¿Por qué mi marido cree que no soy suficiente en la cocina? Una historia de expectativas familiares y rebelión silenciosa
—¿Otra vez lentejas, Carmen? —La voz de Iván retumba en la cocina, mezclándose con el vapor que sale de la olla. No levanto la vista del fregadero, pero siento su mirada clavada en mi nuca, como si esperara que me disculpara por no haber preparado algo más… especial.
—A Lucía le salen mucho más cremosas —añade, casi en un susurro, pero lo suficientemente alto para que lo escuche. Aprieto los labios y sigo fregando los platos del desayuno. Me gustaría gritarle que si tanto le gustan las lentejas de Lucía, que se vaya a comer a su casa. Pero no lo hago. No hoy.
Desde hace meses, cada comida en esta casa es una prueba silenciosa. Iván compara mis guisos con los de Lucía, nuestra amiga de toda la vida, como si yo fuera una concursante en un programa de cocina y él el jurado implacable. Al principio, intenté tomármelo con humor. Incluso le pedí a Lucía su receta de tortilla de patatas, esa que a Iván le hace cerrar los ojos de placer cada vez que la prueba. Pero ni así. Siempre hay un pero: “A Lucía le queda más jugosa”, “Lucía le pone cebolla y tú no”, “Lucía nunca quema el fondo”.
No sé cuándo empezó este concurso absurdo. Quizá fue cuando nos mudamos a este piso en Chamberí y Lucía empezó a venir más a menudo a cenar. O tal vez fue antes, cuando Iván perdió el trabajo y yo tuve que aceptar más turnos en la farmacia para llegar a fin de mes. Desde entonces, parece que nada de lo que hago es suficiente.
Mi madre siempre decía que una buena esposa debe saber mantener la casa y contentar al marido. “El amor entra por el estómago”, repetía mientras amasaba croquetas los domingos. Yo nunca quise ser como ella, resignada a una vida de sacrificios silenciosos y sonrisas forzadas. Pero aquí estoy, midiéndome con otra mujer en el terreno más tradicional: la cocina.
—¿Has pensado en apuntarte a un curso? —me pregunta Iván una noche, mientras aparta el plato casi intacto de arroz al horno.
—¿Un curso? —repito, sintiendo cómo se me encoge el estómago.
—Sí, Lucía dice que hay uno buenísimo en el centro cultural. Podrías aprender algunos trucos…
Me trago las lágrimas y asiento. No quiero discutir delante de los niños. Marta, mi hija mayor, me mira desde el otro lado de la mesa con esos ojos grandes y oscuros que ha heredado de mí. Sé que entiende más de lo que aparenta.
Esa noche, cuando todos duermen, bajo a tirar la basura y me quedo un rato sentada en el portal. Me pregunto si alguna vez podré ser suficiente para Iván. Si alguna vez dejará de buscar en otras mujeres lo que cree que me falta a mí.
Al día siguiente, decido hacer algo diferente. Compro ingredientes frescos en el mercado y paso la tarde preparando una paella como las que hacía mi abuela en Valencia. Sigo cada paso con mimo, recordando sus manos arrugadas y su voz dulce corrigiéndome: “No remuevas tanto el arroz, Carmen”. Cuando Iván llega a casa, le recibo con una sonrisa forzada.
—Hoy he hecho paella —anuncio, intentando sonar segura.
Se sienta a la mesa sin decir nada. Prueba un bocado y asiente distraído mientras mira el móvil.
—Está bien —dice al fin—, pero Lucía le pone más azafrán.
Siento un nudo en la garganta. Marta me mira otra vez, esta vez con rabia contenida.
—A mí me gusta más la tuya —dice ella en voz baja.
Esa noche no puedo dormir. Me doy cuenta de que llevo meses viviendo para complacer a alguien que nunca está satisfecho. Que he dejado de cocinar lo que me gusta para intentar imitar a otra mujer. Que he dejado de ser yo misma.
Un sábado por la mañana, mientras Iván duerme la resaca del viernes con sus amigos, decido llevar a los niños al Retiro. Compramos bocadillos y nos sentamos bajo un árbol a ver pasar las barcas del estanque. Marta me abraza y me susurra al oído:
—No tienes que cocinar como Lucía. A mí me gusta cómo eres tú.
Me echo a llorar delante de mis hijos. Por primera vez en mucho tiempo, siento que alguien me ve de verdad.
Esa tarde, cuando volvemos a casa, encuentro a Iván viendo fútbol en el salón. Me siento a su lado y le miro fijamente.
—Voy a dejar de intentar ser Lucía —le digo sin rodeos—. Si quieres comer como ella, puedes irte a su casa o invitarla aquí cuando quieras. Pero yo voy a cocinar lo que me apetezca y como me salga del alma.
Iván me mira sorprendido, como si no reconociera a la mujer sentada frente a él.
—¿Y si no me gusta? —pregunta desafiante.
—Entonces tendrás dos opciones: aprender tú mismo o pedir comida fuera —respondo sin titubear.
Por primera vez en años siento que recupero un trocito de mí misma. No sé si esto salvará nuestro matrimonio o lo romperá del todo. Pero sé que no quiero seguir perdiéndome para encajar en un molde ajeno.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres viven intentando ser suficientes para otros? ¿Cuándo dejamos de escucharnos para complacer expectativas ajenas? ¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que te perdías intentando ser perfecta para alguien más?