Volver a Empezar: Cómo Recuperé a Mis Hijas Tras el Divorcio
—¡No quiero verte más! —me gritó Lucía, su voz temblando de rabia y tristeza, mientras cerraba la puerta de su habitación con un portazo que retumbó en todo el piso de Chamberí. Me quedé parado en el pasillo, con las llaves aún en la mano y el corazón hecho trizas. Marta, mi hija pequeña, me miró desde el sofá con los ojos llenos de lágrimas, pero no dijo nada. El silencio era tan denso que casi podía tocarlo.
Nunca imaginé que mi vida llegaría a esto. Carmen y yo llevábamos veinte años juntos. Al principio éramos inseparables: risas en la playa de Cádiz, noches de tapas en La Latina, sueños compartidos. Pero poco a poco, entre los turnos interminables en el hospital y sus clases en el instituto, nos fuimos apagando. Cuando finalmente nos sentamos en la cocina para hablarlo, ya no quedaba nada más que una rutina fría y dos hijas adolescentes atrapadas en medio de una guerra silenciosa.
El divorcio fue civilizado, al menos en apariencia. Repartimos los libros, los discos y hasta las plantas del balcón. Pero nadie te prepara para repartir el cariño de tus hijas. Al principio, Lucía y Marta venían a mi piso los fines de semana. Pero pronto empezaron las excusas: exámenes, cumpleaños, entrenamientos de baloncesto. Y yo, solo en mi salón, mirando fotos antiguas y preguntándome en qué momento me convertí en un extraño para ellas.
Una tarde de domingo, después de otro mensaje de WhatsApp sin respuesta, me atreví a llamar a Lucía. —¿Por qué no venís este finde? He hecho tu tortilla favorita —le dije, intentando sonar alegre. Ella suspiró al otro lado del teléfono.—Papá, es que… no sé. No me apetece. Siempre estás triste o enfadado. No es lo mismo—. Y colgó.
Me sentí derrotado. ¿Cómo podía acercarme a ellas si cada intento parecía alejarme más? Empecé a escribirles cartas. No emails ni mensajes: cartas de verdad, con mi letra torpe y mi corazón abierto. Les conté cómo me sentía, les pedí perdón por mis errores y les hablé de mis recuerdos favoritos: la vez que Lucía ganó su primer partido de baloncesto; cuando Marta y yo hicimos churros un domingo lluvioso.
Pasaron semanas sin respuesta. Carmen me llamó una noche.—No puedes forzarles a quererte como antes—me dijo.—Dales tiempo.—Pero yo no quería rendirme. Así que empecé a ir a los partidos de Lucía sin avisar. Me sentaba lejos, entre otros padres desconocidos, solo para verla jugar. A veces ni me miraba. Pero una tarde, después de un triple suyo, levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron por un segundo.
Con Marta fue distinto. Un día la vi salir del instituto con cara triste. Me acerqué y le pregunté si quería tomar un helado en la plaza Mayor.—No quiero hablar—me dijo.—Vale—respondí—pero podemos comer helado en silencio.—Y así lo hicimos. Caminamos juntos sin decir palabra, pero sentí que algo se aflojaba entre nosotros.
Las cosas empezaron a cambiar despacio. Un sábado por la mañana recibí un mensaje de Lucía: “¿Vas al Retiro? Podemos dar una vuelta”. Sentí una alegría tan intensa que tuve que sentarme antes de contestar. Caminamos entre los árboles dorados del otoño madrileño y hablamos de todo menos del divorcio: música, libros, sus planes para la universidad.
Con Marta fue más difícil. Una noche me llamó llorando porque había discutido con Carmen.—Papá, ¿puedo ir contigo esta semana?—Por supuesto—le dije sin dudarlo.—Siempre puedes venir.—Esa noche cenamos pizza y vimos una película mala en la tele. Al final se quedó dormida en el sofá, como cuando era pequeña.
Poco a poco, las visitas se hicieron más frecuentes. Empezamos a tener nuestras propias rutinas: los domingos de churros con Marta; los paseos por Malasaña con Lucía buscando tiendas de vinilos. A veces discutíamos —por tonterías o por heridas viejas— pero ya no había ese muro infranqueable entre nosotros.
Un día Lucía me abrazó antes de irse.—Te he echado mucho de menos, papá—me susurró.—Yo también a ti—le respondí, sintiendo que por fin algo se recomponía dentro de mí.
Ahora sé que nunca volveremos a ser la familia que fuimos antes del divorcio. Pero hemos construido algo nuevo: más frágil quizá, pero también más real y sincero. He aprendido a pedir perdón y a escuchar sin juzgar; a estar presente aunque duela; a quererlas sin condiciones.
A veces me pregunto si podría haber hecho algo distinto para evitar tanto dolor. ¿Cuántos padres y madres en España viven lo mismo cada día? ¿De verdad sabemos escuchar a nuestros hijos cuando más nos necesitan? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que perdéis a alguien importante… y habéis conseguido recuperarlo?