Por supuesto que ayudaremos: Cuando nació el bebé, los abuelos desaparecieron
—¿Pero cómo que no podéis venir?— Mi voz temblaba mientras sujetaba el móvil con una mano y con la otra intentaba calmar el llanto de Lucía, que llevaba horas sin dormir. Mi madre suspiró al otro lado de la línea, ese suspiro largo y cansado que siempre usaba cuando no quería discutir. —Hija, es que tu padre está con la ciática fatal y yo tengo la reunión de la comunidad. Ya sabes cómo es esto…
Colgué sin decir adiós. No podía más. Habían pasado solo tres semanas desde que Lucía llegó al mundo y ya sentía que me estaba ahogando. Sergio y yo habíamos planeado todo: horarios, turnos de noche, incluso habíamos hecho un excel con las visitas de los abuelos para que nos ayudaran con la niña. «Por supuesto que ayudaremos», nos dijeron todos en la comida familiar de Navidad, cuando aún tenía la barriga enorme y todos reían y brindaban por la nueva nieta. Pero ahora, cuando más falta nos hacía, solo quedaban excusas.
Sergio llegó del trabajo con la cara desencajada. —¿Otra vez sola?— preguntó al ver mi expresión. Asentí en silencio. Él dejó la mochila en el suelo y se sentó a mi lado en el sofá, donde Lucía dormía por fin tras horas de llanto. —He llamado a mi madre— me dijo en voz baja—. Dice que está muy liada con lo de la asociación de vecinos y que no puede venir hasta el domingo… si eso.
Me eché a llorar. No era solo el cansancio, era la sensación de abandono, de haber sido engañados por quienes más queríamos. ¿No era esto lo que hacían los abuelos? ¿No era España un país donde la familia siempre estaba ahí?
Las primeras semanas fueron una sucesión de noches en vela, discusiones por tonterías —¿por qué no has puesto el lavavajillas? ¿Por qué no has comprado pañales?— y silencios largos llenos de reproches. Sergio intentaba ayudar, pero también estaba agotado. Su jefe le había dicho que entendía lo del bebé, pero que el trabajo no podía esperar. Yo había dejado mi puesto en la editorial para cuidar a Lucía, convencida de que tendría ayuda. Ahora me sentía atrapada.
Un día, mientras paseaba con Lucía por el parque del Retiro, vi a otras madres charlando animadamente en un banco. Me acerqué tímida y una de ellas, Marta, me sonrió. —¿Primera vez?— preguntó señalando a Lucía. Asentí y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas otra vez. Marta me abrazó sin preguntar nada más.
Así empezó mi amistad con el grupo de madres del barrio. Compartíamos historias parecidas: abuelos demasiado ocupados, parejas ausentes, expectativas rotas. Una tarde, mientras tomábamos café en una terraza, Pilar —la mayor del grupo— dijo algo que se me quedó grabado: —Antes las abuelas vivían para cuidar nietos porque no tenían otra cosa. Ahora tienen su vida… y nosotras estamos solas.
Esa noche discutí con Sergio. —Tus padres solo vienen a hacerse fotos para el Facebook— le solté sin pensar. Él me miró herido. —¿Y los tuyos? ¿Cuándo fue la última vez que tu madre cambió un pañal?—
La tensión crecía cada día. Empecé a sentir rabia hacia todos: hacia mis padres por desaparecer, hacia los padres de Sergio por sus excusas, hacia Sergio por no entenderme y hasta hacia Lucía por llorar tanto. Me asusté de mis propios pensamientos.
Un sábado por la tarde llamé a mi madre llorando. —Mamá, no puedo más— le dije—. Me siento sola, agotada… ¿Por qué no venís nunca? ¿No queríais tanto a Lucía?
Hubo un silencio largo al otro lado. —Hija…— empezó mi madre—. No es que no queramos ayudaros, pero también tenemos nuestra vida. Tu padre está mal y yo… yo ya crié a mis hijos. Ahora quiero descansar un poco.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿Era egoísta pedir ayuda? ¿O lo eran ellos por negársela?
Las semanas pasaron y aprendí a sobrevivir sin ellos. Marta me enseñó trucos para dormir a Lucía; Pilar me prestó su sacaleches; incluso aprendí a reírme del caos. Pero algo dentro de mí se había roto.
En Navidad volvimos a reunirnos todos en casa de mis padres. Lucía ya tenía seis meses y gateaba por el salón mientras los abuelos reían y le hacían fotos. Nadie mencionó las noches en vela ni las lágrimas ni las discusiones.
Cuando nos íbamos, mi madre me abrazó fuerte y me susurró al oído: —Lo estás haciendo muy bien, hija.
Me quedé helada. ¿Eso era todo? ¿Un cumplido después de meses de soledad?
Esa noche, mientras veía dormir a Lucía, pensé en todo lo que había cambiado desde su llegada: mi relación con Sergio, mis expectativas sobre la familia, mi propia fortaleza.
¿De verdad esperamos demasiado de nuestros padres? ¿O es que la sociedad nos ha vendido una idea falsa de lo que significa ser familia hoy en día?
¿Y vosotros? ¿Os habéis sentido alguna vez tan solos como yo al convertiros en padres?