Entre el Amor y el Orgullo: La Boda de Mi Hijo y el Precio de la Familia
—¿De verdad vas a hacerlo, Sergio? ¿Vas a casarte con ella aunque sepas lo que pienso?— Mi voz temblaba, pero no era de miedo, sino de rabia y decepción. Sergio, mi hijo, el niño que crié sola desde que su padre nos dejó por otra vida en Valencia, me miraba con esos ojos oscuros que heredó de mí, llenos de determinación y tristeza.
—Mamá, te lo he dicho mil veces. Amo a Lucía. No puedo imaginar mi vida sin ella. ¿Por qué no puedes aceptarlo?— Su voz era suave, pero firme. Sentí cómo algo se rompía dentro de mí. No era solo la noticia de su boda; era la certeza de que estaba perdiendo a mi hijo.
Recuerdo la primera vez que Lucía cruzó la puerta de nuestra casa en Alcalá de Henares. Venía con una sonrisa tímida y un ramo de flores baratas. Yo la miré de arriba abajo, buscando defectos: su acento andaluz, su ropa sencilla, sus manos nerviosas. No era la nuera que había soñado para Sergio. Siempre imaginé a alguien como Marta, la hija del farmacéutico, educada y discreta. Pero Sergio eligió a Lucía, y yo no podía entenderlo.
Desde ese día, todo cambió en casa. Las cenas familiares se volvieron incómodas. Mi hija pequeña, Laura, apenas hablaba y mi madre, la abuela Carmen, intentaba mediar sin éxito. «María, no seas tan dura», me decía en voz baja mientras recogíamos los platos. Pero yo no podía evitarlo. Sentía que Lucía venía a arrebatarme lo único que me quedaba: mi hijo.
Las discusiones se hicieron habituales. Una noche, después de una pelea especialmente amarga, Sergio se marchó dando un portazo. Me quedé sola en la cocina, con las lágrimas cayendo sobre el mantel de cuadros rojos. «¿Qué estoy haciendo?», pensé. Pero el orgullo pudo más.
El tiempo pasó y la noticia del compromiso llegó como una bomba. Sergio no me lo dijo en persona; fue Laura quien me lo soltó mientras preparábamos la cena.
—Mamá, Sergio y Lucía se casan en junio. Ya han reservado el salón en Torrejón.—
Sentí un nudo en el estómago. No podía creerlo. ¿Cómo podía hacerme esto? ¿Cómo podía elegirla a ella antes que a su propia madre?
Esa noche no dormí. Me debatía entre el amor y el orgullo, entre el miedo a perderlo y la rabia de sentirme traicionada. Recordé cuando Sergio era pequeño y venía corriendo a mis brazos después del colegio, cuando me decía que yo era su persona favorita en el mundo. ¿En qué momento dejé de serlo?
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre intentaba convencerme de que hablara con Sergio, pero yo me negaba. «Si quiere casarse con ella, que lo haga. Pero yo no pienso ir a esa boda», repetía una y otra vez.
Una tarde, mientras paseaba por el parque donde solíamos ir los domingos, vi a una madre abrazando a su hijo pequeño. Me detuve y sentí una punzada en el pecho. ¿Y si estaba equivocada? ¿Y si mi rechazo solo conseguía alejarme más de Sergio?
Esa noche llamé a Laura a su habitación.
—¿Tú qué piensas de todo esto?— le pregunté.
Laura me miró con tristeza.
—Mamá, Sergio te necesita. Y Lucía también. No tienes por qué quererla como una hija, pero al menos podrías intentarlo por él.—
Sus palabras me dolieron más que cualquier reproche. Me di cuenta de que estaba perdiendo no solo a Sergio, sino también a Laura y a mi madre. Mi familia se estaba rompiendo por mi orgullo.
Finalmente, decidí hablar con Sergio. Lo cité en nuestra cafetería favorita del centro.
—Sergio, sé que he sido dura contigo y con Lucía. No sé si podré cambiar de un día para otro, pero quiero intentarlo.—
Sergio me miró sorprendido, con lágrimas en los ojos.
—Eso es todo lo que te pido, mamá.—
El día de la boda llegó y yo estaba allí, sentada en primera fila junto a Laura y la abuela Carmen. Cuando vi a Lucía entrar del brazo de su padre, sentí una mezcla de celos y alivio. No era perfecta, pero hacía feliz a mi hijo.
Durante el banquete, Lucía se acercó a mí.
—Gracias por venir, María.—
Le sonreí tímidamente.
—Solo quiero ver feliz a mi hijo.—
Esa noche, al volver a casa sola, pensé en todo lo que había pasado. ¿Cuántas familias se rompen por orgullo? ¿Cuántas madres pierden a sus hijos por no saber ceder?
Quizá nunca llegue a querer a Lucía como una hija, pero sí puedo aprender a respetarla por el bien de mi familia.
¿Vale la pena perder lo más importante por no saber perdonar? ¿Vosotros habéis pasado por algo así? ¿Qué haríais en mi lugar?