¿Un hijo como solución?

—¿Otra vez llegas tarde, Álvaro? —pregunté, intentando que mi voz no sonara tan cansada como me sentía.

Él dejó las llaves en la mesa del recibidor, suspiró y se encogió de hombros. —El jefe me pidió quedarme un rato más. Ya sabes cómo es.

No respondí. Me limité a observar cómo se quitaba la chaqueta y se sentaba en el sofá, encendiendo la televisión como si nada. El silencio entre nosotros era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Me pregunté, no por primera vez, en qué momento habíamos dejado de ser esa pareja ilusionada que paseaba por el Retiro los domingos, soñando con un futuro juntos.

La conversación que cambió todo empezó una noche cualquiera, mientras cenábamos tortilla y ensalada. Yo le hablé de mi preocupación por el dinero, por el alquiler que subía cada año, por mi trabajo en la librería que apenas daba para cubrir gastos. Él, con la mirada perdida en su plato, soltó la frase que aún retumba en mi cabeza:

—Si tuviéramos un hijo, seguro que me esforzaría más. Tendría una razón de verdad para buscar algo mejor.

Me quedé helada. ¿Un hijo como motivación? ¿Como excusa para no luchar ahora? Sentí una mezcla de rabia y tristeza. No era la primera vez que lo decía, pero esta vez sonó más real, más definitivo.

—¿Y si ese hijo nunca llega? —pregunté, con la voz temblorosa—. ¿Vas a seguir así toda la vida?

Él apartó la mirada. —No lo entiendes, Lucía. Es difícil encontrar ganas cuando parece que nada cambia. Un hijo lo cambiaría todo.

Me levanté de la mesa sin terminar de cenar. Fui al dormitorio y cerré la puerta tras de mí. Me tumbé boca arriba, mirando el techo, sintiendo cómo las lágrimas me escocían los ojos. Recordé a mi madre diciéndome siempre: “No traigas hijos al mundo si no tienes claro que puedes darles lo mejor”. Y yo no podía darle lo mejor a nadie ahora mismo.

Al día siguiente, en el metro camino al trabajo, vi a una madre joven con dos niños pequeños. Uno lloraba porque quería un zumo; el otro tiraba de su falda pidiendo atención. Ella tenía ojeras profundas y una expresión de agotamiento absoluto. Pensé en mí misma en esa situación y sentí vértigo.

En la librería, mientras colocaba las novedades en la estantería de autoayuda, mi compañera Marta se acercó.

—¿Estás bien? Tienes mala cara.

Le conté lo sucedido la noche anterior. Marta frunció el ceño.

—Eso no es justo para ti ni para el futuro niño. Un hijo no es una solución mágica para los problemas de pareja ni económicos.

Asentí en silencio. Sabía que tenía razón, pero ¿cómo hacérselo entender a Álvaro?

Esa noche intenté hablar con él de nuevo. Le expliqué mis miedos, mis dudas, mi sensación de estar sola incluso estando juntos.

—No quiero traer un hijo al mundo solo para ver si así te animas a buscar un trabajo mejor —le dije—. Quiero que lo hagamos porque los dos lo deseamos y estamos preparados.

Álvaro se quedó callado mucho tiempo. Luego murmuró:

—Quizá tienes razón… Pero es que siento que estoy estancado, Lucía. No sé cómo salir de aquí.

Me acerqué y le tomé la mano. —Podemos buscar ayuda juntos. Hablar con alguien, cambiar rutinas… Pero no pongamos esa carga sobre un niño que ni siquiera existe.

Durante semanas, la tensión siguió flotando entre nosotros como una nube gris. Álvaro empezó a llegar aún más tarde a casa; yo me refugiaba en libros y paseos solitarios por Madrid al atardecer. Cada vez hablábamos menos y discutíamos más.

Un viernes por la noche, después de una discusión especialmente amarga sobre el dinero y el futuro, me fui a dormir al sofá. Escuché a Álvaro llorar en silencio en el dormitorio y sentí una punzada de culpa y compasión.

Al día siguiente, decidí llamar a mi hermana Carmen. Siempre había sido mi confidente.

—Lucía, no puedes cargar tú sola con esto —me dijo—. Si él no cambia por sí mismo, un hijo solo complicará las cosas.

Sus palabras me dieron fuerzas para enfrentarme a la realidad: nuestro problema no era la falta de hijos, sino la falta de comunicación y de proyecto común.

Esa noche, sentados frente a frente en la cocina, le propuse ir a terapia de pareja.

—No quiero perderte —le confesé—, pero tampoco quiero vivir esperando algo que quizá nunca llegue.

Álvaro aceptó a regañadientes. Las primeras sesiones fueron duras: salieron a la luz reproches antiguos, miedos ocultos y sueños frustrados. Pero poco a poco empezamos a entendernos mejor.

Un día, después de una sesión especialmente intensa, Álvaro me miró con lágrimas en los ojos y dijo:

—Perdóname por ponerte esa presión… Tienes razón: tengo que cambiar por mí mismo, no por un hijo ni por nadie más.

Sentí alivio y tristeza al mismo tiempo. Sabía que el camino sería largo y difícil, pero al menos ya no estábamos solos en él.

Hoy sigo sin saber si algún día tendremos hijos. Pero sí sé que no quiero traerlos al mundo como solución a nuestros problemas. Quiero hacerlo desde el amor y la responsabilidad compartida.

A veces me pregunto: ¿Cuántas parejas estarán viviendo lo mismo en silencio? ¿Cuántos niños nacen cargando expectativas ajenas? ¿De verdad creemos que un hijo puede arreglar lo que nosotros mismos no somos capaces de enfrentar?