Entre las paredes de casa: el precio de volver

—¿Por qué has vuelto, Lucía? —La voz de mi cuñado, Sergio, retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada.

Me quedé quieta, con la maleta aún en la mano. Mi hermana, Marta, apareció detrás de él, con el rostro desencajado. Yo solo quería volver a casa, a ese piso en Vallecas donde crecimos juntas, donde los domingos olían a cocido y las risas llenaban el salón. Pero ahora todo era distinto. Había perdido mi trabajo en la editorial hacía dos meses y no podía pagar el alquiler de mi habitación en Lavapiés. No tenía a dónde ir.

—No tenía otra opción —susurré, evitando su mirada.

Sergio bufó y se fue al dormitorio. Marta se acercó y me abrazó, pero sentí su cuerpo tenso, como si abrazara a una sombra. Esa noche dormí en el sofá, escuchando sus voces apagadas tras la puerta cerrada. No entendía nada. ¿Por qué tanto rechazo? ¿No éramos familia?

Los días siguientes fueron un desfile de silencios y miradas esquivas. Sergio apenas me dirigía la palabra. Marta intentaba mantener la normalidad, pero yo notaba cómo se esforzaba por no romperse. Una tarde, mientras fregaba los platos, escuché cómo discutían en la habitación:

—¡No puedo más! —gritó Sergio—. ¡Esto ya no es nuestra casa! ¡Es un refugio para tu hermana y sus problemas!

—¡Es mi hermana! —respondió Marta entre sollozos—. No puedo dejarla en la calle.

Me sentí una intrusa, un estorbo. Empecé a buscar trabajo desesperadamente: camarera, dependienta, lo que fuera. Pero nada salía. Cada día que pasaba allí era una carga más pesada para todos.

Una noche, mientras cenábamos los tres en silencio, Sergio dejó los cubiertos y me miró fijamente:

—Lucía, tienes que irte. Esto no puede seguir así.

Marta se levantó de golpe:

—¡No! ¡No puedes echarla!

—¿Y qué quieres que haga? —replicó él—. ¡Desde que volvió no somos una pareja! Solo discutimos, no tenemos intimidad… ¡Esto no es vida!

Me levanté temblando y salí al balcón. El aire frío de Madrid me cortó la respiración. Lloré en silencio, sintiendo que era una carga para todos. Al día siguiente, Marta me encontró haciendo la maleta.

—¿A dónde vas? —preguntó con voz rota.

—No puedo quedarme más —le dije—. No quiero destruir tu matrimonio.

Ella me abrazó fuerte, llorando sobre mi hombro.

—No es tu culpa…

Pero sí lo era. O al menos así lo sentía yo.

Me fui a casa de una amiga unos días. Intenté rehacer mi vida, pero todo era cuesta arriba. Marta me llamaba cada noche llorando. Sergio había pedido el divorcio. Ella me culpaba a ratos, luego se arrepentía y me pedía perdón entre sollozos.

Una tarde quedamos en una cafetería cerca del Retiro. Marta llegó con ojeras profundas y el rostro apagado.

—¿Por qué tuvo que pasar esto? —me preguntó con la voz rota—. Si no hubieras vuelto…

No supe qué decirle. ¿Era justo cargarme con toda la culpa? ¿O simplemente éramos víctimas de una vida que no perdona los tropiezos?

Pasaron semanas. Marta se mudó a un piso pequeño en Carabanchel. Yo encontré un trabajo precario en una tienda de ropa y compartí habitación con tres desconocidas. Nuestra relación nunca volvió a ser igual. A veces hablamos por teléfono, pero hay silencios que pesan más que las palabras.

A veces me pregunto si hice bien en volver a casa o si debí buscar otra salida desde el principio. ¿Hasta qué punto somos responsables del dolor ajeno cuando solo buscamos sobrevivir?

¿Vosotros qué haríais? ¿Es justo cargar con la culpa cuando solo buscas refugio entre los tuyos?