Entre pucheros y prejuicios: La batalla por un lugar en la familia de los García
—¿De verdad sabes cocinar algo decente, Lucía? Porque mi hijo, Marcos, está acostumbrado a lo mejor. No quiero que pase hambre ni que eche de menos mi cocido —me espetó Carmen, su madre, apenas crucé el umbral de su casa en Chamberí.
Sentí cómo la sangre me subía a las mejillas. No era la primera vez que alguien dudaba de mí, pero nunca había sentido una mirada tan fría y escrutadora como la suya. Marcos me apretó la mano bajo la mesa del comedor, intentando transmitirme calma, pero yo solo podía pensar en cómo había llegado a este punto.
Recuerdo perfectamente el día que Marcos me habló de su madre. “Es muy tradicional, Lucía. No le gusta nada que se salga de lo que ella considera ‘normal’. Pero si te conoce, seguro que te acaba queriendo”, me dijo con esa sonrisa suya que siempre consigue tranquilizarme. Yo, ingenua, pensé que podría ganármela con mi simpatía y mi mejor tortilla de patatas. Qué equivocada estaba.
La primera comida familiar fue un desastre. Carmen no paró de hacer comentarios pasivo-agresivos:
—¿Tú eres de aquí, verdad? Porque tienes un acento un poco raro…
—¿Tus padres a qué se dedican? ¿No serán funcionarios? Ya sabes cómo son los funcionarios…
—¿Y tú qué estudiaste? ¿Periodismo? Bueno, al menos no es Filosofía…
Marcos intentaba desviar la conversación, pero Carmen era implacable. Su hermana, Laura, apenas me dirigía la palabra y su padre, don Antonio, solo asentía en silencio mientras cortaba el jamón con precisión quirúrgica.
Al terminar el almuerzo, Carmen me llevó a la cocina con la excusa de enseñarme dónde estaban las cosas. Allí, lejos de los demás, bajó la voz:
—Mira, Lucía. No quiero problemas en mi familia. Mi hijo ha tenido novias antes y ninguna ha estado a la altura. Yo solo quiero lo mejor para él. Y tú… bueno, no sé si lo eres.
Me quedé helada. ¿Cómo podía demostrarle que yo sí era suficiente para Marcos? ¿Por qué tenía que pasar un examen constante solo por quererle?
Esa noche lloré en casa. Mi madre me llamó y le conté lo ocurrido. “No te dejes pisotear, hija. Si te quiere de verdad, él te defenderá”, me dijo con firmeza. Pero yo sabía que no era tan fácil. En España, la familia lo es todo, y enfrentarse a una madre como Carmen podía significar perderlo todo.
Pasaron las semanas y cada encuentro con los García era una prueba nueva: si el arroz estaba pasado, si la ensaladilla tenía demasiada mayonesa, si no sabía distinguir entre un Rioja y un Ribera del Duero…
Un domingo, Carmen organizó una comida para celebrar el cumpleaños de Marcos. Me pidió que llevara un postre casero. Me pasé toda la noche anterior preparando una tarta de Santiago siguiendo la receta de mi abuela gallega. Llegué orgullosa con mi creación y la coloqué en el centro de la mesa.
—¿Esto lo has hecho tú? —preguntó Carmen con escepticismo.
—Sí, es receta familiar —respondí intentando sonreír.
Todos probaron la tarta y hubo un silencio incómodo. Laura fue la primera en hablar:
—Pues está buena…
Pero Carmen no cedió:
—Bueno, para ser la primera vez no está mal. Aunque le falta almendra y le sobra azúcar.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿Qué más podía hacer? ¿Por qué nada era suficiente?
Esa tarde, mientras recogía los platos en la cocina, escuché a Carmen hablando con Marcos en voz baja:
—No entiendo qué le ves a esa chica. No sabe cocinar como debe ni tiene oficio ni beneficio. Tú mereces una mujer que sepa cuidar de ti y de tu casa.
No pude evitarlo. Entré en la conversación:
—Señora Carmen, yo quiero mucho a su hijo y hago todo lo posible por encajar aquí. Pero no voy a dejar de ser quien soy ni a renunciar a mis sueños por agradarle a usted.
Carmen me miró sorprendida. Por primera vez vi una grieta en su coraza.
—¿Y cuáles son tus sueños, Lucía? —preguntó con voz menos dura.
—Quiero ser periodista, viajar por el mundo y construir una vida con Marcos basada en respeto y amor, no en recetas ni tradiciones impuestas —contesté con voz temblorosa pero firme.
Marcos intervino entonces:
—Mamá, Lucía es lo mejor que me ha pasado. Si no puedes aceptarlo, lo siento mucho, pero no pienso dejarla.
El silencio fue absoluto. Carmen salió de la cocina sin decir nada más.
Esa noche recibí un mensaje inesperado de Laura:
“Me ha gustado tu tarta. Y tienes valor para plantarle cara a mi madre. Ojalá yo tuviera esa fuerza”.
Poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Carmen seguía siendo dura conmigo, pero ya no tan cruel. Empezó a preguntarme por mi trabajo y hasta me pidió la receta de la tarta de Santiago “para probarla yo”.
No sé si algún día llegaré a ser parte real de los García o si siempre seré “la novia periodista”. Pero he aprendido que el amor propio es tan importante como el amor romántico.
¿Hasta dónde debemos ceder para encajar en una familia ajena? ¿Vale la pena perderse a una misma por agradar a los demás?