Traición en la sala de espera: Mi vida entre la enfermedad y el engaño
—¿Por qué no contestas? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras Luis evitaba mirarme a los ojos. El pitido del gotero llenaba el silencio de la habitación del hospital. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales como si quisiera entrar y arrastrarlo todo.
Aquel jueves de noviembre, mi vida se partió en dos. El oncólogo había sido claro: “Carmen, tienes cáncer de mama. Hay que empezar el tratamiento cuanto antes”. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Pero lo peor no fue la noticia. Lo peor vino después, cuando descubrí que Luis, mi marido desde hacía veintidós años, tenía otra mujer. Una chica joven, de esas que se hacen selfies en los bares de Malasaña y suben stories con frases motivacionales.
Recuerdo perfectamente el momento en que lo supe. Estaba en casa de mi hermana Pilar, después de una sesión de quimio. Me sentía tan débil que ni siquiera podía llorar. Pilar me preparó una infusión y me dejó sola en el salón. Cogí el móvil de Luis —él lo había dejado olvidado en la mesa— y vi los mensajes: “Te echo de menos”, “¿Cuándo vas a dejarla?”, “No puedo esperar más”. Sentí náuseas, pero no sabía si era por la quimio o por el asco.
—¿Por qué me haces esto ahora? —le pregunté esa noche, cuando volvió del trabajo. Él se quedó callado, mirando sus zapatos como un niño pillado en falta.
—No sé… No quería hacerte daño —susurró.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo? ¿Cuando estuviera muerta? —le grité, con una rabia que me quemaba por dentro.
Luis se fue a dormir al sofá. Yo pasé la noche en vela, mirando el techo y preguntándome en qué momento mi vida se había convertido en esto: una mujer calva, enferma y sola, luchando por sobrevivir mientras su marido buscaba consuelo en brazos ajenos.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre venía a casa a prepararme caldos y a rezar el rosario por mí. Mi hija Lucía, que estudiaba en Salamanca, volvió para cuidarme. Pero yo solo quería desaparecer. Me sentía una carga para todos. En el hospital Gregorio Marañón, las enfermeras intentaban animarme con bromas y palabras dulces, pero yo apenas podía sonreír.
Una tarde, mientras esperaba mi turno para la radioterapia, conocí a Rosario, una mujer mayor que llevaba un pañuelo de lunares y hablaba sin parar.
—Mira, Carmen —me dijo—, aquí todas venimos con miedo. Pero hay que pelear. Por ti, por tus hijos… y porque ningún hombre merece tus lágrimas.
Sus palabras me calaron hondo. Empecé a pensar que tal vez tenía razón. ¿Por qué debía dejarme hundir por alguien que no supo estar a mi lado cuando más lo necesitaba?
Pero no era tan fácil. Luis seguía en casa, moviéndose como un fantasma. A veces intentaba acercarse:
—¿Quieres que te lleve al hospital?
—No hace falta —le respondía seca.
La tensión era insoportable. Lucía lo miraba con desprecio y apenas le dirigía la palabra. Mi madre rezaba aún más fuerte. Pilar me animaba a echarlo de casa:
—No tienes por qué aguantar esto, Carmen. Bastante tienes ya.
Pero yo no podía. No todavía. Había noches en las que deseaba que Luis entrara en mi habitación y me abrazara como antes. Otras veces soñaba con gritarle todo el dolor acumulado y echarlo para siempre.
Un día, después de una revisión especialmente dura, llegué a casa y encontré a Luis haciendo la maleta.
—Me voy unos días —dijo sin mirarme.
—¿Con ella?
No respondió. Cerró la puerta y sentí un alivio extraño, mezclado con miedo.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de emociones. Empecé a ir a un grupo de apoyo en el hospital. Allí conocí a Marta y a Teresa, dos mujeres que también luchaban contra el cáncer y contra sus propios fantasmas familiares. Compartíamos lágrimas y risas amargas entre cafés de máquina y galletas María.
Poco a poco, fui recuperando fuerzas. Lucía me convenció para salir a pasear por El Retiro cuando tenía un buen día. Mi madre seguía trayendo croquetas caseras y Pilar me llevaba al cine los domingos para distraerme.
Un día recibí un mensaje de Luis: “¿Podemos hablar?”. Dudé mucho antes de contestar. Finalmente accedí a verle en una cafetería cerca de casa.
—Lo siento, Carmen —dijo nada más sentarse—. No supe estar a la altura… Me he equivocado en todo.
Lo miré largo rato. Vi al hombre con el que había compartido media vida, pero también al desconocido que me había dejado sola cuando más le necesitaba.
—No sé si puedo perdonarte —le dije—. Ahora mismo solo quiero pensar en mí.
Luis asintió y se marchó sin protestar.
Hoy escribo esto desde mi habitación, con la peluca sobre la cómoda y las cicatrices aún frescas en mi cuerpo y mi alma. No sé qué será de mí mañana ni si algún día podré confiar otra vez en alguien. Pero he aprendido algo: nadie puede arrebatarme mi dignidad ni mis ganas de vivir.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo hay ahora mismo luchando solas? ¿Cuántas callan su dolor por miedo al qué dirán? ¿Y tú… qué harías si tu mundo se derrumba justo cuando más necesitas apoyo?