Entre la sangre y la justicia: La decisión de un padre

—No vuelvas a pisar esta casa si sigues apoyando a esa mujer, papá. —La voz de Álvaro retumbó en el pasillo, tan fría y cortante como el viento de enero en Madrid. Me quedé quieto, con las llaves temblando en la mano y el corazón encogido. Lucía, mi exnuera, esperaba abajo en el coche con mi nieto, Daniel, ajenos al huracán que se desataba dentro de estas paredes.

Nunca imaginé que llegaría este día. Siempre pensé que la familia era un refugio, una trinchera contra las tormentas del mundo. Pero ahora, la tormenta estaba dentro de nosotros. Mi hijo me miraba como si fuera un extraño, como si los años de juegos en el Retiro, los partidos del Atleti y las cenas de Navidad se hubieran borrado de un plumazo.

—Álvaro, escúchame… —intenté acercarme, pero él retrocedió.

—No hay nada que hablar. Si prefieres a Lucía antes que a tu propio hijo, ya sabes dónde está la puerta.

Me quedé solo en el recibidor, rodeado de fotos familiares que ahora parecían burlarse de mí. En una, Lucía sonreía junto a Álvaro y Daniel en la playa de Cádiz. ¿En qué momento todo se torció?

La separación fue un terremoto. Gritos, reproches, abogados. Álvaro se encerró en su orgullo y Lucía en su dolor. Yo intenté mediar, pero nadie quería escuchar razones. Cuando todo terminó, Lucía se quedó sola con Daniel en un piso pequeño en Vallecas. Mi hijo se fue a vivir con una nueva pareja y apenas veía al niño.

Al principio, intenté mantenerme al margen. Pero cada vez que veía a Daniel con los ojos tristes y la mochila medio vacía, algo se rompía dentro de mí. Lucía nunca me pidió nada, pero yo empecé a llevarles comida, a ayudar con los deberes del niño, a acompañarles al médico. Mi nieto necesitaba un abuelo y Lucía necesitaba apoyo. ¿Era eso traicionar a mi hijo?

—Papá, no entiendes nada. Ella me destrozó la vida —me repetía Álvaro cada vez que intentaba hablar.

—¿Y Daniel? ¿No es tu hijo también? —le pregunté una tarde en la terraza del bar de siempre.

—No me hables de él ahora —me cortó, mirando el móvil sin mirarme a los ojos.

Las discusiones se hicieron rutina. Mi nuera nueva me miraba con desconfianza cuando venía a casa. Mis hermanas decían que estaba loco por meterme donde no me llamaban. En el barrio empezaron los rumores: “Ramón apoya a la exnuera porque su hijo es un desastre”, “Eso no se hace, la sangre es la sangre”.

Pero yo veía otra cosa: veía a una mujer luchando sola por sacar adelante a un niño que no tenía culpa de nada. Veía a mi nieto buscando una figura paterna donde solo había ausencias.

Una noche, Lucía me llamó llorando:

—Ramón, no puedo más… Me han recortado horas en el trabajo y no llego a fin de mes. Daniel está enfermo y no sé qué hacer.

Sentí una rabia sorda contra mi propio hijo. ¿Dónde estaba Álvaro cuando su hijo tenía fiebre? ¿Dónde estaba cuando Lucía necesitaba ayuda para pagar los libros del colegio?

Fui a su casa y le enfrenté:

—Álvaro, tu hijo te necesita. No puedes desaparecer así.

Él me miró con una mezcla de vergüenza y rabia.

—Tú siempre te pones de su parte. Nunca entiendes lo que yo paso.

—¿Y lo que pasa Daniel? ¿Eso no cuenta?

La conversación terminó como siempre: portazos y silencio.

Los meses pasaron y la distancia entre nosotros creció como una grieta imposible de cerrar. Empecé a pasar más tiempo con Lucía y Daniel. Les llevaba al parque, les ayudaba con las tareas del hogar, incluso celebramos juntos el cumpleaños del niño porque Álvaro no apareció.

Una tarde de otoño, mientras jugábamos en el parque del barrio, Daniel me preguntó:

—Abuelo, ¿por qué papá no viene nunca?

No supe qué decirle. Le abracé fuerte y le prometí que yo siempre estaría allí para él.

A veces me despierto por las noches preguntándome si he hecho lo correcto. La familia me da la espalda; mi hijo ya casi no me habla; algunos amigos me evitan porque dicen que he roto el “honor” familiar. Pero cuando veo la sonrisa de Daniel o escucho el “gracias” cansado de Lucía después de un día difícil, siento que he elegido bien.

Hace poco recibí una carta de Álvaro: “Papá, ya no eres mi padre. Has elegido tu bando”. La leí una y otra vez hasta que las lágrimas borraron las letras.

Hoy la casa está más vacía que nunca. Las fotos siguen ahí, testigos mudos de lo que fuimos y ya no somos. Pero cada domingo preparo cocido para Lucía y Daniel; llenamos la mesa de risas y cuentos inventados para olvidar las ausencias.

A veces me pregunto: ¿he traicionado a mi sangre o he sido fiel a lo que significa ser humano? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar? ¿Es posible reconstruir una familia cuando el orgullo lo ha destrozado todo?