El día que cumplió años y solo recibió un mensaje de su hija, entendió cuánto se había apagado su vida

Cumplí cincuenta y ocho un martes de enero, que ya de por sí es una fecha poco lucida. Llovía desde primera hora y la persiana del salón se quedó medio atascada, como casi todo en casa últimamente. Me preparé café, puse la radio por no oír tanto el silencio y dejé el móvil encima de la mesa.

Lo miraba cada dos por tres sin querer reconocer que lo estaba mirando.

A las nueve me escribió la compañía del gas para recordarme una revisión. A las diez, mi banco me avisó de un recibo. A las once, una antigua compañera de trabajo compartió una foto de su perro en un grupo que tenemos desde hace años y donde ya nadie habla de verdad.

Nadie se acordaba de mi cumpleaños.

Lo peor es que hace unos años eso habría sido impensable. No porque yo fuera una persona importantísima, claro, pero era de esas que siempre estaban en medio de todo. Me llamo Nuria y durante mucho tiempo fui la que proponía las cenas, buscaba casas rurales, compraba el regalo común y acababa recogiendo vasos de plástico a las dos de la mañana mientras las demás seguían bailando en la cocina.

En mi cumpleaños se juntaban fácilmente quince personas. A veces más. Mi exmarido, Ángel, decía que yo podía montar una verbena con una bolsa de patatas y dos botellas de vino. Entonces me molestaba que lo dijera, porque parecía que se reía de mí. Ahora hasta esa frase me da una pena ridícula.

No sé exactamente cuándo se fue deshaciendo todo.

Supongo que empezó cuando mi madre enfermó. Fueron casi tres años de hospitales, auxiliares que no aparecían, papeles, discusiones con mi hermano porque él vive en Albacete y siempre decía que no podía bajar, aunque luego sí podía irse un fin de semana a la playa. Mi madre vivía a diez minutos de mi casa, así que terminé haciéndome cargo yo de casi todo.

A la vez, Ángel y yo ya estábamos mal. No hubo infidelidades ni gritos tremendos. Fue más triste que eso. Dejamos de tener ganas de contarnos las cosas. Él se refugiaba en el trabajo y yo llegaba de casa de mi madre agotada, con el olor a hospital pegado a la ropa, y no quería hablar con nadie.

Mis amigas al principio estuvieron. Me mandaban audios, me acercaban tuppers, insistían en sacarme a tomar algo. Yo decía que sí y luego cancelaba una hora antes. O directamente no contestaba. Me daba vergüenza que me vieran con aquella cara. No quería explicar otra vez que mi madre había pasado mala noche o que Ángel llevaba días durmiendo en el sofá.

Cuando mi madre murió, pensé que todo se colocaría poco a poco. Pero no fue así. A los seis meses Ángel se fue a vivir a casa de su hermano «hasta que aclaráramos las cosas». No volvimos a aclarar nada. Firmamos el divorcio dos años después, sin montar ninguna escena. Él se quedó con el coche y yo con el piso, que todavía estoy pagando y que algunos meses se me hace enorme.

Mi hija, Claudia, tenía veinticuatro cuando nos separamos. Ya vivía por su cuenta, compartiendo piso en Carabanchel. Nunca fue una chica de hablar mucho, ni siquiera de pequeña. De adolescente nos llevábamos fatal, luego mejoramos algo, y ahora nos mandamos mensajes prácticos: si viene a comer, si necesita que le guarde una caja, si puedo recogerle un paquete.

No es que no nos queramos. Es peor de explicar. Nos queremos, creo, pero vamos con cuidado una con la otra, como si cualquier frase pudiera estropear algo.

A las doce y media, cuando ya había decidido que no iba a salir de casa, me escribió ella.

«Felicidades, mamá. ¿Estás por casa esta tarde?»

Me quedé mirando el mensaje bastante rato. Me dieron ganas de responder algo seco, una tontería como «sí, por desgracia», solo para que notara que me había dolido que fuera la única. Pero puse: «Sí, hija. ¿Todo bien?»

Contestó que pasaría después del trabajo.

