Cuando la soledad pesa más que el miedo: La historia de Carmen

—¿De verdad vas a hacerlo, Carmen? —La voz de mi hermana Lucía retumbó en la cocina, donde el olor a café recién hecho no lograba disipar la tensión.

Me quedé mirando la taza entre mis manos. Temblaba. No sabía si por el frío de enero o por el vértigo de lo que estaba a punto de hacer. Había pasado toda mi vida en Madrid, en este piso pequeño del barrio de Chamberí, viendo cómo los años se me escurrían entre rutinas y silencios cada vez más espesos.

Mi marido, Antonio, llevaba años siendo un fantasma. Desde que nuestro hijo Pablo cumplió dieciocho, ya ni siquiera fingía interés. Se marchaba temprano, volvía tarde, y cuando estaba en casa, su presencia era como una sombra larga y fría. Hasta que una noche, sin previo aviso, recogió sus cosas y se fue. Ni una nota, ni un adiós. Solo el eco de la puerta cerrándose y el silencio absoluto.

—No puedo más, Lucía —susurré—. No quiero morirme aquí dentro, esperando que alguien me mire o me pregunte cómo estoy.

Lucía negó con la cabeza. —¿Y Pablo? ¿Has pensado en él? ¿En lo que dirán los vecinos? Ya sabes cómo es la gente aquí…

Claro que lo sabía. En el mercado, las miradas se clavaban en mi espalda desde que Antonio se fue. «Pobre Carmen», decían unas. «Seguro que algo habrá hecho», murmuraban otras. En la parroquia, la señora Rosario me ofrecía oraciones con una compasión que dolía más que cualquier insulto.

Pero lo peor era la soledad. La casa vacía, los días interminables, el ruido del tráfico colándose por la ventana como un recordatorio constante de que la vida seguía fuera, pero no para mí.

Una tarde, mientras recogía las cartas del buzón, encontré una postal de mi amiga Mercedes. Se había ido al pueblo de su infancia en Asturias tras enviudar. «Aquí el aire huele a manzanas y a leña», escribía. «La gente te saluda por tu nombre y nadie te juzga por estar sola».

Esa noche no dormí. Me pregunté si aún era posible empezar de nuevo a los sesenta y dos años. Si tenía derecho a buscar mi propia felicidad después de toda una vida dedicada a otros.

Cuando le conté a Pablo mi decisión de divorciarme y marcharme al norte, su reacción fue un puñal:

—¿Y yo qué? ¿Ahora te vas cuando más te necesito?

Me sentí egoísta y mala madre. Pero también sentí rabia. ¿Acaso no había estado yo sola durante años? ¿No merecía una segunda oportunidad?

El proceso del divorcio fue un calvario. Antonio ni siquiera apareció en el juzgado; mandó a su abogado y firmó los papeles sin mirar atrás. Mi familia me miraba como si estuviera loca. Mi hermana dejó de hablarme durante meses.

El día que me subí al tren hacia Asturias, llevaba una maleta pequeña y el corazón hecho trizas. Lloré durante todo el trayecto, viendo cómo los edificios grises daban paso a montañas verdes y niebla espesa.

El pueblo era diminuto: apenas dos calles, una iglesia y un bar donde todos se conocían. Mercedes me recibió con un abrazo largo y cálido.

—Aquí nadie pregunta por tu pasado —me dijo—. Solo quieren saber si te apetece un café o si necesitas ayuda con la compra.

Al principio me sentí extranjera en mi propio país. La gente hablaba despacio y sonreía mucho. Me costó acostumbrarme al silencio de las noches, al canto de los pájaros en vez del claxon de los coches.

Pero poco a poco empecé a respirar mejor. Aprendí a cuidar un pequeño huerto detrás de la casa de Mercedes. Me apunté a clases de gaita con los vecinos mayores. Descubrí que aún podía reírme hasta llorar.

Pablo vino a verme en verano. Al principio estaba distante, enfadado todavía por mi decisión.

—No entiendo cómo has podido dejarlo todo —me dijo mientras paseábamos por un sendero lleno de castaños.

Le miré a los ojos y le hablé con sinceridad:

—Hijo, toda mi vida he hecho lo que se esperaba de mí: ser buena esposa, buena madre, buena vecina… Pero nunca me pregunté qué quería yo realmente. Ahora solo quiero vivir tranquila, sin miedo ni reproches.

Pablo no respondió enseguida. Pero antes de irse me abrazó fuerte y susurró: —Te admiro, mamá.

A veces echo de menos Madrid: el bullicio del Rastro los domingos, las luces en Navidad, las charlas con Lucía antes de que todo se rompiera entre nosotras. Pero aquí he encontrado algo parecido a la paz.

No sé si he sido valiente o simplemente desesperada. Solo sé que la soledad pesa menos cuando una se atreve a mirarla de frente y decide no dejarse vencer por el miedo al qué dirán.

¿Vosotros qué haríais? ¿Es egoísta buscar la felicidad cuando ya parece tarde? ¿O es precisamente entonces cuando más derecho tenemos a intentarlo?