Cuando el amor se rompe: El día que Fernando pidió el divorcio
—Quiero el divorcio, Lucía. No puedo seguir así.
Las palabras de Fernando retumbaron en el salón como un trueno inesperado. Era jueves, las siete y media de la tarde, y yo acababa de poner la mesa para cenar. Los niños, Marta y Álvaro, hacían los deberes en sus habitaciones. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—¿Cómo? —logré balbucear, con la voz temblorosa.
Fernando no me miraba. Se quedó de pie junto a la puerta, con el abrigo aún puesto, como si estuviera a punto de huir. Sus ojos evitaban los míos. No había rabia ni tristeza en su rostro, solo una frialdad que me heló el alma.
—No quiero discutir —dijo—. Ya lo he decidido.
Durante dieciséis años compartimos todo: veranos en Cádiz, domingos de paella en casa de mis padres en Salamanca, las noches sin dormir cuando Marta tuvo fiebre, las risas tontas viendo concursos en la tele. ¿Cómo podía acabar así, con una frase lanzada como un cuchillo?
Me senté en la silla más cercana. Sentí un nudo en el estómago y un zumbido en los oídos. Recordé a mi madre, a su voz firme cuando me aconsejaba: “Lucía, nunca te olvides de quién eres. Pase lo que pase, mantén la cabeza alta”.
—¿Hay otra mujer? —pregunté, casi sin querer saber la respuesta.
Fernando suspiró y bajó la mirada.
—No es eso… Simplemente… ya no soy feliz.
Mentira. Lo supe en ese instante. Había otra mujer. Lo vi en su forma de evitarme, en los mensajes que contestaba a escondidas desde hacía meses, en las excusas para llegar tarde del trabajo. Pero no lo dijo. Y yo no insistí. No tenía fuerzas.
Esa noche no dormí. Escuché a los niños respirar al otro lado del pasillo y lloré en silencio para no despertarles. Pensé en todo lo que había sacrificado: mi trabajo como profesora de literatura, mis sueños de escribir un libro, mis amistades que fui dejando atrás por priorizar a la familia. ¿Y ahora qué?
A la mañana siguiente, Fernando se fue temprano. Dejé a los niños en el colegio y volví a casa vacía. Me senté en la cocina y llamé a mi madre.
—Mamá… Fernando quiere divorciarse.
Ella guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Hija, sé fuerte. No te arrastres por nadie. Si él se va, tú sigue adelante. Recuerda quién eres.
Sus palabras me dieron algo de calor entre tanto frío. Pero el miedo era enorme: ¿cómo iba a contárselo a los niños? ¿Qué dirían mis suegros, mis amigas del barrio? En España todavía pesa mucho el qué dirán, sobre todo en ciudades pequeñas como la nuestra.
Esa tarde, cuando Marta volvió del colegio, me miró con sus ojos grandes y supo que algo iba mal.
—Mamá, ¿por qué estás llorando?
La abracé fuerte y le prometí que todo iría bien, aunque ni yo misma me lo creía.
Los días siguientes fueron una pesadilla: abogados, papeles, discusiones sobre la custodia y la casa. Fernando venía solo a recoger ropa o ver a los niños una hora los fines de semana. Su ausencia llenaba cada rincón de la casa.
Mis padres intentaban ayudarme, pero también sentían vergüenza. Mi padre apenas hablaba del tema; mi madre me repetía que debía ser digna y no suplicar nunca.
Una tarde, mientras recogía los platos del almuerzo, mi suegra llamó al timbre. Entró sin saludar apenas y fue directa al grano:
—Lucía, ¿qué le has hecho a mi hijo? Él nunca ha sido así…
Me mordí la lengua para no gritarle que su hijo tenía otra mujer, que me había dejado sola con dos niños y una hipoteca imposible de pagar con mi sueldo de media jornada en la biblioteca municipal.
—No le he hecho nada —respondí con calma—. Pregúntele a él.
Ella bufó y se fue dando un portazo.
Las semanas pasaron lentas y dolorosas. Empecé a notar cómo algunas amigas me evitaban; otras me llamaban solo para preguntar detalles morbosos. En el supermercado sentía las miradas y los susurros: “Pobre Lucía… ¿Habrá sido culpa suya?”
Una noche, después de acostar a los niños, me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras profundas, piel pálida, el pelo recogido deprisa. Recordé cómo era antes: alegre, llena de proyectos… ¿Dónde había quedado esa Lucía?
Decidí entonces que no iba a dejarme vencer por el dolor ni por el miedo al qué dirán. Saqué del cajón mi viejo cuaderno de notas y empecé a escribir todo lo que sentía: rabia, tristeza, recuerdos felices y amargos. Escribir fue mi salvavidas.
Poco a poco volví a salir con mis hijos al parque; retomé contacto con Ana y Teresa, amigas de la universidad; acepté una sustitución como profesora en un instituto cercano. Cada pequeño paso era una victoria sobre el miedo y la vergüenza.
Un día Fernando vino a buscar a los niños y me miró con extrañeza:
—Te veo diferente…
Le sonreí sin rencor:
—He recordado quién soy.
No sé si alguna vez podré perdonar del todo su traición ni si volveré a confiar plenamente en alguien. Pero sé que he sobrevivido al peor golpe de mi vida y que mis hijos me ven ahora más fuerte que nunca.
A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto empezar de nuevo? ¿Por qué nos preocupa tanto lo que piensen los demás? ¿Y si ser valiente es simplemente no dejarse romper por lo que no podemos controlar?