Nunca fui suficiente para Alejandro: Verdades sobre el amor y las diferencias sociales

—¿De verdad crees que puedes encajar aquí, Lucía?— La voz de Carmen, la madre de Alejandro, retumbó en el salón como una sentencia. Yo sostenía la taza de café con ambas manos, intentando disimular el temblor. A mi alrededor, los cuadros antiguos y la vajilla de porcelana parecían observarme con el mismo desdén que sus dueños.

No era la primera vez que me sentía fuera de lugar, pero sí la más dolorosa. Alejandro me miró de reojo, incómodo, sin atreverse a intervenir. Su padre, don Manuel, ni siquiera levantó la vista del periódico. Yo sabía que para ellos era una intrusa: una chica de barrio obrero, hija de un conductor de autobús y una costurera, sentada en la mesa de una familia acomodada del centro de Madrid.

—Mamá, por favor… —susurró Alejandro, pero Carmen le cortó con un gesto seco.

—No es nada personal, Lucía. Simplemente pensamos en el futuro de nuestro hijo. ¿Tienes idea de lo que significa llevar este apellido?

Sentí cómo se me encogía el estómago. Recordé las veces que mi madre me había dicho que el amor no entiende de clases, pero allí, bajo la lámpara de araña y rodeada de muebles antiguos, esa frase sonaba ingenua.

Salí al balcón para respirar. Madrid bullía abajo, indiferente a mi pequeño drama. Alejandro me siguió y me abrazó por detrás.

—Lo siento… No sé cómo hacerles entender —susurró.

—No tienes que disculparte por ellos —le respondí, aunque en el fondo deseaba que luchara más por nosotros.

Las semanas siguientes fueron una sucesión de pruebas silenciosas. Cada vez que iba a su casa, Carmen encontraba una forma sutil de recordarme mi lugar: un comentario sobre mi acento, una pregunta sobre si mis padres podrían permitirse unas vacaciones en la costa, una mirada fugaz a mis zapatos gastados. Alejandro intentaba compensarlo con gestos cariñosos, pero yo sentía cómo algo se rompía poco a poco dentro de mí.

Una noche, después de cenar en casa de mis padres —un piso pequeño en Vallecas donde el olor a cocido impregnaba las cortinas—, Alejandro me confesó:

—Mi madre quiere que conozca a la hija del socio de mi padre. Dice que es lo mejor para mí… para todos.

Me quedé helada. No lloré; no podía permitírmelo delante de él.

—¿Y tú qué quieres? —pregunté con voz firme.

Alejandro bajó la mirada.

—Quiero estar contigo… pero no quiero perder a mi familia.

En ese momento supe que estaba sola en esta batalla. El amor no era suficiente para derribar los muros invisibles que nos separaban.

Pasaron los meses y nuestra relación se fue desgastando. Las discusiones se volvieron frecuentes: él me pedía paciencia; yo le pedía valentía. Una tarde, después de una pelea especialmente amarga, fui a ver a mi abuela Rosario. Ella había vivido la posguerra y sabía lo que era luchar contra el destino.

—Hija, los ricos siempre han mirado por encima del hombro. Pero si te hace sentir pequeña, no es amor —me dijo mientras me acariciaba el pelo.

Sus palabras me dieron fuerzas para tomar una decisión. Llamé a Alejandro y le pedí que quedáramos en el Retiro, nuestro lugar especial desde que empezamos a salir.

—No puedo seguir así —le dije sin rodeos—. No quiero pasar mi vida pidiendo permiso para ser yo misma.

Él intentó convencerme, prometió hablar con sus padres, incluso sugirió irnos juntos a otra ciudad. Pero yo ya había entendido algo fundamental: no quería ser un secreto ni una concesión.

Nos despedimos entre lágrimas y promesas rotas. Volví a casa sintiéndome vacía pero extrañamente libre. Mis padres me abrazaron en silencio; sabían lo que significaba perder un sueño.

El tiempo pasó y aprendí a reconstruirme. Volví a estudiar, encontré un trabajo en una librería del barrio y poco a poco recuperé la alegría. A veces veía a Alejandro por la calle, siempre impecable, siempre acompañado por alguien de su mundo. Nos saludábamos con una sonrisa triste y seguíamos adelante.

Hoy, años después, sigo pensando en aquella Lucía temblorosa frente a la familia de Alejandro. Me pregunto si hice bien en rendirme o si debí luchar más. Pero también sé que nadie debería sentirse menos por amar a alguien de otro mundo.

¿Hasta cuándo vamos a permitir que los prejuicios decidan por nosotros? ¿Cuántas historias como la mía se repiten cada día en silencio?