El resto del día fue absurdo. Me duché. Me puse unos pantalones que no me apretaban demasiado. Bajé a comprar una tarta pequeña a la pastelería de la esquina y, al volver, me crucé con Maite, que había sido de mis amigas más cercanas. Llevaba dos bolsas del Mercadona y hablaba por los cascos.

Nos vimos perfectamente.

Ella abrió mucho los ojos, se quitó un casco y dijo:

—¡Nuria! Madre mía, cuánto tiempo.

—Ya ves.

Me preguntó por mí, por Claudia, por mi madre. Al mencionar a mi madre se puso pálida y se llevó una mano al pecho.

—Ay, Nuri… yo pensé que te habría llamado. De verdad que pensé que te había llamado.

Le dije que no pasaba nada. Y no sé si era verdad. Se quedó un segundo esperando quizá que yo le dijera algo más, que la invitara a un café o que le contara mi vida. Pero yo tenía las llaves clavadas en la mano y ella miraba las bolsas, así que nos despedimos con dos besos rápidos.

Subí a casa y lloré de rabia. No tanto por ella. Por mí. Porque durante años yo habría agarrado a Maite del brazo y le habría dicho: «Venga, deja eso y sube cinco minutos». Pero ya no me salía. Me parecía que iba a molestar, que ella tendría su vida hecha, que probablemente se había acordado de mi madre tarde porque ya no pensaba nunca en mí.

Claudia llegó a las siete y media con una bolsa de una tienda de cosmética y una planta diminuta envuelta en papel. Traía el pelo mojado y cara de cansancio.

—No sabía qué comprarte —dijo—. Y esto no sé si se te va a morir, porque yo mato hasta los cactus.

Me reí, aunque me salió raro.

Había comprado una vela que olía a naranja y jengibre, una crema de manos y una tarjeta. En la tarjeta había escrito solo: «Para que tengas un cumpleaños bonito. Te quiero».

Yo creo que ella esperaba que le diera las gracias y ya está. Pero me senté en la silla de la cocina y me puse a llorar otra vez. Claudia se quedó de pie, incómoda, con el abrigo todavía puesto.

—Mamá, no llores, por favor. Si he hecho algo mal, dímelo.

Le dije que no. Que era al revés. Que no había hecho nada mal. Ella se sentó enfrente y abrió la tarta. No hablamos de nada importante al principio. Me contó que en el trabajo igual le renovaban el contrato, que su compañera de piso se quiere ir a vivir con el novio y que está mirando habitaciones, aunque los alquileres están imposibles.

Luego me preguntó por qué no había quedado con mis amigas.

Le respondí que cada una está con lo suyo.

—Pero antes quedabas mucho con ellas.

—Antes era antes.

Me miró un rato. Después dijo, muy bajito:

—Tú también dejaste de coger el teléfono, mamá.

Me sentó mal, porque era verdad. Le dije que no tenía ganas de fiestas mientras mi madre se estaba muriendo. Ella dijo que ya lo sabía, que no me estaba echando nada en cara. Que quizá las demás tampoco sabían cómo volver a entrar.

No arreglamos nada esa tarde. Ni de lejos. Claudia se fue pronto porque al día siguiente madrugaba y yo no le pedí que se quedara. Cuando cerré la puerta, encontré la tarjeta encima de la encimera y la guardé en el cajón de los cubiertos, sin pensar mucho.

Dos días después mandé un mensaje al grupo de amigas. Lo escribí, lo borré y lo volví a escribir unas veinte veces. Al final puse: «Hola, chicas. El otro día me crucé con Maite y me dio por pensar que llevamos demasiado tiempo sin vernos. Si os apetece, podríamos tomar un café cualquier tarde. Sin compromiso, que ya sé que vamos todas a mil».

Respondieron cuatro de ocho. Una estaba cuidando a su suegro. Otra acababa de separarse y no quería salir. Maite propuso el sábado siguiente. Dos pusieron corazones y luego no dijeron nada más.

Todavía no sé si iremos todas, si será incómodo o si terminaremos hablando del tiempo durante dos horas. Tampoco sé si quiero recuperar exactamente lo que había, porque quizá aquello ya no existe y yo tampoco soy la misma.

Pero ayer regué la planta que me trajo Claudia. Miré el móvil y no lo aparté enseguida de la mesa. Eso, de momento, es lo único que ha cambiado.