«Quiero divorciarme»: El instante que destrozó mi vida
—Quiero divorciarme.
La voz de Tomás retumbó en el salón como un trueno seco. No había gritos, ni lágrimas, solo esa frase, tan fría y definitiva, que partió mi mundo en dos. Me quedé sentada en el sofá, con la taza de café temblando entre mis manos. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales de nuestro piso en Alcalá de Henares, pero dentro de mí todo era un incendio.
—¿Cómo dices? —balbuceé, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
Tomás no me miró a los ojos. Se quedó de pie, junto a la estantería donde aún estaban las fotos de nuestras vacaciones en Cádiz, las risas congeladas en papel brillante. —No puedo más, Marta. Lo siento. Esto no funciona desde hace años.
Sentí que me faltaba el aire. Dieciséis años juntos. Una hija. Una vida entera construida a base de sacrificios, turnos dobles en la farmacia, noches sin dormir cuando Lucía tenía fiebre… ¿Y ahora todo se acababa así?
—¿Hay otra mujer? —pregunté, con la voz rota.
Tomás dudó un segundo antes de asentir. —Se llama Elena. La conocí en el trabajo. No quería que pasara, pero…
Me levanté de golpe, la taza cayó al suelo y se hizo añicos. El sonido me sacudió más que sus palabras. Me apoyé en la mesa para no caerme yo también.
—¿Y Lucía? ¿Has pensado en ella? —le grité, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.
Tomás bajó la cabeza. —Por supuesto. Pero no quiero que crezca viendo a sus padres infelices.
En ese momento recordé las palabras de mi madre, repetidas tantas veces cuando era niña: “Marta, nunca permitas que nadie decida por ti lo que es mejor para tu vida”. Y ahí estaba yo, con cuarenta y dos años, viendo cómo mi marido decidía por los dos.
Las semanas siguientes fueron una pesadilla. Lucía, con catorce años, lo notó enseguida. Una tarde entró en la cocina mientras yo lloraba en silencio sobre el fregadero.
—Mamá, ¿qué pasa? —me preguntó con esos ojos grandes tan parecidos a los míos.
No supe mentirle. Le conté la verdad entre sollozos y abrazos. Ella se quedó callada mucho rato y luego dijo:
—No quiero que os separéis… Pero tampoco quiero veros pelear todos los días.
La casa se llenó de silencios incómodos y miradas esquivas. Tomás empezó a dormir en el sofá hasta que finalmente se fue a vivir con Elena. De repente me encontré sola, con una hipoteca por pagar y una hija adolescente que necesitaba respuestas para preguntas que ni yo misma entendía.
Las amigas intentaron animarme: “Marta, eres fuerte”, “Ahora empieza tu nueva vida”, “Mejor sola que mal acompañada”. Pero yo solo sentía miedo. Miedo a no poder con todo, miedo a perderme a mí misma entre papeles del juzgado y discusiones por la custodia.
Una noche, mientras revisaba facturas y papeles del colegio de Lucía, recibí un mensaje de Tomás: “He hablado con el abogado. Mañana firmamos los papeles”.
Me temblaron las manos. ¿Así de fácil? ¿Dieciséis años reducidos a una firma?
Al día siguiente, en el despacho del abogado, Tomás evitaba mirarme. Yo sentía una mezcla de rabia y tristeza tan intensa que apenas podía respirar. Cuando llegó el momento de firmar, dudé un instante. Miré a Tomás y le pregunté:
—¿De verdad no hay nada más que decir?
Él negó con la cabeza. Firmé.
Volví a casa bajo una lluvia fina que parecía burlarse de mi tristeza. Lucía me esperaba sentada en la cama, abrazando su peluche favorito.
—¿Ya está? —susurró.
Asentí y me tumbé a su lado. Lloramos juntas hasta quedarnos dormidas.
Los meses siguientes fueron una montaña rusa emocional. Aprendí a hacerme cargo de todo: arreglar la caldera rota, negociar con el banco, ayudar a Lucía con los deberes mientras trabajaba jornadas interminables en la farmacia del barrio. A veces pensaba en rendirme, pero entonces recordaba las palabras de mi madre y seguía adelante.
Un día cualquiera, mientras preparaba la cena, Lucía entró en la cocina y me abrazó por detrás.
—Mamá… gracias por no rendirte —me dijo al oído.
Me giré y la abracé fuerte. Por primera vez en mucho tiempo sentí que tal vez podía salir adelante.
Ahora miro atrás y veo todo lo que he superado: el dolor de la traición, el miedo a la soledad, las noches sin dormir pensando si hice lo correcto para Lucía… Y aunque todavía duele, sé que he aprendido a ser más fuerte.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo han tenido que reconstruirse desde cero? ¿Cuántas veces dejamos que otros decidan por nosotras? ¿Y si este dolor es solo el principio de algo mejor?
¿Vosotros qué haríais si vuestra vida cambiara en un solo segundo?