Entre las paredes de este piso: ¿Familia o dinero?
—¿De verdad crees que no lo han pensado? —me pregunta Sergio, con la voz temblorosa, mientras se pasa la mano por el pelo y mira el techo desconchado de nuestro salón. El eco de su pregunta rebota en las paredes desnudas, tan frías como la distancia que siento entre nosotros últimamente.
No puedo evitarlo. Me levanto de golpe, el suelo cruje bajo mis pies descalzos. —¡Claro que no lo han pensado! ¿Cómo van a pensar en nosotros si ni siquiera se dignan a venir a ver dónde vivimos? —le espeto, sintiendo cómo la rabia me sube por la garganta.
Sergio baja la mirada. Sé que le duele. Pero a mí me duele más. Llevamos dos años casados y seguimos en este piso minúsculo, pagando un alquiler que nos asfixia cada mes. Mientras tanto, sus padres, Carmen y Antonio, viven rodeados de lujos en su chalet de Pozuelo y tienen tres pisos vacíos en el barrio de Salamanca. Tres. Vacíos. Y nosotros aquí, contando céntimos para llegar a fin de mes.
—No es tan fácil, Lucía —susurra Sergio—. Mis padres siempre han dicho que cada uno debe ganarse lo suyo. Que si nos lo ponen fácil, nunca aprenderemos el valor de las cosas.
Me río, amarga. —¿El valor de las cosas? ¿O el valor de ver sufrir a tu hijo? Porque yo ya no sé si esto es una lección o una tortura.
Sergio no responde. Se encierra en el baño y yo me quedo sola, mirando las paredes llenas de humedad. Pienso en mi madre, en cómo siempre me decía que la familia está para apoyarse. Pero aquí estoy, en una ciudad que nunca sentí mía del todo, con un marido que no sabe defendernos y unos suegros que nos miran desde arriba, literalmente.
Recuerdo la última vez que fuimos a cenar con ellos. Carmen sirvió el vino caro y habló durante media hora de su viaje a la Toscana. Antonio presumía de su nueva inversión inmobiliaria. Cuando Sergio mencionó que estábamos buscando piso para comprar, Carmen sonrió con esa sonrisa suya tan fría.
—Bueno, hijo, ya sabéis que nosotros creemos en el esfuerzo personal —dijo—. Si necesitáis consejo sobre hipotecas, podemos recomendaros a nuestro gestor.
Me mordí la lengua para no gritarle que lo que necesitábamos no era consejo, sino ayuda real. Un empujón. Un poco de humanidad.
Ahora, semanas después, esa conversación sigue doliendo como una herida abierta. Cada vez que veo a Sergio mirar pisos imposibles en Idealista, siento que se me parte el alma.
Una tarde lluviosa, mi madre me llama desde Albacete. —¿Cómo estáis, hija?
Intento sonar animada. —Bien, mamá. Luchando como siempre.
Ella suspira al otro lado del teléfono. —No quiero meterme, pero… ¿no podrían ayudaros los padres de Sergio? Sé que tienen posibilidades.
Me trago las lágrimas. —No quieren, mamá. Dicen que es mejor así.
Mi madre guarda silencio unos segundos y luego dice algo que me deja helada: —A veces la familia no es la que te toca, sino la que te apoya.
Esa noche no puedo dormir. Doy vueltas en la cama mientras Sergio respira hondo a mi lado. Pienso en todo lo que hemos sacrificado por estar juntos: dejé mi trabajo fijo en Albacete para venir a Madrid con él; renuncié a mis amigas, a mi barrio, a mi gente. Y ahora siento que estoy perdiendo hasta mi dignidad.
Al día siguiente, Sergio llega tarde del trabajo y trae una noticia: —He hablado con mis padres otra vez.
Me incorporo en el sofá. —¿Y?
—Nada —dice él, derrotado—. Dicen que si nos ayudan ahora, luego lo harán tus hermanos o nuestros primos… Que no quieren abrir ese melón familiar.
Me echo a llorar sin poder evitarlo. Sergio me abraza torpemente y siento su impotencia mezclada con la mía.
Pasan los días y la tensión se instala entre nosotros como un huésped indeseado. Discutimos por tonterías: por quién compra el pan, por dejar la luz encendida, por no sacar la basura. Pero en realidad discutimos porque estamos cansados de luchar solos.
Un sábado cualquiera, recibimos una invitación para comer en casa de Carmen y Antonio. No quiero ir, pero Sergio insiste: —Son mis padres…
La mesa está impecable; los cubiertos brillan bajo la lámpara de araña. Carmen nos pregunta por nuestro trabajo como quien pregunta por el tiempo. Antonio presume de su nuevo coche eléctrico.
En un momento dado, Carmen se acerca y me dice en voz baja: —Lucía, sé que esto es difícil para ti… Pero créeme: cuando logréis comprar vuestro propio piso, lo valoraréis mucho más.
La miro fijamente y siento ganas de gritarle todo lo que llevo dentro: que no es cuestión de valorar o no valorar; es cuestión de sentirte apoyada por quienes deberían estar ahí para ti.
Pero no digo nada. Solo sonrío y asiento con la cabeza.
De vuelta a casa, Sergio rompe el silencio: —Lo siento…
Le cojo la mano y susurro: —No es tu culpa… Pero tampoco es justo.
Esa noche decido escribir todo esto porque necesito entenderlo yo misma: ¿Qué sentido tiene la familia si no puedes contar con ella cuando más lo necesitas? ¿De verdad el dinero separa tanto a las personas? ¿O somos nosotros quienes dejamos que eso ocurra?
Quizá algún día podamos mirar atrás y reírnos de esta etapa. Pero hoy solo siento rabia y tristeza.
¿Vosotros qué haríais? ¿Creéis que los padres tienen razón al no ayudar o pensáis como yo que la familia debería estar para apoyarse siempre?