Cuando mi hija me dijo que se iba: Historia de una madre española

—Mamá, me voy. No puedo más.

Las palabras de Lucía retumbaron en la cocina como un trueno. Era una noche fría de noviembre en nuestro piso de Vallecas, y yo, como cada noche desde que enviudé, me refugiaba en el calor del brasero y el aroma del café recién hecho. Pero esa noche, el café se quedó frío entre mis manos.

Lucía tenía los ojos hinchados y la voz rota. Llevaba semanas rara, pero nunca imaginé esto. Mi hija, mi niña, la que siempre soñó con una boda por la iglesia y una familia numerosa, ahora me decía que dejaba a su marido. ¿Cómo podía ser?

—¿Pero qué ha pasado, Lucía? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.

Ella se sentó frente a mí, con las manos apretadas sobre las rodillas. —No puedo seguir viviendo así, mamá. No soy feliz. Con Sergio… todo es rutina, discusiones, silencios eternos. Me siento invisible.

Sentí un nudo en el estómago. Sergio siempre me pareció un buen chico, trabajador, educado. Pero claro, una nunca sabe lo que pasa puertas adentro. Recordé mi propio matrimonio con Antonio, los sacrificios, las noches de insomnio preocupada por llegar a fin de mes, los sueños guardados en un cajón por el bien de la familia.

—¿Y qué vas a hacer? —pregunté casi en un susurro.

—He encontrado un piso compartido en Lavapiés. Voy a empezar de cero. Buscaré otro trabajo, algo que me llene. No quiero acabar como tú, mamá… —se le quebró la voz— …sintiéndome sola y resignada.

Sus palabras me dolieron más que cualquier bofetada. ¿Eso pensaba de mí? ¿Que mi vida era una resignación? Miré mis manos arrugadas y sentí una mezcla de rabia y tristeza.

—¿Y crees que la vida es tan fácil? —le espeté—. ¿Que todo se arregla huyendo? Yo también tuve sueños, Lucía. Pero la vida no es una película francesa. Aquí hay que apechugar.

Ella bajó la mirada. —No quiero huir, mamá. Solo quiero ser libre.

La palabra «libre» resonó en la cocina como un eco antiguo. Libre… ¿libre de qué? ¿De un matrimonio infeliz? ¿De las expectativas ajenas? ¿De la rutina?

Recordé a mi madre, abuela de Lucía, repitiendo siempre: «Las mujeres tenemos que aguantar». Y yo lo creí durante años. Pero ahora veía a mi hija luchando por algo distinto, algo que yo nunca me atreví a buscar.

—¿Y qué dirá la familia? —pregunté, pensando en mis hermanas, en las vecinas del bloque, en los comentarios en la panadería.

Lucía se encogió de hombros. —Me da igual lo que digan. Es mi vida.

La miré largo rato. Vi en ella el reflejo de mis propios miedos y deseos no cumplidos. Vi a la niña que se disfrazaba de princesa y soñaba con cambiar el mundo. Vi a la mujer que ahora quería romper con todo para encontrarse a sí misma.

—¿Y si te arrepientes? —insistí—. ¿Y si te das cuenta de que has cometido un error?

—Entonces volveré a empezar —dijo con una determinación que me sorprendió.

El silencio se instaló entre nosotras. Afuera llovía y las luces de los coches se reflejaban en los cristales empañados. Pensé en todas las mujeres de mi familia: mi abuela casada por obligación, mi madre resignada a su destino, yo misma renunciando a tantas cosas… ¿Era Lucía valiente o simplemente egoísta?

De pronto recordé una conversación con Antonio poco antes de morir:

—María —me dijo—, prométeme que dejarás a Lucía volar cuando llegue el momento.

En ese instante supe que ese momento había llegado.

—¿Tienes miedo? —le pregunté suavemente.

Lucía asintió con lágrimas en los ojos.—Mucho. Pero prefiero tener miedo a seguir muerta por dentro.

Me levanté despacio y la abracé fuerte, como cuando era pequeña y tenía pesadillas. Sentí su cuerpo temblar entre mis brazos y comprendí que no podía retenerla más tiempo.

—Te apoyaré —susurré— aunque me duela el alma.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en todo lo que había pasado y lo que vendría después: las habladurías del barrio, las comidas familiares incómodas, el vacío en casa… Pero también pensé en la posibilidad de que Lucía encontrara su felicidad, esa que yo nunca tuve el valor de buscar.

Al día siguiente ayudé a Lucía a hacer las maletas. Guardamos ropa, libros y fotos antiguas entre risas nerviosas y lágrimas contenidas. Cuando cerró la puerta tras de sí sentí un dolor agudo en el pecho, pero también una extraña paz.

Ahora escribo esto desde mi cocina vacía, preguntándome si hice lo correcto al dejarla marchar. ¿Es esto lo que significa ser madre? ¿Saber soltar aunque te parta el corazón?

¿Vosotros qué haríais si vuestra hija os pidiera libertad aunque eso significara romper con todo lo conocido?