La hija de otro: el peso invisible de una familia rota
—¿Por qué tengo que escucharte si ni siquiera eres mi madre? —me gritó Lucía, con los ojos llenos de rabia y la mochila colgando de un solo hombro.
Me quedé helada en el pasillo, con la compra aún en las manos y el corazón encogido. Era la tercera vez esa semana que discutíamos por lo mismo: las notas, su futuro, su falta de interés por todo. Y cada vez, sus palabras me atravesaban como cuchillas. ¿En qué momento me convertí en la mala de esta historia?
Cuando conocí a Andrés, pensé que la vida me daba una segunda oportunidad. Yo, que nunca pude tener hijos propios tras aquel aborto espontáneo a los treinta y cinco, sentí que el destino me compensaba poniéndome en el camino de un hombre bueno, viudo y con una hija adolescente. Pero nadie me advirtió del frío que se siente al intentar abrazar a alguien que no quiere ser abrazado.
Lucía tenía quince años cuando entré en sus vidas. Su madre había muerto de cáncer dos años antes y ella vivía encerrada en su habitación, escuchando música a todo volumen y pintando las paredes con frases de Sabina y versos de Lorca. Andrés trabajaba todo el día en la gestoría familiar y yo, recién llegada de Salamanca, intentaba encontrar mi lugar en ese piso de Lavapiés donde cada rincón olía a ausencia.
—No me hables como si fueras mi madre —me soltó una tarde, cuando intenté preguntarle por qué había suspendido matemáticas otra vez.
—No quiero ser tu madre, Lucía. Solo quiero ayudarte —le respondí, con voz temblorosa.
—Pues no me ayudes. No te necesito.
Cerró la puerta con un portazo que hizo temblar los cuadros del pasillo. Andrés llegó tarde esa noche y yo le conté lo ocurrido entre lágrimas. Él me abrazó, pero su abrazo era más de consuelo que de complicidad. «Dale tiempo», me decía siempre. Pero el tiempo pasaba y Lucía seguía siendo una extraña en mi propia casa.
Los días se sucedían entre silencios incómodos y pequeñas batallas cotidianas: la ropa sucia tirada por el suelo, los platos sin fregar, las mentiras sobre las notas. Yo intentaba imponer algo de orden, pero cada intento era recibido con desprecio o indiferencia. A veces pensaba que todo sería más fácil si simplemente me apartara, si dejara de intentarlo.
Una tarde de noviembre, encontré a Lucía llorando en el baño. Me quedé en la puerta, dudando si entrar o no. Al final, me atreví:
—¿Te pasa algo?
Ella no respondió. Solo sollozaba, encogida junto al lavabo. Me senté en el suelo, al otro lado de la puerta.
—Sé que no soy tu madre —le dije—. Pero estoy aquí si necesitas hablar.
Silencio. Luego escuché cómo se sonaba la nariz y abría el grifo para disimular los sollozos. No insistí más.
Esa noche, Andrés me miró con cansancio mientras cenábamos en silencio.
—No sé qué hacer con ella —me confesó—. Desde que murió Marta… es como si se hubiera ido también.
Sentí una punzada de celos absurdos hacia esa mujer a la que nunca conocí pero cuya sombra llenaba cada rincón de nuestra casa. ¿Cómo competir con un fantasma?
El tiempo siguió pasando y Lucía cumplió diecisiete sin apenas celebraciones. Suspendió bachillerato y empezó a salir con un grupo de chicos mayores que ella. Volvía tarde, a veces borracha, otras veces con los ojos rojos de llorar o de fumar algo que no era tabaco. Andrés y yo discutíamos cada vez más por su culpa:
—No puedes seguir así —le decía yo—. Tienes que ponerle límites.
—¿Y tú qué harías? —me respondía él, agotado—. No eres su madre.
Esa frase fue como un puñetazo en el estómago. No eres su madre. ¿Entonces qué era yo? ¿Una intrusa? ¿Una cuidadora mal pagada?
Una noche, Lucía no volvió a casa. Llamamos a sus amigos, recorrimos bares y parques hasta las tres de la mañana. Cuando por fin apareció, borracha y tambaleándose, Andrés le gritó como nunca antes la había visto gritar:
—¡¿Quieres matarme del disgusto?!
Lucía lo miró con desprecio y luego me miró a mí:
—¿Ves? Por tu culpa está así. Antes no discutíamos tanto.
Me fui a dormir con un nudo en la garganta y una pregunta martilleando mi cabeza: ¿Realmente estaba haciendo algo bien?
Pasaron semanas sin apenas hablarnos. Un día encontré una carta en mi bolso. Era de Lucía:
«No sé por qué te odio tanto. Supongo que porque no eres mi madre y porque odio a todo el mundo desde que ella murió. Perdona si te hago daño. No sé hacerlo mejor».
Lloré como hacía años no lloraba. Por primera vez entendí que su rabia no era contra mí, sino contra el mundo entero. Que yo solo era el blanco más fácil para su dolor.
Hoy Lucía tiene veinte años y vive en un piso compartido en Vallecas. No terminó el instituto pero trabaja en una cafetería y a veces viene a casa los domingos. Nuestra relación sigue siendo frágil, hecha de silencios largos y palabras torpes. Pero ya no espero agradecimientos ni reconocimientos. Solo espero que algún día entienda que hice lo mejor que pude con lo poco que tenía.
A veces me pregunto: ¿vale la pena intentar querer a quien no quiere ser querido? ¿O simplemente hay amores destinados a quedarse siempre a medias?