Mi hijo volvió a casa tras el divorcio: ¿podrá volver a sonreír?

—¿Por qué has dejado la taza aquí, Marcos? —pregunté, intentando que mi voz no temblara, aunque el temblor ya estaba en mis manos.

Él no respondió. Se limitó a encogerse de hombros y mirar por la ventana, como si la vida estuviera ocurriendo fuera de estas cuatro paredes y no dentro de nuestro pequeño piso de Vallecas. Desde que volvió tras el divorcio, la casa se había llenado de silencios densos y miradas esquivas. Yo, su madre, me sentía una extraña en mi propia cocina.

Marcos siempre fue un chico alegre, el alma de las reuniones familiares. Pero ahora, con treinta y cinco años y el corazón hecho trizas, parecía haber envejecido de golpe. Su mujer, Lucía, le había dejado por otro hombre. El proceso fue rápido y cruel: un mensaje en el móvil, una maleta en la puerta y la custodia compartida de su hija, Paula, que solo veía los fines de semana.

La primera noche que volvió a casa, se encerró en su antiguo cuarto —que yo había convertido en trastero— y lloró. Lo escuché sollozar como cuando era niño y se caía de la bici. Pero esta vez no bastaba con una tirita y un beso. Me senté en el pasillo, apoyada contra la puerta, deseando poder absorber su dolor.

—Mamá, ¿por qué me ha pasado esto? —me preguntó una madrugada, saliendo de su habitación con los ojos hinchados.

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que la vida a veces es injusta? ¿Que el amor no siempre basta? Le preparé un vaso de leche caliente y le acaricié el pelo, como cuando tenía fiebre de pequeño.

Los días pasaron entre rutinas incómodas. Yo salía temprano a trabajar en la panadería del barrio; él buscaba empleo desde el portátil que le prestó su primo Sergio. A veces salía a correr por el parque Azorín, pero volvía más cansado aún. La casa se llenaba de suspiros y platos sin fregar.

Una tarde de domingo, mientras veíamos juntos el telediario, Marcos explotó:

—¡No aguanto más esta situación! ¡Me siento un fracasado!

Me quedé helada. Quise abrazarle, pero él se apartó.

—No eres un fracasado, hijo. Solo estás pasando por un mal momento —intenté consolarle.

—¿Y si este momento nunca pasa? —replicó con voz rota.

Me dolía verle así. Recordé cuando su padre nos dejó por otra mujer; yo también sentí que el mundo se acababa. Pero seguí adelante por él. Ahora era mi turno de sostenerle.

Los fines de semana que venía Paula eran los únicos momentos en que veía brillar los ojos de Marcos. Jugaban al parchís, hacían deberes juntos o bajaban al parque. Pero cuando ella se iba, el vacío era aún mayor.

Una noche, mientras cenábamos tortilla y ensalada, Marcos me confesó:

—He pensado en irme a Barcelona. Sergio dice que allí hay más trabajo…

Sentí un nudo en la garganta. No quería perderle otra vez, pero tampoco podía retenerle aquí si eso le hacía infeliz.

—Hijo, haz lo que necesites para estar bien. Pero recuerda que aquí siempre tendrás tu casa —le dije con lágrimas en los ojos.

Pasaron semanas de incertidumbre. Marcos fue a entrevistas, envió currículums y hasta hizo algún trabajo temporal descargando camiones en Mercamadrid. Pero nada parecía suficiente para devolverle la esperanza.

Una tarde lluviosa de abril, recibí una llamada del colegio: Paula estaba enferma y Lucía no podía ir a recogerla. Fui yo. Al llegar, vi a mi nieta pálida y asustada. La abracé fuerte y le prometí que todo iría bien.

Esa noche, Marcos se sentó a la cabecera de la cama de Paula y le leyó un cuento. Yo les miraba desde la puerta: padre e hija refugiados uno en el otro. Por primera vez en meses, vi una chispa de vida en él.

—Mamá… —me dijo después— Quizá no todo está perdido. Quizá solo necesito tiempo.

Le sonreí y le apreté la mano.

Ahora han pasado seis meses desde que volvió a casa. No todo es fácil: discutimos por tonterías, nos pisamos los espacios y a veces nos herimos sin querer. Pero también hemos aprendido a escucharnos más y juzgarnos menos.

Marcos ha encontrado un trabajo fijo como administrativo en una empresa pequeña del barrio. No es lo que soñaba de joven, pero le permite estar cerca de Paula y reconstruir poco a poco su vida. Yo he aprendido a dejarle espacio para equivocarse y crecer.

A veces me pregunto si algún día volveré a ver a mi hijo completamente feliz. ¿Será posible volver a empezar después de perderlo todo? ¿Cuántas veces puede uno reconstruirse antes de rendirse?

¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede volver a ser feliz después de una caída tan grande?