Entre el Silencio y el Polvo: Un Viaje a Madrid que Nunca Olvidaré
—¿Mamá, has visto mis llaves? —La voz de Álvaro retumbó desde el pasillo, mientras yo, de rodillas, frotaba una mancha imposible en el suelo de la cocina. El olor a lejía me picaba la nariz y las manos me temblaban del cansancio. No llevaba ni veinticuatro horas en Madrid y ya sentía que el peso de la casa caía sobre mis hombros.
Cuando llegué la tarde anterior, Lucía me recibió con un beso rápido en la mejilla y una sonrisa forzada. “Perdona el desorden, hemos estado muy liados”, dijo, apartando con el pie una pila de ropa del sofá. Álvaro ni siquiera salió del despacho; solo asomó la cabeza para saludarme con un gesto distraído antes de volver a su portátil. Yo, que había imaginado largas charlas en la terraza y paseos por el Retiro, me encontré rodeada de platos sin lavar, polvo acumulado en los estantes y una nevera casi vacía.
La primera noche, mientras ellos cenaban pizza frente a la tele, yo recogía los restos y fregaba los platos. “Mamá, no hace falta que hagas nada, siéntate”, dijo Lucía sin apartar la vista del móvil. Pero nadie se levantó para ayudarme. Me sentí como una sombra, una presencia útil pero invisible.
A la mañana siguiente, el sol entraba tímido por la ventana del salón. Me levanté temprano, como siempre hacía en el pueblo. El silencio de la casa era distinto al de mi hogar: aquí era frío, distante. Decidí prepararles un desayuno como los de antes: café recién hecho, tostadas con tomate y aceite, zumo de naranja natural. Cuando bajaron, Lucía murmuró un “gracias” apenas audible y Álvaro ni siquiera se sentó; cogió una taza y salió corriendo al trabajo.
Me quedé sola en ese piso grande y desordenado. Miré alrededor: polvo en las estanterías, ropa amontonada en las sillas, restos de comida en la encimera. No podía soportarlo. Empecé a limpiar, primero despacio, luego con furia. Cada trapo que pasaba era una forma de luchar contra la tristeza que me invadía.
Por la tarde, Lucía volvió antes de lo habitual. Me encontró limpiando los cristales del balcón.
—¿Pero qué haces? —preguntó con tono molesto.
—Solo quería ayudar un poco —respondí, intentando sonreír.
—No hace falta que lo hagas todo tú —dijo ella, pero no se ofreció a ayudarme ni a tomar el relevo.
Esa noche cenamos juntos. Hablaban de sus trabajos, de sus amigos, de planes para el fin de semana. Yo escuchaba en silencio, esperando alguna pregunta sobre mi vida en el pueblo o sobre cómo me sentía. Pero no llegó. Me sentí más sola que nunca.
El tercer día fue igual: limpiar, ordenar, cocinar. Nadie parecía notar el cambio en la casa. Nadie agradecía nada. Cuando por fin me senté en el sofá a descansar, escuché a Lucía decirle a Álvaro:
—Tu madre es incansable… Menos mal que ha venido.
—Sí —respondió él sin emoción—. Así nos quitamos trabajo.
Me dolió más de lo que esperaba. ¿Era ese mi papel ahora? ¿Una criada ocasional cuando les convenía?
La última noche antes de irme, preparé una tortilla de patatas como las que hacía cuando Álvaro era pequeño. Mientras cenábamos, intenté romper el hielo:
—¿Os acordáis cuando íbamos al río los domingos? Siempre acabábamos llenos de barro y risas…
Lucía sonrió educadamente; Álvaro ni levantó la vista del móvil.
Me fui temprano al día siguiente. Dejé la casa limpia, la nevera llena y una nota en la mesa: “Gracias por acogerme estos días”. Nadie se levantó para despedirme.
En el tren de vuelta al pueblo, miraba por la ventana las nubes grises sobre Madrid y sentí un nudo en la garganta. ¿En qué momento dejamos de ser familia para convertirnos en extraños bajo el mismo techo? ¿Cuándo se perdió el agradecimiento y el cariño?
A veces me pregunto si algún día mis hijos entenderán lo que significa ser madre… ¿O será que en esta ciudad tan grande y tan fría ya nadie recuerda cómo se da las gracias?