El silencio de mi hijo: una madre frente a la deuda
—Mamá, ¿puedes prestarme cincuenta euros hasta el lunes?— La voz de Daniel temblaba al otro lado del teléfono. Era viernes por la tarde y yo estaba preparando la cena, cortando cebolla con esa sensación extraña en el pecho que me acompañaba desde hacía semanas.
No era la primera vez. Desde que Daniel volvió a casa después de terminar la carrera, las peticiones de dinero se habían vuelto frecuentes. Al principio pensé que era normal: los jóvenes hoy lo tienen difícil, los alquileres en Madrid son imposibles, los trabajos precarios. Pero Daniel siempre había sido un chico responsable, aunque algo despistado con el dinero. Sin embargo, últimamente su mirada se perdía más de lo habitual y evitaba hablar de su trabajo en la tienda de informática.
Aquella noche, mientras cenábamos en silencio, noté que apenas tocaba la tortilla. —¿Te pasa algo, hijo?— pregunté, intentando sonar casual.
—Nada, mamá. Estoy cansado, eso es todo.—
Mentía. Lo sabía. Pero ¿cómo llegar a él sin que se cerrara aún más?
El sábado por la mañana encontré una carta del banco entre sus cosas. No suelo fisgonear, pero el sobre estaba abierto y el logo del banco me hizo temblar. «Saldo negativo: 1.200 euros», decía la carta. Me quedé helada. ¿Cómo había llegado a eso? ¿Por qué no me lo había contado?
Cuando Daniel volvió esa tarde, le esperé sentada en el sofá, la carta sobre la mesa.
—¿Qué es esto, Daniel?—
Él palideció y durante un segundo pensé que iba a echarse a llorar.
—Mamá… no quería preocuparte. Es solo una racha mala.—
—¿Una racha mala? ¡Esto es grave! ¿Desde cuándo tienes problemas con el banco?—
Se encogió de hombros, incapaz de mirarme a los ojos.
—Desde hace unos meses. Me despidieron del trabajo hace dos semanas y no he encontrado nada estable. Los gastos se me han ido de las manos.—
Sentí una mezcla de rabia y compasión. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
Esa noche apenas dormí. Recordé cuando Daniel era pequeño y venía corriendo a enseñarme sus dibujos, cuando me contaba todo sin filtros ni miedo. Ahora era un adulto atrapado en una realidad que yo apenas comprendía: contratos temporales, sueldos bajos, alquileres imposibles… Y yo, madre soltera desde hace años, apenas podía ayudarle con mi pensión de funcionaria jubilada.
El domingo por la tarde vino mi hermana Carmen a tomar café. Le conté lo que pasaba y ella, siempre tan directa, soltó:
—Tienes que ponerle límites, Lucía. Si le sigues dando dinero, nunca aprenderá.—
Pero ¿cómo poner límites cuando ves a tu hijo hundirse? ¿Cómo decirle «no» cuando sabes que puede acabar peor?
Esa semana intenté hablar con Daniel varias veces. Él se encerraba en su cuarto o salía temprano para «buscar trabajo». El ambiente en casa era irrespirable.
Un jueves por la noche escuché voces en el pasillo. Era Daniel hablando por teléfono:
—Te juro que te lo pago la semana que viene… No me amenaces, por favor.—
Mi corazón dio un vuelco. ¿A quién debía dinero mi hijo? ¿Qué clase de problemas tenía realmente?
Al día siguiente le enfrenté:
—Daniel, ¿a quién le debes dinero?—
Él se derrumbó. Se sentó a mi lado y empezó a llorar como cuando era niño.
—A un amigo… bueno, no es amigo. Es un tipo del barrio que presta dinero. Me metí en esto para pagar el alquiler cuando me quedé sin trabajo y ahora no puedo salir.—
Me sentí impotente y furiosa a la vez. ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí?
Esa noche llamé a mi amiga Pilar, psicóloga en un centro social del barrio de Chamberí. Me recomendó buscar ayuda profesional para Daniel y para mí misma.
—No puedes cargar tú sola con esto, Lucía. Hay asociaciones que ayudan a jóvenes con problemas de deuda y adicción al juego.—
¿Adicción al juego? La palabra me golpeó como un mazazo.
Al día siguiente revisé el historial del ordenador de Daniel mientras él dormía. Páginas de apuestas deportivas, foros sobre «cómo salir de las deudas», anuncios de préstamos rápidos…
Cuando se despertó le enfrenté con todo mi dolor:
—¿Estás apostando dinero online?—
No respondió. Solo asintió con la cabeza y rompió a llorar otra vez.
A partir de ese momento todo cambió. Buscamos ayuda juntos: terapia familiar, grupos de apoyo para ludópatas jóvenes… Fue un proceso largo y doloroso. Hubo recaídas, discusiones terribles, noches sin dormir.
Pero poco a poco Daniel fue saliendo del pozo. Encontró un trabajo estable en una pequeña empresa tecnológica gracias a un amigo de la familia. Aprendimos a hablar sin miedo ni reproches, a confiar el uno en el otro.
Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas madres como yo viven en silencio el sufrimiento de sus hijos adultos? ¿Cuántos jóvenes se pierden en un sistema que les exige tanto y les da tan poco?
¿Y tú? ¿Qué harías si descubrieras que tu hijo está atrapado en una espiral de deuda y secretos?