El precio de una boda y el valor de una familia: la historia de Lucía y su hija Clara

—¿De verdad crees que esto es justo, mamá? —La voz de Clara retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa que nos separaba.

Me quedé mirándola, con las manos temblorosas sobre el mantel de lino que yo misma había bordado cuando ella era pequeña. La lámpara del techo lanzaba destellos sobre sus ojos, llenos de reproche. Mi marido, Antonio, se removió incómodo en la silla, pero no dijo nada. Sabía que esta conversación era entre mi hija y yo.

—Clara, hija, ¿de qué estás hablando? —pregunté, intentando mantener la calma.

—De la boda, mamá. De todo lo que habéis hecho… o mejor dicho, de lo que no habéis hecho. Sergio y yo hemos tenido que poner dinero de nuestro bolsillo para las alianzas y algunos detalles. ¿No crees que podríais haber ayudado más?

Sentí cómo se me encogía el corazón. Recordé cada factura, cada noche sin dormir revisando presupuestos, cada discusión con Antonio sobre si podíamos permitirnos el menú más caro o si era mejor elegir flores nacionales en vez de importadas. Habíamos pagado absolutamente todo: el banquete en aquel restaurante de Toledo con vistas al Tajo, el vestido de Clara —que costó más que mi primer coche—, la música en directo, las invitaciones doradas, hasta el hotel para los invitados que venían de fuera. Todo. Solo las alianzas habían corrido a cargo de Sergio, porque así lo habían decidido ellos.

—Clara… —intenté decirle—, ¿de verdad piensas que no hemos hecho suficiente?

Ella me miró como si no me reconociera.

—No lo entiendes, mamá. Todas mis amigas recibieron dinero extra de sus padres para empezar su vida juntos. Vosotros solo os habéis ocupado de la boda. ¿Y después qué? ¿Cómo vamos a pagar el alquiler del piso nuevo? ¿Los muebles? ¿La luna de miel?

Antonio apretó los labios y bajó la mirada. Yo sentí una punzada de rabia mezclada con tristeza. ¿En qué momento se había convertido mi hija en una desconocida tan exigente?

—Clara, cariño —dije con voz temblorosa—, tu padre y yo hemos hecho todo lo posible para darte la boda que soñabas. ¿No te parece suficiente?

Ella suspiró y se encogió de hombros.

—No es solo la boda, mamá. Es todo. Siempre he sentido que a los demás les dais más…

Me quedé helada. ¿A los demás? ¿A su hermano Pablo, que aún vive con nosotros porque no encuentra trabajo? ¿A su hermana pequeña Marta, que estudia en la universidad pública porque no podemos pagarle una privada?

—¿De verdad piensas eso? —pregunté casi en un susurro.

Clara asintió y apartó la mirada. Sentí ganas de llorar.

Recordé cuando era niña y le preparaba bocadillos para el recreo, cuando le cosía disfraces para las fiestas del colegio porque no podíamos comprar los caros del centro comercial. Recordé sus lágrimas cuando suspendió selectividad y cómo la animé a volver a intentarlo. Recordé cómo me abrazó el día que le dieron el trabajo en la notaría y cómo celebramos juntas su primer sueldo.

¿En qué momento se había roto ese vínculo? ¿Cuándo había dejado de ver todo lo que hacíamos por ella?

Antonio intervino entonces, con voz grave:

—Clara, hija, tu madre y yo hemos hecho lo que hemos podido. No somos ricos. Hemos sacrificado muchas cosas para darte esa boda. Quizá no te das cuenta ahora, pero algún día lo entenderás.

Ella frunció el ceño.

—No quiero discutir más —dijo levantándose bruscamente—. Solo quería que lo supierais.

Se fue dando un portazo. El silencio se hizo espeso en el salón.

Me quedé sentada, mirando la silla vacía donde minutos antes estaba mi hija. Antonio me cogió la mano y me miró con tristeza.

—No te culpes, Lucía —susurró—. Los hijos a veces no ven lo que hacemos por ellos hasta que les toca vivirlo en carne propia.

Esa noche no pude dormir. Daba vueltas en la cama pensando en todo lo que habíamos hecho mal o bien como padres. ¿Habíamos consentido demasiado a Clara? ¿Habíamos fallado en enseñarle el valor del esfuerzo? ¿O simplemente era una cuestión generacional?

Al día siguiente recibí un mensaje suyo: “Mamá, perdona por ayer. Estoy agobiada con todo y exploté contigo porque eres la única con la que puedo ser yo misma”.

Lloré al leerlo. Le respondí: “Siempre seré tu madre y siempre estaré aquí para ti, aunque a veces duela”.

Pasaron los días y poco a poco volvimos a hablarnos con normalidad, aunque algo se había roto entre nosotras. La boda fue preciosa, sí; todos los invitados hablaron durante semanas del banquete, del vestido y del ambiente mágico junto al río. Pero yo solo podía pensar en esa conversación en el salón, en las palabras duras de mi hija y en el vacío que dejaron.

A veces me pregunto si los padres deberíamos darlo todo por nuestros hijos o si deberíamos enseñarles a valorar lo que tienen antes de pedir más. ¿Dónde está el límite entre querer hacerles felices y convertirlos en personas agradecidas?

¿Vosotros qué pensáis? ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio de unos padres por sus hijos?