Veinticinco años juntos y un adiós demasiado tarde: La historia de Tomás y Carmen

—¿De verdad crees que esto es vida, Tomás? —La voz de Carmen retumbó en el salón, rompiendo el silencio de la noche madrileña. Yo estaba sentado en el sofá, mirando la televisión sin verla, mientras ella recogía los platos de la cena. No respondí. ¿Qué podía decir? Llevábamos veinticinco años juntos y, sin embargo, en ese momento sentí que éramos dos desconocidos compartiendo un piso demasiado grande para tanto silencio.

Recuerdo perfectamente aquel instante porque fue el principio del fin. Carmen y yo nos casamos jóvenes, en una iglesia pequeña de Salamanca. Yo trabajaba como ingeniero en una empresa de construcción; ella dejó su trabajo de administrativa cuando nació nuestra hija, Lucía. Siempre pensé que era lo mejor: yo traía el dinero a casa y ella cuidaba de todo lo demás. Me gustaba llegar y encontrar la cena hecha, la ropa planchada, la casa oliendo a limpio. Me sentía importante, imprescindible.

Pero los años pasaron y la rutina se instaló como una niebla espesa. Dejé de fijarme en Carmen. Ya no la miraba como antes; ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que le dije algo bonito. Nos respetábamos, sí, pero el amor se había ido apagando poco a poco, como una vela que se consume sin que nadie lo note.

Una noche, después de cenar, Carmen se sentó frente a mí y me miró con una tristeza que me atravesó el alma.

—Tomás, ¿tú eres feliz?

No supe qué contestar. Me limité a encogerme de hombros. Ella suspiró y se levantó sin decir nada más. Esa pregunta quedó flotando en el aire durante semanas.

Poco después, Lucía se fue a estudiar a Barcelona y la casa se volvió aún más silenciosa. Carmen empezó a salir más con sus amigas del barrio; yo me refugié en el trabajo y en partidos interminables del Real Madrid. Nos cruzábamos por el pasillo como dos fantasmas.

Un día llegué a casa y encontré una carta sobre la mesa del comedor. Era de Carmen. Decía que necesitaba tiempo para pensar, que se iba a casa de su hermana en Segovia. Me quedé solo por primera vez en veinticinco años. Al principio pensé que volvería en unos días, pero pasaron semanas y luego meses.

Intenté llamarla varias veces, pero siempre me decía lo mismo:

—No sé si quiero volver, Tomás. Estoy cansada de sentirme invisible.

No entendía nada. Yo había hecho todo lo posible para que no le faltara de nada. ¿No era eso suficiente?

El divorcio llegó casi sin darme cuenta. Firmamos los papeles en una notaría fría del centro de Madrid. Carmen no lloró; yo tampoco. Pero al salir sentí un vacío tan grande que me costaba respirar.

Los primeros meses después del divorcio fueron un infierno. La casa me quedaba enorme; cada rincón me recordaba a Carmen y a Lucía. Mis amigos intentaron animarme:

—Venga, Tomás, sal con nosotros, conoce gente nueva.

Pero yo no quería conocer a nadie. Solo pensaba en todo lo que había perdido.

Pasaron los años y mi vida se volvió una sucesión de días grises: trabajo, casa vacía, comida recalentada en el microondas. Lucía venía a verme de vez en cuando, pero siempre tenía prisa por irse.

Un día, mientras paseaba por El Retiro, vi a Carmen sentada en una terraza con un hombre. Reían juntos; ella parecía feliz, más joven incluso. Sentí una punzada de celos y arrepentimiento tan fuerte que tuve que apoyarme en un árbol para no caerme.

Esa noche no pude dormir. Me di cuenta de que había dado por sentado que Carmen siempre estaría ahí, esperando mi atención, mi cariño… Y cuando quise recuperarla, ya era tarde.

Decidí llamarla al día siguiente.

—Carmen…

—Hola, Tomás —su voz sonaba tranquila, distante.

—Solo quería saber cómo estabas…

—Estoy bien —respondió—. He rehecho mi vida.

Me quedé callado unos segundos antes de atreverme a preguntar:

—¿Alguna vez pensaste en volver?

Carmen suspiró al otro lado del teléfono.

—Durante mucho tiempo sí… Pero ahora ya no. He aprendido a quererme a mí misma.

Colgué sintiéndome más solo que nunca.

Hoy tengo 52 años y nada de lo que creía importante me queda ya: ni familia, ni amor, ni siquiera amigos verdaderos. Trabajo hasta tarde para no pensar; ceno solo cada noche frente a la televisión apagada. A veces me pregunto si todo esto podría haber sido diferente si hubiera escuchado antes a Carmen, si hubiera valorado su presencia más allá de las tareas del hogar.

¿De qué sirve el éxito profesional si llegas a casa y solo te espera el eco de tus propios pasos? ¿Cuántos matrimonios en España estarán ahora mismo repitiendo mis errores sin darse cuenta?

Quizá aún esté a tiempo de cambiar algo… ¿O será demasiado tarde para todos nosotros?