en el pasillo. «Mi suegra viene porque no tiene nada mejor que hacer. Así me ahorro la chica de la limpieza». Sentí una punzada en el pecho. ¿Eso pensaba de mí? ¿Que mi vida no tenía valor más allá de servirles?

Intenté hablar con Sergio. «Hijo, creo que Lucía no me respeta. Me siento como una criada». Pero él, con la cabeza en el trabajo y los problemas, solo me dijo: «Mamá, no exageres. Lucía está estresada. Nos ayudas mucho, de verdad».

Pero nadie me preguntó cómo me sentía yo. Nadie vio que llegaba a casa agotada, que apenas tenía tiempo para mis amigas, que mi espalda cada vez me dolía más. Nadie se dio cuenta de que, poco a poco, me estaba apagando.

El colmo llegó un jueves. Lucía llegó antes de lo habitual y, al ver que Mateo estaba viendo dibujos, me gritó delante de él: «¡Te dije que no le pusieras la tele! ¡Así no me ayudas nada!». Me quedé helada. Mateo me miró con los ojos muy abiertos, asustado. Me temblaron las manos.

Esa noche no pude dormir. Me sentí humillada, invisible. Recordé a mi madre, que siempre decía: «Ayudar está bien, pero no a costa de tu dignidad». Y pensé en todas las veces que había dejado de lado mis propios planes, mis paseos, mis clases de pintura, por estar disponible para ellos.

Al día siguiente, cuando Lucía me llamó, le dije con voz firme: «No voy a ir más, Lucía. Necesito cuidar de mí misma. No soy vuestra criada, soy la abuela de Mateo». Hubo un silencio largo al otro lado. Luego, un suspiro: «Haz lo que quieras».

Sergio me llamó esa noche. «Mamá, ¿por qué lo haces ahora? Nos dejas tirados». Sentí el corazón encogido. «Hijo, llevo meses sintiéndome mal. No puedo más. Quiero ser abuela, no empleada».

Desde entonces, la casa está más silenciosa. Echo de menos a Mateo, su risa, sus abrazos. Pero también he vuelto a pintar, a salir con mis amigas, a sentir que mi vida me pertenece.

A veces me pregunto si hice bien. ¿Es egoísta querer tiempo para una misma? ¿Dónde está el límite entre ayudar y dejarse pisotear? ¿Cuántas abuelas en España se sienten como yo, atrapadas entre el amor y el deber? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?