El precio de un latido: Cuando una madre desafía al destino

—Carmen, tienes que decidirlo hoy. Si sigues adelante, podrías morir tú… o los tres bebés. —La voz de la doctora Martínez retumbaba en la sala blanca, fría como el mármol del hospital Gregorio Marañón. Mi marido, Luis, me apretaba la mano con fuerza, pero yo solo sentía un vacío helado en el pecho.

No podía dejar de mirar la ecografía: tres pequeños corazones latiendo dentro de mí, tan frágiles y a la vez tan llenos de vida. ¿Cómo podía elegir? ¿Cómo podía una madre decidir cuál de sus hijos merecía vivir? Cerré los ojos y sentí las lágrimas correr por mis mejillas. Mi madre, Rosario, estaba sentada en la esquina, rezando en silencio, como si sus oraciones pudieran cambiar el dictamen médico.

—Carmen, hija, piensa en Lucía —susurró mi madre—. Ya tienes una niña que te necesita. No puedes arriesgarlo todo…

Pero yo no podía. No podía renunciar a ninguno de ellos. Luis me miró con desesperación:

—Cariño, no quiero perderte. No quiero que Lucía crezca sin su madre. ¿Y si…?

Le interrumpí con un gesto. Sabía lo que iba a decir. Sabía que él también tenía miedo, pero yo sentía que esos tres corazones eran ya parte de nuestra familia, aunque aún no hubieran nacido.

Aquella noche apenas dormí. Escuchaba el tic-tac del reloj y el eco de las palabras de la doctora: «Tu corazón no aguantará.» Recordé cuando era niña y mi padre me llevaba al Retiro a dar de comer a los patos. Siempre decía: «El corazón de una madre es más fuerte que cualquier tormenta». ¿Pero era cierto?

Los días siguientes fueron una sucesión de pruebas, consultas y discusiones familiares. Mi hermana Pilar vino desde Valencia para apoyarme, pero ella también tenía miedo.

—Carmen, no eres egoísta si decides salvarte. Nadie te juzgará —me dijo una tarde mientras me peinaba el pelo en la terraza.

Pero yo sí me juzgaba. Me sentía atrapada entre el amor y el deber, entre el miedo y la esperanza. Cada vez que sentía una patadita dentro de mí, me aferraba más a la idea de luchar hasta el final.

Finalmente, tomé mi decisión. Fui a ver a la doctora Martínez.

—No voy a elegir entre mis hijos —le dije con voz temblorosa—. Si tengo que arriesgar mi vida, lo haré. Pero no puedo renunciar a ninguno.

La doctora suspiró y asintió con resignación.

—Entonces haremos todo lo posible para protegerte a ti y a los bebés. Pero tienes que saber que será muy duro.

Y así empezó mi batalla diaria. Cada semana era un logro: una semana más significaba más posibilidades para ellos. Pero mi cuerpo empezó a fallar. El cansancio era insoportable; apenas podía subir las escaleras del piso donde vivíamos en Carabanchel. Luis tuvo que pedir reducción de jornada para cuidar de Lucía y de mí.

Las discusiones se volvieron frecuentes:

—No puedes seguir así, Carmen. Esto no es vida —me gritó Luis una noche después de encontrarme desmayada en el baño.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que decida quién vive y quién muere? —le respondí entre sollozos.

Lucía, con solo cinco años, se aferraba a mi barriga y me preguntaba si sus hermanitos iban a venir pronto. Yo le sonreía mientras por dentro sentía un miedo atroz.

En la semana 28, mi corazón empezó a fallar de verdad. Me ingresaron de urgencia. Recuerdo el olor a desinfectante, las luces blancas del pasillo y la cara desencajada de mi madre cuando llegó corriendo al hospital.

—No te vayas, hija mía —me suplicó—. No nos dejes solos…

Las horas se hicieron eternas. Los médicos debatían si adelantar el parto o esperar un poco más. Yo solo pensaba en mis hijos: Lucía en casa, los tres bebés dentro de mí… y Luis, destrozado por el miedo.

La noche antes de la cesárea urgente, Pilar se quedó conmigo en la habitación.

—¿Tienes miedo? —me preguntó en voz baja.

—Mucho —le confesé—. Pero más miedo tengo de arrepentirme toda la vida si no lucho por ellos.

La operación fue un torbellino: luces, voces, dolor… Y luego silencio. Cuando desperté, lo primero que vi fue la cara llorosa de Luis.

—Están vivos —me susurró—. Los tres están vivos… Y tú también.

Lloré como nunca antes había llorado. Mis hijos estaban en incubadoras, luchando por cada aliento, pero estaban vivos. Yo seguía aquí, aunque mi corazón tardaría meses en recuperarse del todo.

Hoy escribo esto mientras escucho las risas de mis cuatro hijos jugando en el salón. A veces me pregunto si fui valiente o simplemente inconsciente. ¿Hasta dónde debe llegar una madre por amor? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?