El Silencio de los Hijos: La Historia de Carmen

—¿Por qué no vienen? —la voz de Carmen, mi hermana, apenas era un susurro entre las sábanas del hospital Gregorio Marañón. Yo sostenía su mano, fría y temblorosa, mientras miraba el móvil apagado sobre la mesilla.

Afuera llovía, como si Madrid llorara con nosotras. Carmen, la mujer más fuerte que he conocido, la que nunca pidió nada para sí misma, ahora dependía de otros para todo. Y esos otros, sus hijos —Lucía, Marcos y Sergio—, no aparecían ni respondían a mis mensajes.

Recuerdo cuando Carmen decidió criar sola a sus hijos. Su marido, Antonio, se fue con una compañera de trabajo cuando el menor apenas tenía dos años. Yo estaba allí, viéndola recoger los pedazos de su vida mientras los niños dormían. “No necesito a nadie más”, me dijo entonces, con los ojos hinchados pero la voz firme. “Ellos son mi mundo.”

Carmen tenía tres títulos universitarios y un don para la cocina. Trabajó en cafeterías del barrio de Chamberí, luego en un restaurante en Lavapiés y más tarde en una pastelería cerca de Sol. Siempre llegaba a casa cargada de bolsas: ropa nueva para Lucía, zapatillas de marca para Marcos, libros de fantasía para Sergio. “Mamá, ¿me compras el móvil nuevo?”, “Mamá, ¿puedo ir al viaje de fin de curso?”, “Mamá, ¿me das para salir con los amigos?” Y ella siempre decía que sí, aunque eso significara trabajar horas extra o renunciar a comprarse un abrigo nuevo.

Yo intentaba ayudarla, pero Carmen era orgullosa. “No te preocupes, Ana —me decía—, mientras ellos estén bien, yo también lo estaré.”

Los años pasaron y los niños crecieron. Lucía se fue a estudiar a Barcelona y apenas llamaba. Marcos encontró trabajo en una empresa tecnológica y se mudó a un piso compartido en Malasaña. Sergio, el pequeño, empezó a salir con un grupo que no me gustaba nada y cada vez pasaba menos tiempo en casa. Carmen seguía trabajando sin descanso, siempre con una sonrisa cansada.

Hasta que llegó la enfermedad. Un cáncer agresivo que no dio tregua. Al principio, los hijos llamaban de vez en cuando. “Mamá, ánimo”, “Mamá, ya iré a verte cuando pueda”. Pero las visitas se fueron espaciando hasta desaparecer.

—¿Por qué no vienen? —repetía Carmen cada vez más débil.

Yo sentía rabia y tristeza. Les escribí mensajes duros: “Vuestra madre os necesita”, “¿No os da vergüenza?”. Lucía contestó una vez: “Tía Ana, tengo exámenes”. Marcos ni siquiera respondió. Sergio me bloqueó.

Una tarde, mientras le daba agua a Carmen con una pajita, ella me miró con lágrimas en los ojos.

—¿He hecho algo mal? ¿Por qué no quieren estar conmigo?

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que el amor incondicional a veces se da por hecho? ¿Que los hijos pueden volverse egoístas sin darse cuenta del sacrificio de una madre?

El hospital se llenaba de murmullos y pasos apresurados. Yo veía a otras familias reunidas junto a las camas: madres cogiendo la mano de sus hijos enfermos, nietos trayendo flores a sus abuelos. Pero la habitación de Carmen estaba siempre vacía salvo por mí.

Una noche, Carmen me pidió que llamara a Lucía.

—Dile que la quiero… aunque no venga.

Marqué el número con manos temblorosas. Lucía contestó al tercer tono:

—¿Sí?

—Lucía, soy la tía Ana. Tu madre está muy mal…

—Tía, ya te dije que estoy liada. No puedo dejar la universidad ahora…

—Lucía —le corté—, tu madre puede morir en cualquier momento.

Silencio al otro lado.

—Dile que la quiero —susurró Lucía antes de colgar.

Carmen cerró los ojos y apretó mi mano.

—Gracias por intentarlo —me dijo—. No les guardo rencor.

Pero yo sí lo hacía. Sentí una rabia sorda contra esos sobrinos que tanto recibieron y tan poco devolvieron.

El último día de Carmen fue gris y frío. Sostuve su mano hasta el final. Cuando se fue, sentí un vacío inmenso y una furia contenida.

Lucía llegó al funeral con gafas oscuras y sin lágrimas. Marcos apareció tarde y se quedó al fondo de la iglesia. Sergio ni siquiera vino.

Después del entierro, Lucía se acercó a mí:

—¿Crees que mamá sabía cuánto la queríamos?

La miré largo rato antes de responder:

—Eso deberías habérselo demostrado en vida.

Ahora, meses después, sigo preguntándome: ¿En qué momento dejamos de valorar a quienes nos lo dieron todo? ¿Por qué el sacrificio de una madre se paga con olvido?

¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa soledad en vuestra familia? ¿Creéis que es posible perdonar algo así?