Tío Manuel, ¿Dónde Estabas Cuando Más Te Necesité?
—Tío Manuel, ¿puedo ir a verte esta tarde?— La voz de Lucía temblaba al otro lado del teléfono, como si cada palabra le costara un mundo. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales de mi piso en Lavapiés con la furia de un tamborileo incesante. No era la primera vez que mi sobrina me llamaba, pero sí la primera en la que no pedía ni dinero ni que la llevara a algún sitio. Solo quería hablar.
—Claro, hija, vente cuando quieras. Aquí estaré— respondí, intentando sonar más cálido de lo que me sentía. Había algo en su tono que me inquietaba, una urgencia que no supe descifrar.
A las seis y media, el timbre sonó. Lucía entró empapada, con el pelo pegado a la cara y los ojos rojos. Se sentó en el sofá sin quitarse la chaqueta.
—¿Te pongo un café?— pregunté, buscando refugio en la rutina.
—No, gracias. Solo… necesito hablar contigo, tío. No sé a quién más acudir.
Me senté frente a ella, notando cómo el silencio se hacía más denso entre nosotros. Lucía miró sus manos, que jugaban nerviosas con la cremallera de su chaqueta.
—¿Recuerdas cuando mamá se fue de casa?— soltó de golpe. Sentí un pinchazo en el pecho. Claro que lo recordaba. Mi hermana Carmen había abandonado a su familia hacía ya casi diez años, dejando a Lucía y a su hermano pequeño con un padre ausente y una abuela demasiado mayor para entender el dolor de los adolescentes.
—Sí, lo recuerdo— respondí con voz grave.
—Nunca hablamos de eso. Nadie lo hizo. Papá se encerró en sí mismo y tú… tú te alejaste también.
Me removí incómodo en el sillón. No era fácil escuchar aquello, pero tampoco podía negarlo.
—Lucía, yo…
—No, déjame terminar— me interrumpió, alzando la voz por primera vez. —Siempre pensé que algún día volverías a estar cerca, que serías ese tío divertido que venía a los cumpleaños con regalos y chistes malos. Pero te fuiste apagando igual que todos los adultos de mi vida.
Sentí una punzada de culpa. Había estado tan ocupado sobreviviendo a mis propios fracasos —el divorcio, el trabajo precario en la editorial, la soledad— que nunca pensé en cómo afectaba mi ausencia a Lucía.
—¿Por qué vienes ahora?— pregunté casi en un susurro.
Lucía tragó saliva y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Estoy embarazada, tío. Y no sé qué hacer.
El mundo se detuvo un instante. Vi a la niña que jugaba en el parque del Retiro, la adolescente rebelde que pintaba grafitis en las paredes del barrio… Ahora era una mujer asustada pidiendo ayuda.
—¿El padre lo sabe?— pregunté con voz temblorosa.
Ella negó con la cabeza.
—Es un chico del instituto. No quiere saber nada. Papá me mataría si se entera y la abuela… ni lo entendería.
Me levanté y fui a buscar dos vasos de agua para disimular mi propio temblor. ¿Qué podía decirle? ¿Qué consejo podía darle yo, un hombre roto y ausente?
—Lucía, no tienes por qué pasar por esto sola— logré decir al fin.—Yo… puedo ayudarte. Lo que decidas hacer, estaré contigo.
Ella rompió a llorar y se abrazó a mí como cuando era pequeña y tenía miedo a las tormentas. Sentí cómo mi corazón se abría después de años de estar cerrado a cal y canto.
Pasamos horas hablando. Hablamos del miedo, de las opciones, del futuro incierto. Hablamos de Carmen, de su huida y del vacío que dejó tras de sí. Hablamos de mi cobardía y de cómo había fallado como tío.
Al final de la noche, Lucía se quedó dormida en el sofá y yo me senté junto a ella, velando su sueño como quien cuida una llama frágil en mitad del vendaval.
Los días siguientes fueron un torbellino: visitas al centro de salud, llamadas discretas a asociaciones de apoyo, conversaciones interminables sobre lo que significaba ser madre tan joven o no serlo aún. Por primera vez en años sentí que tenía un propósito: estar ahí para Lucía como no estuve cuando más me necesitó.
Pero no todo fue fácil. Cuando finalmente le contó la verdad a su padre, estalló una tormenta aún mayor que la de aquella tarde lluviosa. Gritos, reproches, amenazas de echarla de casa. Yo me planté frente a mi cuñado —ese hombre hosco y herido— y le dije:
—Si no eres capaz de apoyarla ahora, yo sí lo haré. No pienso dejarla sola.
La familia se dividió: algunos nos apoyaron, otros nos dieron la espalda. La abuela lloraba en silencio cada noche; los vecinos murmuraban; los amigos desaparecían uno tras otro. Pero Lucía resistió. Decidió seguir adelante con el embarazo y yo estuve allí en cada ecografía, en cada noche de insomnio, en cada lágrima y cada risa nerviosa.
El día que nació Sofía —mi sobrina-nieta— sentí que algo dentro de mí se reparaba poco a poco. Miré a Lucía sosteniendo a su hija y comprendí que nunca es tarde para volver a empezar ni para pedir perdón por las ausencias del pasado.
A veces me pregunto: ¿Cuántos tíos, padres o hermanos hay ahí fuera repitiendo mis errores? ¿Cuántas Lucías esperan una mano tendida antes de rendirse? ¿Y si esta vez no miramos hacia otro lado?