Bajo la máscara del amor: La historia de Lucía, Álvaro y las cadenas de mi padre
—¿De verdad crees que esto es amor, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa donde desayunábamos cada domingo.
Me quedé mirando el café, incapaz de sostenerle la mirada. Álvaro, sentado a mi lado, apretó mi mano bajo la mesa, pero su gesto me pareció más una advertencia que un consuelo. Mi padre, don Manuel, observaba en silencio, con ese gesto severo que siempre reservaba para los momentos importantes. Yo tenía veintisiete años y sentía que mi vida no me pertenecía.
Todo había empezado meses atrás, cuando mi padre me llamó a su despacho. «Lucía, hija, eres lo más importante para mí. Quiero verte feliz y segura. Álvaro es un hombre de confianza, trabajador, y te quiere. No puedo imaginar mejor marido para ti.» Supe entonces que no era una petición, sino una orden disfrazada de preocupación paternal.
Álvaro era el mejor empleado de la empresa familiar de exportación de aceite en Jaén. Siempre atento, educado, con una sonrisa perfecta y palabras dulces. Pero algo en su mirada me inquietaba. Aun así, acepté el compromiso. ¿Cómo decirle que no a mi padre? ¿Cómo decepcionar a la familia?
La boda fue un espectáculo: iglesia repleta, mantillas negras, flores blancas y un banquete en el cortijo familiar. Todos sonreían, brindaban por nuestro futuro. Pero yo sentía un nudo en el estómago. Mi hermana pequeña, Carmen, fue la única que se atrevió a susurrarme al oído: «Lucía, si no eres feliz, aún puedes parar esto». Pero ya era tarde.
Las primeras semanas de matrimonio fueron una farsa. Álvaro era atento en público, pero distante en casa. Apenas hablábamos más allá de lo necesario. Una noche, mientras cenábamos en silencio, le pregunté:
—¿Por qué te casaste conmigo?
Él dejó el tenedor y me miró fijamente.
—Porque era lo correcto para ambos. Tu padre confía en mí y juntos podemos llegar lejos.
Sentí un escalofrío. No habló de amor ni de sueños compartidos. Solo de conveniencia y ambición.
Empecé a notar cosas extrañas: llamadas a deshoras, mensajes que borraba rápidamente, reuniones que no cuadraban con su agenda habitual. Una tarde, mientras él se duchaba, no pude evitar mirar su móvil. Vi mensajes con mi prima Elena: «No aguanto más esta farsa», «Pronto será nuestro momento».
El mundo se me vino abajo. Me sentí traicionada no solo por él, sino por mi propia sangre. ¿Era esto lo que mi padre quería para mí? ¿Una vida de apariencias y mentiras?
Esa noche no dormí. Al amanecer, salí a caminar por los olivares que rodeaban la casa. El aire fresco me ayudó a pensar. Recordé mis sueños de juventud: estudiar arte en Madrid, viajar por Europa, enamorarme sin miedo ni condiciones. ¿En qué momento los había enterrado bajo las expectativas ajenas?
Decidí enfrentar a Álvaro.
—Lo sé todo —le dije al volver—. Sé lo tuyo con Elena. Sé que solo te casaste conmigo por la empresa y por quedar bien con mi padre.
No lo negó. Se encogió de hombros y dijo:
—Tú también aceptaste este matrimonio por miedo a decepcionar a tu familia. Ninguno somos inocentes aquí.
Sus palabras me dolieron más que la traición misma. Tenía razón: yo también había sido cobarde.
Fui a ver a mi padre esa misma tarde. Estaba en su despacho, revisando papeles.
—Papá, quiero divorciarme —dije sin rodeos.
Levantó la vista, sorprendido y furioso.
—¿Estás loca? ¿Qué va a decir la familia? ¿Y la empresa? ¡Esto es una vergüenza!
Por primera vez en mi vida no me importó su enfado.
—Prefiero ser una vergüenza antes que vivir una mentira —le respondí con voz firme.
La noticia corrió como la pólvora por la familia. Mi madre lloró durante días; Carmen me apoyó incondicionalmente; Elena desapareció del mapa; Álvaro intentó convencerme de que lo pensara mejor, pero yo ya había tomado una decisión.
El proceso fue duro: miradas de reproche en las reuniones familiares, susurros en el pueblo, llamadas de tías preocupadas por «el qué dirán». Pero poco a poco fui recuperando mi vida. Me matriculé en Bellas Artes en Madrid y empecé a pintar otra vez. Sentí miedo muchas veces, pero también una libertad desconocida.
Un día recibí una carta de mi padre: «No entiendo tus decisiones, pero eres mi hija y siempre te querré». Lloré al leerla. Quizá algún día él también entienda que la felicidad no se negocia ni se impone.
Ahora miro atrás y me pregunto: ¿cuántas mujeres viven atrapadas bajo las expectativas familiares? ¿Cuántos sueños se sacrifican por miedo al qué dirán? Yo elegí romper las cadenas. ¿Y tú? ¿Te atreverías a hacerlo?